El parto en el agua, todo lo que necesitas saber

Sumergirte en una bañera para dilatar, o incluso para dar a luz, tiene ventajas y también ciertas limitaciones. Descubre todo sobre esta interesante opción.

Parir en el agua no es una moda de hace cuatro días.

Desde la Antigüedad, la mujer ha utilizado el medio acuático en el parto: se hacía en piletas en la Antigua Grecia y Egipto, y en algunos pueblos costeros de Japón las mujeres daban a luz en el mar.

En tiempos más modernos, el primer parto en el agua documentado tuvo lugar en 1803, en Francia.

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Hoy es una opción frecuente, que cubre la sanidad pública, en varios países europeos (Países Bajos, Reino Unido, Alemania, Suiza, países nórdicos...), pero no en el nuestro.

Qué tener en cuenta en un parto en el agua

Si te interesa esta alternativa, lo primero que debes tener en cuenta es que la finalidad no es parir en el agua, sino utilizarla como un elemento de ayuda durante el proceso, o sólo en una parte de éste.

“En cada parto se utiliza según su desarrollo. Por eso yo prefiero hablar de agua en el parto, no de parto en el agua –explica Enrique Lebrero, ginecólogo del Hospital-Maternidad Acuario de Alicante–. A la gente que viene a nuestra clínica diciendo “quiero parir en el agua”, yo les digo que se equivocan. El parto no se puede diseñar, cada uno es diferente.”

Otra advertencia nos la hace Montserrat Catalán, ginecóloga y fundadora de la Casa de Nacimientos Migjorn, de Barcelona:

“Hay que desmitificar la creencia de que el parto en el agua es menos traumático para el bebé que un parto normal, porque el niño pasa a un medio parecido al que conocía en la barriga de su madre. No es así. Aunque el bebé nazca en el agua, le sacamos inmediatamente porque tiene que respirar aire. La función del agua es ofrecer bienestar a la madre, que a su vez, eso sí, llegará al bebé”.

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