Tú eres la mejor madre para tu bebé

Quieres a tu bebé más que a nada en el mundo, pero puede que al mismo tiempo te plantees si serás una buena madre. Tranquila, para tu pequeño eres perfecta.

Sólo unos segundos después de su nacimiento y desde el mismo instante en que le has abrazado contra tu pecho y has mirado su carita, lo has descubierto: le quieres con locura y te invade la necesidad imperiosa de protegerle. El amor que ha nacido entre vosotros es uno de los sentimientos más fuertes y duraderos que experimentamos los seres humanos.

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La relación cambiará con los años, pero al contrario de lo que ocurre con muchos romances, vuestro amor será incondicional y recíproco incluso tras haber cambiado 240 pañales al mes o haberte privado de unas 90 horas de sueño.

Sin embargo, para muchas mamás, especialmente para las primerizas, los sentimientos de felicidad que acompañan al nacimiento del bebé suelen entremezclarse con otros de ansiedad e inseguridad. No hay duda de que le adoras, pero... “¿y él?” “¿seguro que me quiere?” “¿lo estaré haciendo bien?”

El hecho de que te plantees estas preguntas es la mejor prueba de que ante todo quieres ser una buena madre así que no te obsesiones y deja que la Naturaleza te ayude. Después de todo, tanto la biología como las leyes de la genética están de tu parte.

CUANDO NACE EL AMOR

Durante el embarazo, mientras que tú y tu pareja os dedicabais a confeccionar una lista con nombres para el bebé, tu cuerpo ya estaba trabajando para sentar las bases de vuestra futura relación. A medida que se acercaba el momento del parto, tu cerebro empezó a secretar más cantidad de oxitocina, una hormona que, entre otras cosas, es la responsable del instinto maternal.

Y no pienses que tu hijo se dedicaba solamente a crecer dentro de ti, sin más. Diversos estudios han demostrado que durante la etapa intrauterina los sentidos del bebé están mucho más desarrollados de lo que se creía, y gracias a esos sentidos tu pequeño empezaba a conocerte ya en esta época.

Por ejemplo, su corazoncito latía más deprisa cuando te acariciabas la tripa y te dirigías a él con ternura. Porque mucho antes de que llegase a este mundo, exactamente desde la semana 22 de gestación, sabía reconocer tu voz y le encantaba escucharla.

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