Tú vales mucho

Aprender a valorarnos más como personas y como padres es esencial para enseñar a nuestros hijos a tener confianza en sí mismos y a ser adultos seguros.

Pablo es padre de gemelos de 5 años, a los que ha apuntado a clases diarias de tenis para que consigan lo que él no logró: llegar lejos en este deporte. Mae, madre de Paula, de 2 años, se pone nerviosa cada vez que su niña no habla bien.

Y Martina se queja de que le falta autoridad y nunca consigue que su pequeña Belinda, de 3 años, le obedezca. Son ejemplos distintos, pero todos muestran cómo puede influir en la relación con los hijos el hecho de sentirse inseguro o falto de valía en algún aspecto.

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La baja autoestima hace que se nos escapen demasiadas situaciones de las manos o que la ansiedad y las emociones extremas tomen el timón de nuestras vidas.

Y, como padres, nos lleva a exigir a nuestros hijos los logros que no hemos alcanzado, a sentirnos amenazados cuando piden más autonomía o a educarlos sin confianza.

Por el contrario, una autoestima positiva nos ayuda a confiar más en nuestro juicio, a desterrar miedos y a ser como queremos ser, lo que se traduce en una forma más estimulante y coherente de educar a los hijos y de transmitirles seguridad en sí mismos.

apreciar nuestras cualidades

Para saber de qué hablamos, lo primero es definir otro aspecto de la personalidad que está en la base de la autoestima: el autoconcepto. Éste es como nuestro cofre secreto en el que guardamos las percepciones que tenemos sobre nosotros mismos. Es decir, se refiere a cómo creemos que somos (más o menos inteligentes, atractivos, habilidosos...).

La autoestima, en cambio, es el aprecio con el que consideramos esas capacidades. Podríamos decir que son las gafas con las que miramos el cofre y valoramos su contenido; en función de que esa valoración sea alta o baja, así será nuestra autoestima.

Marta, por ejemplo, se ve a sí misma como una mujer paciente y dialogante. Pero en lugar de apreciar esas cualidades, siente que su forma de ser le resta autoridad y hace que los demás abusen de ella.

Esto se refleja también en su autoestima como madre, ya que piensa que debería ser más firme con sus hijos. La consecuencia es que al educarlos actúa sin convicción y da bandazos (unas veces es firme y otras, muy paciente), con lo que ellos no saben nunca a qué atenerse.

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