¿Hacemos cuentas?

El manejo de la economía doméstica es fuente de conflictos. ¿Quién gana el dinero, quién lo administra, cómo se gasta...? Con diálogo y respeto podéis alcanzar acuerdos.

Entre dos que se aman, hablar de dinero es necesario aunque resulte incómodo. Hemos crecido con la idea de que el amor y los asuntos económicos no se mezclan (“¡qué falta de romanticismo!, pareceríamos interesadas”, dicen sobre todo las mujeres).

Y, sin embargo, el “vil metal” tiene mucho que ver con el amor y con los sentimientos. Porque la forma de compartirlo y repartirlo –o, mejor, la manera de repartirse el poder que el dinero otorga– refleja los modos de amar y ser amado y es en muchos casos motivo de discordia conyugal.

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Clara nos cuenta que su matrimonio fue “cuesta abajo” a partir de que se dejó convencer por Mario, su marido, para dejar de trabajar:
“Ambos éramos divorciados y con hijos (yo dos, de 2 y 5 años, y él tres, de 5, 8 y 10 años), y acordamos que yo me dedicara a los niños porque él ganaba lo suficiente para mantener a la familia. Al principio todo iba bien, pero poco a poco él empezó a controlarme más los gastos; hacía alusiones a lo que podíamos o no gastar y se fue creando mal ambiente entre nosotros. Yo vivía sus alusiones como reproches y fui perdiendo libertad de acción y confianza en mi criterio”.

El dinero está relacionado con la libertad, el poder y el control. Por eso es fácil que dé lugar a situaciones de dependencia.

Cuando sólo uno aporta dinero, ambos han de estar atentos a estas señales y corregir el rumbo: legitimar los deseos –no los caprichos– y si el dinero que gana la pareja no se siente como propio, hablarlo y buscar soluciones.

Y es que lo que llevó a la relación de Clara y Mario a la deriva no fue una cuestión económica, sino de falta de complicidad.

Las cosas habrían sido distintas si ambos hubieran valorado el trabajo de ella en casa y si hubieran compartido la administración del presupuesto familiar.

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