Yo sí entré en el parto

Franck Stora cuenta su historia con tanta gracia y lujo de detalles, que una puede imaginarse su “odisea”, con la bata a medio poner e intentando ser útil en el paritorio mientras su mujer daba a luz.

Mentiría si dijese que tenía totalmente claro desde el principio que iba a estar dentro del paritorio el día que naciese mi hija. A mí la sangre me marea, la verdad, soy un poco sensible para eso. Lo que sí sabía es que Charlotte venía para poner mi vida patas arriba. Y así fue. Para empezar y contra todo pronóstico, allí estaba yo cuando nació. ¿Os lo cuento?

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Preparando el nido y ni una clase

El embarazo de Sonia, mi mujer, fue estupendo, y tanto ella como yo continuamos con nuestra ajetreada vida de trabajo, viajes y salidas. Ella es abogada y trabaja muchas horas, yo tengo que viajar a menudo a China... Por eso Sonia fue a una sola clase de preparación y yo, a ninguna.

A veces lo comentábamos: “No vas a saber ni respirar”. Pero luego nos consolábamos con la idea de que en el momento oportuno acudiría a nosotros el instinto que ha guiado a millones de mujeres durante miles de años. El único día de intranquilidad de los nueve meses fue cuando sospecharon que podía haber algún problema con el pliegue nucal y nos aconsejaron la amniocentesis. Cuando nos dieron los resultados, que eran tranquilizadores, me enteré de que el bebé era niña: Charlotte. Desde entonces me dediqué a preparar la casa para su llegada. Tardé un montón en dejar lista su habitación, fue una ocupación que me mantuvo entretenido todo el embarazo. Hasta que llegó ella.

A toda velocidad, nervioso... ¡y sin gorro!

Ocurrió el 19 de febrero de 2010. El día anterior Sonia rompió la bolsa y perdió algo de líquido. Nos fuimos al Hospital Sanitas de Sanchinarro (Madrid), donde quedó ingresada. A las 23.00 comenzaron las contracciones y a las 10.00 del día siguiente se completó la dilatación. Fue una noche larga, Sonia no durmió nada y yo apenas media hora en un sillón incomodísimo. Ahí comenzó mi particular odisea. A Sonia se la llevaron al quirófano y a mí me dieron un gorro, unos patucos y una bata y me dijeron que esperara. Diez minutos después yo seguía allí plantado, paralizado, y una enfermera me espetó: “¿Qué hace ahí? Que ya no llega...”.

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Me puse muy nervioso. Cuando me vieron en la entrada del quirófano a medio vestir me dijeron: “Usted así no entra”. Y yo pensé: “Me voy a perder el parto de mi hija porque me falta el gorro”. Cuando por fin accedí ya estaba todo lanzado. Sonia empujando y todo el equipo médico, formado solo por mujeres, en marcha. Entonces olvidé mi aversión a la sangre, me coloqué detrás de Sonia y cogí su mano, recordando lo que hacen en las películas. Yo intentaba respirar como mi mujer, le repetía las instrucciones de las doctoras... No me dio tiempo a más. Sonia empujó tres veces y Charlotte salió.

Las enfermeras decían: “Es muy guapa”. Pero yo sólo veía una pasa arrugadita de tres kilos. Primero colocaron a Charlotte encima de Sonia y después me la pasaron a mí. Tenía los ojos muy abiertos, me miraba atentamente y yo me quedé muy sorprendido y emocionado. Fue una experiencia bonita y muy feliz.

La llegada a casa... y el inicio de una rutina

La primera semana en casa fue dura. Sonia estaba muy cansada, costó consolidar la lactancia, Charlotte lloraba y lloraba... Pero después empiezas a coger el ritmo. Sonia y yo nos leímos el libro “Duérmete, niño”, lo pusimos en práctica y Charlotte empezó a dormir mejor. Tenemos suerte, las dos abuelas viven muy cerca, y ahora ya conocemos a nuestra hija y sabemos la causa de sus llantos y de sus gestos. Charlotte es muy buena. Compensa el cambio tan grande que ha experimentado nuestra vida.

Ella nos da paz y nosotros procuramos transmitirle rutinas y tranquilidad. Estamos organizados, felices y tranquilos. Mi mujer y yo compartimos el trabajo y la diversión que nos proporciona Charlotte. La paternidad merece la pena.

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