Qué hacer si a los niños les da grima el césped o la arena

Es normal que los niños se muestren recelosos a caminar sobre nuevas superficies como pueden ser la arena o el césped y que necesiten un proceso de adaptación. Sigue estos consejos para lograr que pierdan ese miedo y puedan disfrutar plenamente del verano.

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D.R.

Existen dos tipos de niños, aquellos a los que les encanta corretear por el césped y por la arena de la playa e incluso rebozarse en ellos como si de croquetas se tratasen, o por el contrario, aquellos que según ponen un pie sobre estas superficies se ponen a llorar como si no hubiera mañana.

Si tus hijos son de los primeros, no hay ningún problema pero, ¿qué debemos hacer si a tu pequeño no soporta estar en la arena o en el césped? En primer lugar, no preocuparnos. Es normal que el niño extrañe nuevas superficies y que en un primer momento tenga miedo a las primeras sensaciones y a las texturas desconocidas. Como en todos los cambios, el niño necesitará de un pequeño proceso de adaptación.

Qué debemos hacer

Lo primero y más importante es tener paciencia e ir aproximando a nuestro hijo a estos entornos de manera gradual, poco a poco, sin prisas y respetando su ritmo. Como en todo, si forzamos al niño a hacer algo con lo que se siente incómodo, lograremos el efecto contrario y nos será mucho más difícil lograr la reacción deseada. Si lo convertimos en una obligación, su miedo puede desembocar en una fobia.

Por otro lado, es importante que, aunque no le guste ir a la playa o a la piscina por este motivo, no dejéis de ir. Evitarle situaciones complicadas no le ayudará a afrontar ni a solucionar los problemas, una lección que debemos enseñarles desde pequeños.

Para empezar a acostumbrar a nuestro hijo a las nuevas texturas, hemos de hacerlo poco a poco. Una buena idea es poner una toalla en el césped o en la arena y sentarnos a su lado. Si el niño está nervioso o llora, tranquilizadle hasta que vaya recuperando la calma.

Una vez que hayamos conseguido calmar a nuestro pequeño, podemos empezar a, como un juego, sacar uno de nuestros pies a la superficie y volverlo a meter en la toalla rápido, riéndonos y haciéndole ver que no pasa nada, que incluso puede resultar divertido. No debemos olvidar que los niños tienden a imitar a sus padres y que la mejor forma de conseguir que hagan las cosas (o que no las hagan) es dar ejemplo. Poco a poco podemos intentar, sin insistir, que sea él quien vaya poniendo primero un pie sobre esta nueva superficie, después el otro, hasta que se vaya acostumbrando. Es importante ser conscientes de que, probablemente, no conseguiremos nuestro objetivo el primer día pero finalmente lograremos el fin buscado y lo difícil será que el niño quiera dejar de jugar en la piscina o en la playa y subir a casa.

Al impulsarle a jugar y caminar sobre el césped o la arena, no solo estamos ayudando a nuestro hijo (y a nosotros mismos) a disfrutar del verano, sino que caminar descalzo sobre estas superficies resulta muy beneficioso para él, pues ayuda a la formación del arco plantar y le permite mejorar el equilibrio.

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