Parecidos entre padres e hijos ¿de qué dependen?

Compartir genes no nos garantiza, ni mucho menos, recibir herencias físicas. Nuestro aspecto y personalidad son consecuencia de nuestro ADN, química, casualidad y aprendizaje, con un resultado desigual. ¿Quién dijo clon?

parecidos entre padres e hijos
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A menudo los hijos se nos parecen y así nos dan la primera satisfacción…”. Arranca de este modo (muchos lo recordarán) una de las canciones memorables de Serrat, esa en la que unos locos bajitos irrumpen en la vida de los padres poniéndola patas arriba para desconsuelo de estos. Y efectivamente, como señala la canción, nada más tener al bebé en nuestros brazos nos preguntamos a quién se parece de la familia: si al abuelo de mandíbula prominente, a la abuela de ojos azules, al padre con su boca ancha, a la madre de nariz respingona, a algún hermano de pelo rebelde… Pero de poco sirve establecer simetrías físicas cuando los hijos llegan, porque el mapa genético que traen consigo lleva las verdaderas características con las que vivirán, no siempre apreciables en los primeros meses de sus vidas. Y en ellas, existen similitudes incontestables, unas veces, y diferencias irreconciliables, otras, en relación a sus padres y ancestros.

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¿Existen los clones?

La aparición de hijos de famosos que comienzan a frecuentar el gran y variopinto escaparate de las redes sociales y a darse a conocer por sí mismos nos ha servido de inspiración para preguntarnos por qué y a quién nos parecemos físicamente. Hay vips que son casi clones de sus progenitores, máxime si estos han decidido hacer perdurar su juventud a fuerza de cirugía o de Photoshop. ¿Gemelos forzosos, prodigio de la naturaleza, abuso del maquillaje…? Para clonar a la oveja Dolly hace 20 años hizo falta más que genética y mucho laboratorio. Pero esto es otra cosa.

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Vamos a analizar con la ayuda de una investigadora en Genética por qué hay hijos que no se asemejan a sus padres y otros tan clavados a ellos o por qué no, a una tía lejana. ¿O no somos tan parecidos en el fondo a pesar de compartir color de piel, forma de las orejas y cándida voz?

Todo empieza en la fecundación

La doctora Laura Valle, investigadora en el Instituto de Investigación Biomédica de Bellvitge (IDIBELL) y miembro de la junta directiva de la Asociación Española de Genética Humana, recurre al momento de la formación del zigoto para explicar de dónde viene nuestra carga genética. “En la fecundación, cada persona recibe 23 cromosomas de su madre y 23 de su padre, que son los que determinarán en gran medida sus rasgos físicos y psicológicos”. Podría parecer que en función de esta premisa somos el resultado de una mezcla de las características de nuestros progenitores. Pero Valle lo aclara: “No todo es tan sencillo, porque en la unión del óvulo y el espermatozoide, la información se entrecruza creando un genoma único, que también se diferencia del de nuestros padres. Ello hace que aumente la variabilidad genética en una población y explica que seamos únicos y diferentes de todos nuestros hermanos (en caso de tenerlos)”.

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Cada hijo es único porque hereda una mezcla única de cromosomas de sus padres

En resumen, no hay una manera científica de predecir el resultado de un cruce entre dos personas. “Es más, no todos los rasgos están controlados por los genes que pasan de padres”. ¿Por qué hay hijos de una misma familia que se parecen entre sí y otros que no? Nos preguntamos. Y la doctora Valle responde de nuevo: “La apariencia física queda determinada por la combinación de variantes genéticas heredadas. De cada gen recibimos una copia de la madre y otra del padre. En cada fecundación, volvemos a tirar la moneda”. Lo cierto es que si en una familia todos los hijos comparten un rasgo característico de un progenitor, lo más normal es que estemos en presencia de un gen dominante que determinará la marca de la casa. Eso o que la moneda siempre caiga del mismo lado: los hijos reciben la copia del gen que va a predominar.

Mendel sigue vigente

A veces pasa que los nietos se parecen más a los abuelos que a los padres. Eso es, explica Valle, “porque cada persona tiene aproximadamente un 25% del genoma de sus cuatro abuelos, porcentaje que antes ha pasado de forma obligatoria por sus padres”. Aquí entran en juego los llamados genes recesivos. Puede ser que estos genes, que se expresaron en el abuelo, no se hayan expresado en el padre (aunque sea portador), pero sí en el nieto. De ahí que recuerden en su físico más a ellos.

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Todo empezó cuando el monje y botánico Gregor Mendel, en el siglo XIX, se puso a cruzar plantas de guisantes de la misma especie, que diferían en una sola cualidad (color, tamaño o rugosidad). Observó Mendel que las plantas heredaban unidades biológicas específicas de cada planta de procedencia. Estas unidades son lo que ahora conocemos como genes. Y sus leyes, las de Mendel, siguen vigentes como cuando este cultivaba guisantes en su laboratorio.

Sus conclusiones también determinaron la idea de que muchos problemas físicos presentados por recién nacidos se debían al cruce de la misma sangre. “Esta observación sigue vigente y consiste en la transmisión de enfermedades mendelianas que siguen un patrón de herencia recesivo. Estas suceden cuando una persona es portadora de dos copias alteradas en el gen que causa la enfermedad”.

Familias de genes

La doctora Laura Valle especifica que existen muy pocos rasgos físicos ˝normales˝ que estén determinados por un único gen, incluso los que se creía que podían serlo es muy probable que estén causados por la contribución de varios.
Genes dominantes:
Son aquellos que siempre se expresan cuando están presentes, dando lugar a fenotipos o rasgos dominantes: ojos marrones, hoyuelos de las mejillas; hendidura de la barbilla; pelo rizado; calvicie: las pecas y la baja estatura.
Genes recesivos:
Son aquellos que en presencia de otros dominantes no se expresan y determinan rasgos como los ojos azules, grises, verdes y avellana; el pelo rubio; los labios finos o la línea del cabello redondeada.

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Mutaciones o alteraciones de estos genes suelen ser muy infrecuentes en la población, por lo que la posibilidad de que unos padres porten cada uno una mutación en el mismo gen es muy baja. Aquí nacen las enfermedades raras o minoritarias.

“Sin embargo, matiza la doctora Valle, si una copia de un gen asociado a una enfermedad recesiva existe en una familia y dos miembros de la misma tienen hijos (por ejemplo, dos primos), la probabilidad de que los descendientes hereden las dos copias malas del
gen incrementa de forma sustancial. Esto es lo que ha ocurrido durante años en
las familias reales europeas, donde los matrimonios consanguíneos eran frecuentes y,
por lo tanto, también el legado de enfermedades genéticas recesivas”.

¿Se hereda la felicidad?

“En el caso de los rasgos inherentes a la persona, los rasgos normales que hacen que cada ser humano sea único, que haya riqueza y variabilidad dentro de las distintas poblaciones, no deben ser alterados y muchos menos, guiados por modas. Estaríamos cayendo en una selección artificial de genes para crear físicos a la carta”, alerta la doctora Valle.

¿Y qué hay de la felicidad, o de la tristeza? ¿Se heredan también en una mezcla de cromosomas? La científica lo resume así: “Los rasgos de personalidad están influenciados por factores genéticos y ambientales. En 2016 investigadores de la Universidad de California y de la Universidad de Oslo mediante el análisis genético de 200.000 personas identificaron variantes genéticas asociadas a extraversión, amabilidad, escrupulosidad, mente abierta... Pero estas asociaciones no tienen relación causal directa. El ambiente y el aprendizaje pueden modificar la personalidad”. La conclusión es clara: cada hijo es único porque hereda una combinación única de cromosomas de sus padres.

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