La postura de nalgas en el parto

La postura de nalgas no es la ideal para venir al mundo, aunque si llegado el momento tu hijo no se coloca correctamente, tendrá que nacer así. Esta posición probablemente exigirá una cesárea, pero hay algunos casos en los que sí se puede intentar un parto vaginal.

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D.R.

La postura que menos problemas causa al bebé en el parto vaginal es la cefálica, es decir, con la cabeza hacia abajo, abriéndose camino con la coronilla (no con la cara) y con las piernas y los brazos flexionados contra el pecho. Sin embargo, aproximadamente en un 3% de los partos el niño no adopta esta posición sino la contraria, es decir, de nalgas. ¿Por qué pasa esto? ¿Cuáles son las consecuencias?

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Cuándo suelen darse la vuelta

Durante la gestación, el feto flota en el líquido amniótico y cambia de postura a su antojo, hasta que entre las semanas 28 y 32 la falta de espacio interior, la disminución del líquido y el cambio en la forma del útero, que pasa de ser esférico a ser como una pera, le obligan a buscar una postura más cómoda, que es también la mejor para atravesar el canal del parto: con la cabeza encajada en el cuello del útero (la coronilla es su diámetro más estrecho) y con su diámetro más ancho, el culete y las piernas cruzadas, situado en el fondo uterino, hacia las costillas maternas. Para ello el niño realiza una voltereta (se denomina “versión”) en la fecha citada y casi siempre antes de la semana 37 de embarazo.

Ésta es una de las razones por las que gran parte de los prematuros vienen de nalgas: el parto les ha sorprendido y no han tenido tiempo de voltearse. Al 35% de los que nacen antes de la semana 28, al 17% de los nacidos entre las semanas 28 y 31, al 9% de los que llegan entre la 32 y la 36 y al 3% de los que nacen en la semana 37 les ha pasado esto.

Por qué algunos no lo hacen

Hay otros factores que también inciden en que el niño no pueda girar y se quede sentado en el útero:

  • Un cordón umbilical demasiado corto o anudado al cuerpo o al cuello del bebé. Es una de las causas más habituales que impiden la voltereta.
  • Un embarazo gemelar. La falta de espacio puede hacer que ninguno de ellos se voltee o que sólo uno lo consiga.
  • Una carencia importante o un exceso de líquido amniótico. La escasez de líquido dificulta sus movimientos, mientras que una gran cantidad le hace intuir que aún no ha llegado el momento del parto, y no tiene prisa por colocarse.
  • Una implantación incorrecta de la placenta, entre ellas la placenta previa.
  • Problemas uterinos como el útero bicorne (dividido en dos zonas) o los miomas. A veces éstos crecen tanto que restan espacio al niño y le impiden girar.
  • Malformaciones fetales como espina bífida, hidrocefalia, riñones poliquísticos, etc. Y alteraciones cromosómicas como el síndrome de Down. Pero, todo hay que decirlo, la gran mayoría de las veces no existe ningún factor que justifique esta postura.
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    ¿Se puede prevenir?

    Realmente no. Durante la gestación y hasta la semana 31, cualquier posición que adopte el niño se considera normal, por tanto no vale la pena mantener un control más específico hasta superar esta fecha. Después de la semana 31 y puesto que existe una ligera relación entre la postura de nalgas y ciertos problemas, como los que ya hemos comentado, no te extrañe que el médico aconseje una ecografía para valorar mejor la situación o, en caso de duda importante, una amniocentesis que descarte anomalías en el niño.

    Algunos tocólogos, con gran dominio de las técnicas obstétricas, intentan voltear al niño ayudándole desde el exterior, mediante manipulaciones en el vientre materno. Esta maniobra se conoce como versión externa, se realiza a partir de la semana 37 y tiene un 65% de posibilidades de éxito. Antes de efectuarla y durante toda ella, el médico comprueba el bienestar fetal con el cardiotocógrafo y se asegura, mediante ecografía, de que no existe ninguna contraindicación para realizarla.

    No podrán someterse a esta técnica las madres Rh negativo (el riesgo de un intercambio de sangre fetomaterno es del 1%), las que tienen placenta previa o han tenido un desprendimiento prematuro de placenta, aunque sea mínimo, las que tienen poco líquido amniótico, las mamás con hipertensión o con problemas cardiacos y si el niño pesa más de 3.500 gramos.

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