Los niños de 5 años ya son capaces obedecer a sus padres y aceptar normas

A esta edad, el niño irá aceptando mejor los límites, pero tendrá altibajos. ¿Sabrás cómo actuar?

niños de 5 años ya obedecen
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Aunque a veces nos cueste creerlo, todos los niños desean portarse bien; muy pronto descubren que haciendo caso a sus padres cuentan con su aprobación, y eso es muy importante para ellos.

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Acepta los límites, pero...

Si desde el principio habéis ido marcando límites claros a vuestro hijo, es probable que a esta edad haya aprendido a aceptarlos relativamente bien. Pero eso no significa que todo vaya a ir sobre ruedas a partir de ahora: el desarrollo del niño no es lineal y es habitual que surjan dificultades que entorpezcan la labor educativa. Son momentos especialmente críticos, en los que educar requiere añadir dosis extra de paciencia y persistencia.

"Ya soy mayor"

Hacia los 4 o 5 años el niño ha adquirido enormes habilidades y es consciente de ello, se siente poderoso y quiere hacer cosas de mayores (quedarse más tiempo viendo la tele o comer a deshoras), y toma iniciativas que no corresponden a su edad, como intentar cruzar la calle solo. Es momento de que le dejéis solucionar pequeños problemas de la vida cotidiana, reconciliarse tras una pelea, hacer un amigo o tomar una decisión. Encargadle pequeñas tareas como llevar los platos a la mesa o recoger sus juguetes. También se sentirá bien si tenéis en cuenta su opinión sobre la ropa que le gusta o la película que quiere ver; esto le ayudará a compensar la frustración que le producen los límites.

Una revisión a su educación

También es un buen momento para que estéis atentos a su forma de comportarse: si le cuesta o no acatar las normas, si confía en sus capacidades o se muestra inseguro, etc. Esto os dará la pauta para evaluar vuestro modo de educarle y saber si tenéis que cambiar algo.
Además, es importante que identifiquéis si tiene un bajo nivel de tolerancia a la frustración. Estas son algunas de las señales que lo indican:

- Se niega a comer si en el plato no hay algo que le gusta.
- Se enfurruña cuando no ponéis su programa favorito en la tele.
- En el cole le cuesta hacer amigos y se pelea con otros niños.
- Al salir de clase siempre hay que comprarle algo; si no, se niega a caminar hasta casa.
- La hora de irse a la cama es siempre un calvario.

Si detectáis estas señales en el niño es esencial que os pongáis ya en marcha para dar un giro radical a esta situación.

Para reconducirlo

A los niños les contraría que las cosas no salgan como desean y los padres queremos darles gusto y verlos felices; por eso nos cuesta marcarles límites. Pero solo si les dejamos experimentar la frustración y les enseñamos a aceptarla y superarla lograremos niños felices, que confían en sus capacidades y que respetan a los demás. Así que, en la siguiente ocasión en la que actúe mal, probad a seguir estos pasos:
• Empatizad con él: “Veo que estás furioso con tu hermana”.
• Comunicadle vuestros sentimientos: “Pero me disgusta mucho que le hayas pegado”.
• Intentad razonar: “Ella es más pequeña y no te ha hecho nada”.
• Marcadle un límite de forma clara y firme: “Así que espero que no lo hagas de nuevo”.
• Ofrecedle una salida a su actitud: “Podrás ver tu programa, pero sólo un ratito y después de que termine el de tu hermana”.
• Aplaudid sus logros y felicitadle por lo que haga bien: “Me encanta que hayas cambiado la cara seria por la carita sonriente; te has ganado que juguemos juntos a tu juego favorito”.
(Un apunte: No censuréis sus sentimientos, es bueno que los exprese; solo poned límite a sus demostraciones. Por ejemplo, decidle: “Pegar no está bien” en lugar de “¡Eres malo!”).

La importancia del ejemplo

Algo esencial a la hora de consolidar las bases educativas que habéis puesto o cambiar algunas pautas es dar ejemplo al niño. Para bien y para mal, vosotros sois su primer y más importante modelo de comportamiento, por eso desde que era muy pequeño se fija en cómo actuáis. Y ahora que se siente mayor y le encanta hacer lo mismo que los adultos, esto cobra más importancia. Tenedlo presente y recordad que por más que le digáis que hay que cruzar la calle atendiendo al semáforo, por ejemplo, difícilmente lo aprenderá si os ve cruzar por donde y cuando se os antoja. Muchas veces, vuestros actos y vuestras actitudes le enseñan más que vuestras palabras.

No perdáis la calma

En todo caso, para lograr que vuestro hijo sea más obediente conviene que adaptéis vuestras exigencias a su edad y no le pidáis más de lo que puede hacer o entender; eso evitará que os sintáis frustrados y os desesperéis. También os ayudará recordar que a esta edad le cuesta pasar de una actividad a otra. Si le avisáis con antelación (“en 15 minutos nos vamos”) y se lo recordáis a los 5 minutos, le resultará más fácil obedecer.
Para no perder los estribos, además:

- Si tenéis que reprenderle, hacedlo en el momento en el que se porte mal; posponer y acumular las regañinas solo sirve para ser desmedidos en la reprimenda.
- Analizad qué os hace estallar. ¿Quizá vais acumulando enfados hasta que explotáis? Si es así, corregidle a tiempo. O quizá se deba a que estáis estresados por alguna circunstancia externa, a que existen tensiones en la pareja... En este caso, buscad remedios que no afecten al niño.
- En situaciones desquiciantes, haced una pausa y cread distancia. Por ejemplo, si está insoportable y mamá ha llegado al límite de su paciencia es mejor que el niño vaya a la “silla de pensar” y permanezca allí los minutos que correspondan a su edad (si tiene 4 años, cuatro minutos); cuando vuelva, simplemente hay que actuar con normalidad, como si nada hubiera ocurrido.

En cualquier caso, aprenderá a obedecer y a posponer sus deseos poco a poco, con protestas y enfados, hasta que comprenda que lo que hacéis no es echarle un pulso, sino velar por su bien.

Premios, más efectivos que castigos

Los estudios prueban que los primeros son más eficaces para enderezar una mala conducta. Al castigar prestamos atención al comportamiento negativo, y la atención es algo que encanta a los niños y que reclaman de sus padres sin parar. Por eso los castigos continuos pueden hacer perdurar la conducta incorrecta en el niño.
Recurrid a un castigo (o, mejor aún, a una “consecuencia”) cuando ningún aviso surta efecto. Podéis aplicar la pausa obligada (unos minutos en la “silla de pensar”) o la retirada de un privilegio justo tras la trastada.

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