El amigo invisible

Es lógico que os sorprenda e incluso que os inquiete que vuestro hijo hable y juegue con alguien imaginario, pero en cuanto descubráis por qué lo hace os convenceréis de que no tenéis por qué alarmaros.

Aproximadamente la mitad de los pequeños con edades comprendidas entre los tres y los cuatro años, época en la que la imaginación es ilimitada, juegan con más o menos frecuencia con un amigo imaginario (invisible), al que tratan como si realmente existiera (hablan con él, le dejan sitio en la mesa, le acuestan a su lado, le llevan al colegio...).

Aunque no todos los niños echan mano de este compañero, se trata de una fase normal dentro del desarrollo, que los psicólogos denominan “etapa del amigo imaginario”. El hecho de que se lo inventen no es necesariamente una señal de que los niños se sienten solos o se aburren, pero sí de que les apetece sentirse siempre acompañados.

Por lo general, este amigo es otro niño, pero también puede ser un perrito, un personaje de dibujos animados o incluso su muñeco preferido o su oso de peluche, con el que se relacionan como si de verdad tuviera vida.

Una amistad incondicional

En cualquier caso se trata de un compañero ideal, hecho a la medida, que resulta muy útil al pequeño:

  • Le proporciona apoyo y seguridad, lo que le ayuda a afrontar mejor sus miedos y las situaciones que le resultan más difíciles (dejarse explorar por el pediatra, hacerse amigos en el parque...).
  • Le escucha siempre y no le regaña ni le castiga nunca, haga lo que haga.
  • Le ayuda a expresar los sentimientos que no se atreve a exteriorizar, al utilizarle como portavoz de lo que siente (“Paula está triste” o “Toby no tiene amigos”), por lo que también favorece su comunicación con los demás.
  • Es un medio ideal para adoptar diferentes roles (puede ser el padre, la madre, el hermano o el tío del amigo imaginario), lo que le facilita la comprensión de los parentescos familiares y de las relaciones sociales.
  • Además, este compañero incondicional le desculpabiliza. Compruébalo con tu hijo: si alguna vez le regañas, es muy probable que luego él, en su cuarto, reprenda a su supuesto amigo. Así no se siente tan mal por haberte desobedecido y va asimilando y haciendo suyas tus normas e indicaciones.

    Qué debemos hacer

    Acepta con toda la naturalidad que te sea posible que tu pequeño tenga este amigo tan poco convencional para los adultos. Y cuando te hable de él (“Coni va a venir a cenar”), respóndele con normalidad, pero guíñale un ojo o hazle alguna seña cómplice para recordarle que sabes perfectamente, igual que lo sabe él, que ese amigo es de ficción y no existe, que sólo es un juego. Al aceptar a su amigo invisible entras en el mundo particular de tu hijo, y tu pequeño se siente mucho más cerca de ti.

    Pero aunque le escuches con atención e interés cuando te cuente cosas sobre él, no empieces tú a preguntarle cómo se llama, ni a qué se dedica, ni dónde vive. De esta forma le ayudas a distinguir el mundo de la fantasía del mundo real, sin privarle de este compañero especial que tanto bien le hace, pero sin alentar más su relación con él (si la fomentas, dada su ilimitada imaginación, podrías confundirle).

    Ya verás cómo cuando sea más consciente de sí mismo como persona (sobre los cinco años) y distinga mejor lo que es real de lo que no, sustituirá estos diálogos con su amigo por las conversaciones contigo y con los niños con los que se lleve mejor. Y así, su amigo invisible desaparecerá de su vida de un día para otro, igual que ha entrado.

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