5 cuentos de toda la vida que enseñan una gran lección

¿Recuerdas cuando tus padres te leían cuentos? Ahora seguro que te encanta leérselos a tu hijo. Te recomendamos 5 cuentos clásicos con una bonita moraleja.

 

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Caperucita Roja: no te fíes de los desconocidos

Caperucita Roja era una niña muy dulce que siempre iba vestida con una capa con caperuza de color rojo. Un día, su abuelita enfermó y su madre le pidió a la niña que le llevara una cesta con una torta y un tarro de miel, advirtiéndola de que no hablara con desconocidos ni se entretuviera en el bosque.

Mientras Caperucita iba de camino a casa de su abuela, el lobo la vio y se acercó a ella para preguntarle a dónde iba. Al decirle que se disponía a visitar a su abuelita, el lobo le propuso hacer un juego: cada uno iría por uno de los caminos del bosque y quien llegara antes ganaría la carrera. A la inocente niña le pareció una idea divertida y accedió. Sin embargo, el animal tenía un as en la manga y, para empezar, había mandado a Caperucita por el camino más largo, por lo que era imposible que ella llegara antes.

Cuando el lobo feroz llegó a la casa de la abuelita, se la comió de un bocado, y se metió en la cama haciéndose pasar por ella con la intención de hacer lo mismo cuando llegara la pequeña Caperucita. La niña, que se había entretenido por el camino cogiendo avellanas y flores, llegó un poco más tarde y, a pesar de notar diferente a su abuelita, el lobo logró engañarla hasta conseguir su objetivo: zampársela. De tanto comer, se quedó dormido.

Afortunadamente, un cazador había visto entrar al lobo en la casa y, al ver que tardaba en salir, entró y se encontró al animal con la panza hinchad. Imaginándose lo que había ocurrido, cogió un cuchillo y abrió al lobo por el estómago para sacar a Caperucita y a su abuela. Después le llenó la tripa de piedras y se la volvió a coser. Al despertarse, el lobo tenía mucha sed y al acercarse al rió, de todo lo que pesaba, se cayó dentro y se ahogó.

Caperucita pudo volver a ver a su madre y a su abuelita y aprendió una gran lección: no te fíes de los desconocidos y haz caso a tu madre en todo lo que te diga. Desde ese día, la obediencia y la prudencia fueron las virtudes que siempre la acompañaron en su camino.

Los tres cerditos: solo con esfuerzo lograrás el éxito

Había una vez tres hermanos cerditos que vivían en el bosque. El malvado lobo siempre los estaba persiguiendo, por lo que un día el mayor propuso que construyeran una casa para protegerse de él. Aunque a los dos hermanos les pareció bien, no consiguieron ponerse de acuerdo con el material a utilizar, por lo que cada uno decidió hacer su propia casa.

El cerdito más pequeño optó por utilizar paja para construir su casa porque así tardaría muy poco y podría irse a jugar de inmediato. El mediano pensó que la madera era más resistente y que tampoco le llevaría mucho tiempo. El hermano mayor decidió hacer una casa de ladrillos, aunque tendría menos tiempo para jugar, la casa sería resistente y, además, le permitiría hacer una chimenea para calentarse en invierno.

Una vez terminadas las tres casas, cada uno se metió en la suya y justo entonces apareció el malvado lobo. Se dirigió a la casa de paja llamo y le pidió al cerdito que le dejará entrar, cuando el cerdito pequeño se negó el lobo dijo: “entonces soplaré y soplaré y la casita derribaré” y así lo hizo. El cerdito pequeño fue a refugiarse a casa del hermano mediano y, cuando llegó el lobo, también le negaron la entrada y una vez más gritó: “pues soplaré y soplaré y la casita derribaré”. Esta vez le costó un poco más pero al final consiguió derribar la casita.

Los dos cerditos corrieron a casa de su hermano mayor y cerraron rápidamente la puerta para evitar la entrada del lobo. Cuando este llegó a la casa de ladrillo y empezó a soplar con todas sus fuerzas, no fue capaz de derribarla por mucho empeño que puso. Al no conseguirlo, se subió a la chimenea para entrar por ella con la intención de comerse a los tres hermanos, pero estos se dieron cuenta y colocaron en el fuego un gran caldero de agua. Cuando el lobo bajó por la chimenea, cayó en el caldero de agua hirviendo y, cómo no, se abrasó. Salió corriendo con la intención de no comer cerditos en una buena temporada.

Los tres cerditos pudieron seguir en el bosque sin temer al malvado lobo y los dos pequeños aprendieron que el esfuerzo y el trabajo son los que de verdad ayudan a vencer las dificultades.

La liebre y la tortuga: la vida es una prueba de fondo, no de velocidad

La liebre de esta historia siempre se reía de la tortuga porque decía que era muy lenta. Aun así, la tortuga siempre se defendía argumentando que a pesar de ir más despacio, siempre conseguía llegar a la meta. En ese sentido, decidió proponer a la liebre hacer una carrera. Al principio, esta pensó que estaba de broma pero, al comprobar que no, accedió entre risas pensando que ganaría fácilmente.

De esta forma, un día de mucho calor, todos los animales del bosque fueron a ver la carrera. El topo levantó la bandera y dio inicio a la prueba. La liebre salió corriendo y dejo atrás a la tortuga que empezó a caminar con su paso lento y seguro.

La liebre se sentía ganadora y se reía de la tortuga pues pensaba que iba a ganar sin ningún problema. Como hacía tanto calor decidió descansar un rato, se tumbó al sol y se quedó dormida. Mientras, la tortuga siguió avanzando toda la mañana y acabó adelantando a la liebre sin que esta se diera cuenta. Cuando esta se despertó y miró hacia atrás, no vio a la tortuga, por lo que pensó que aún estaría muy lejos. Se dispuso a llegar a la meta y, para su sorpresa, la tortuga ya estaba allí.

Este cuento nos enseña la virtud de la constancia para conseguir los objetivos propuestos y que nunca debemos confiarnos hasta que hayamos conseguido llegar a la meta. Al final, la vida no es una prueba de fondo sino de resistencia y solo gana aquel que pone empeño y nunca se rinde, a pesar del tiempo que le pueda llevar cumplir sus objetivos.

El flautista de Hamelín: la importancia de cumplir tu palabra

Hamelín era una pequeña ciudad al norte de Alemania cuyos habitantes se sentían orgullosos por vivir en un lugar tan agradable. Sin embargo, un día la localidad se vio atacada por una terrible plaga de ratas. En poco tiempo, el pueblo se encontró repleto de estos animales que se metían por las despensas y se comían las reservas de alimentos, además de asustar a las mujeres y niños de la ciudad. La vida en Hamelín se estaba haciendo insoportable y en el Ayuntamiento, el Alcalde y los concejales buscaban una solución para paliar este problema.

En ese momento, se presentó en el Ayuntamiento un extraño personaje alto y delgado con una capa que le cubría todo el cuerpo. Anunció que tenía un poder mágico con el que podía atraer hacia su persona a cualquier ser vivo que quisiera y que, por un buen precio, podría librar al pueblo de su plaga de ratas. Los miembros del Ayuntamiento acordaron pagarle si este conseguía librarlos de tan desastrosos animales.

Entonces el personaje sacó una flauta y empezó a tocar una melodía. Inmediatamente después, todas las ratas de la ciudad salieron en pos del flautista sin reparar en obstáculos. Así, las atrajo hasta el río, donde se cayeron y ahogaron.

Mientras el alcalde y los habitantes de Hamelín celebraban haberse librado de la plaga, el flautista mágico reclamó su recompensa, pero entonces, el alcalde y los concejales se negaron a pagarle ya que, al fin y al cabo, las ratas ya estaban muertas y no volverían. El flautista reclamó el cumplimiento del pacto avisando de que podría utilizar su flauta de modo diferente. El alcalde no toleró la amenaza y lo echó de la ciudad.

Entonces el flautista empezó a tocar la más dulce melodía que nunca se había escuchado y todos los niños y niñas de la ciudad se fueron bailando detrás del músico, quien los llevó hacia una gran cueva que se abrió de forma mágica en la montaña y que se cerró al pasar el último niño. El alcalde intentó ofrecer oro y plata al flautista pero no lograron encontrar ni a él ni a los niños. De esta forma, la ciudad había pagado cara su avaricia.

Este cuento nos enseña lo necesario que es cumplir los pactos y que si no lo hacemos las consecuencias pueden ser irreversibles.

El patito feo: la verdadera belleza está en el corazón

Todos se alegraron cuando nacieron los polluelos de mamá pata. Días después, había llegado el momento de que los patitos fueran saliendo uno a uno de los cascarones. Todos lo hicieron menos uno que era un poco más grande que los demás. A mamá pata no le importó y siguió dándole calor hasta que por fin se rompió el cascarón y apareció un pato diferente a los demás, más grande y feo. Los animales de la granja no tardaron en comenzar a reírse de él. Su madre lo defendía pero con el paso del tiempo acabó convencida de que era un pato feo y tonto y le dijo que se marchara de la granja.

El patito se sintió muy triste y escapó corriendo de allí porque todos lo rechazaban. Acabó en una laguna donde conoció a dos gansos silvestres que se hicieron sus amigos a pesar de su aspecto, pero un día unos cazadores acabaron con ello e incluso él mismo estuvo a punto de morir, pero los perros lo vieron tan feo que decidieron no morderle.

Triste porque ni siquiera los perros le mordían de feo que era, el pobre patito continúo su viaje pensando que no servía para nada y que nadie lo querría jamás. Un día de otoño contempló una bandada de cisnes, los vio grandes y bonitos, con unas plumas que parecían nieve y deseó con todas su fuerzas ser uno de ellos.

Consiguió sobrevivir a las calamidades y al frío del invierno hasta que llegó primavera. Una tarde cuando el sol empezaba a calentar, acudió a un estanque en el que estaban dos pájaros grandes, blancos y majestuosos. Se armó de valor y decidió acercarse a ellos. Entonces se vio reflejado en el agua y descubrió que ya no era un pato grande y feo, sino que se había convertido en un hermoso cisne.

Desde aquel día el patito feo tuvo la felicidad que hasta entonces le había negado la vida y aunque todos elogiaban su belleza él no llegó a acostumbrarse.

Este cuento muestra lo importante que es no juzgar a las personas por su apariencia, pues podemos equivocarnos como ocurrió con el patito feo. También nos habla de la humildad, pues aunque el patito acaba convertido en un precioso cisne, no se vuelve arrogante y continúa su vida sin darle un excesivo valor a la belleza.

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