Al poner normas al niño, debéis estar de acuerdo

Aunque vuestros estilos educativos sean distintos, es esencial que lleguéis a acuerdos al establecer los límites al niño.

 

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Cada uno tiene un estilo educativo

Hasta las parejas mejor avenidas, afines en gustos y en proyecto de vida, suelen atravesar situaciones de desencuentro cuando llega el momento de educar a un hijo. Aunque a priori parecían tener idénticas ideas sobre educación, al llevarlas a la práctica descubren que entre ellos existen diferencias, les cuesta ponerse de acuerdo en algunas normas y discuten por ello.

En parte es natural: cada uno procede de una familia diferente, con estilos afectivos, criterios y modo de educar distintos, y ambos tienden a actuar tomando como referencia su modelo. Instintivamente, cada uno trata de reproducir (o en algunos casos, evitar), el mismo ambiente en el que ha crecido. Y es entonces cuando se hace evidente que los principios son diferentes o que las formas no coinciden.

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Diferencias a nivel emocional

También a nivel emocional el punto de partida es diferente. Aunque cada progenitor (y su relación con su hijo) es un mundo, por lo general las madres mantienen una vinculación especial con el bebé desde que nace, entienden sus necesidades con mayor empatía y muestran una actitud más protectora.

Por su parte, los padres suelen tender a vivir las demandas del pequeño de una manera más racional y objetiva y después le animan en mayor medida a independizarse y superar obstáculos. “A mí me da miedo que nuestro hijo de 3 años y medio se suba al sofá y no le dejo hacerlo, pero su padre se empeña en que, siempre que estemos vigilándole, debemos permitir que haga cosas sin ayuda. Y cuando el niño era más pequeño veía mal que nunca le dejara llorar, que acudiera enseguida a consolarle”, me comentaba hace poco una madre.

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La importancia de ser un equipo

Esta diferencia contribuye a causar pequeñas pero continuas discrepancias. Sin embargo, contrariamente a lo que se piensa, el hecho de que los padres traten a su hijo de forma diferente no entorpece su aprendizaje. Todo lo contrario: siempre que estén de acuerdo en las cuestiones relevantes es positivo para él, porque le ofrece un número más amplio y variado de vivencias. El pequeño se beneficia del trato y de la calidad afectiva de ambos: ternura, mimos, protección, retos y estímulo.

Por eso, para evitar que las fricciones se enquisten y acaben trascendiendo a la relación de pareja, hay que ser conscientes y aceptar que cada progenitor se relaciona de una manera distinta con el hijo. Y entender además que de lo que se trata es de formar un equipo en el que cada uno aporte su propio estilo y respete el de su pareja.

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El acuerdo, esencial para no confundirle

Aunque las diferencias en el modo de entender la educación del hijo puedan existir desde el principio, se hacen más evidentes cuando el niño crece y hay que inculcarle normas y marcarle límites. Entonces, las ocasiones en las que ambos padres quieren hacer prevalecer su estilo y criterios aumentan y los desacuerdos adquieren más relevancia.

Ante esta situación, es necesario que se detengan a reflexionar y comprendan la importancia cada vez mayor de unificar ideas y pautas educativas. Porque, para que el niño interiorice los “noes”, es imprescindible que reciba una única indicación por parte de los dos. Si mamá le limita el tiempo frente al televisor y papá le permite verlo gran parte de la tarde, se desconcierta y no sabe qué es lo que debe aprender. Necesita saber a qué atenerse y qué se espera de él para sentirse seguro.

Además, si no percibe esa unificación de criterios entre sus padres, lo que hará será recurrir a uno para conseguir lo que el otro le ha negado. En cambio, si sus padres llegan a acuerdos sobre las normas en temas relevantes, como la seguridad del niño, los horarios de sueño y alimentación, la disciplina y las expectativas, se evita que las tensiones en torno a la mesa o a la hora de irse a dormir se hagan habituales y se enquisten.

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Necesario para la salud de la pareja

Oyendo hablar a padres y madres, llama la atención la cantidad de veces en las que, tras una falta de acuerdo, lo único que se esconde es un modo diferente de intentar conseguir un mismo objetivo. Es fácil advertir que suelen querer lo mismo: que el niño duerma bien, que se sienta seguro, que supere sus miedos… pero cada uno tiene sus creencias y difieren en el modo de lograrlo; y es frecuente que uno sea más permisivo y consentidor que el otro.

En este sentido, la pareja debe hablar abierta y claramente hasta llegar a un acuerdo sobre los temas centrales de la educación del niño (y si es preciso, pedir consejo a otros padres o a un profesional), porque los enfados y las discusiones continuas hacen que el mal humor y el “ceño fruncido” se instalen en la relación y a la larga terminen dañándola.

Para lograr que esta conversación sea productiva es necesario que cada uno sea capaz de expresar sus ideas y, al mismo tiempo, de tener en cuenta la opinión del otro. La clave reside en practicar la escucha activa y la empatía e intentar ponerse en el lugar de la pareja para entender sus emociones.  

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Estrategias para acordar la educación

El punto de partida es tener claro que el estilo educativo que la pareja decida para los hijos no tiene por qué reproducir todos los principios que ambos han recibido en sus familias de origen. No es preciso que haya un acuerdo total, sino una cierta coherencia en su educación. A partir de ahí, existen varias pautas:

- Cada uno debe empezar por revisar su conjunto de creencias, porque suelen estar enraizadas en el pasado y muy a menudo impiden avanzar y disfrutar del presente. Un truco: hacerlo juntos, a modo de juego. Uno expone sus creencias a su pareja y escucha las del otro. Luego cada uno vuelve a valorar las suyas, atreviéndose a dejar de lado las que ya están caducas. Y ambos se quedan con las que les definen como personas.
- También hay que echar un vistazo al pasado. Todos llevamos una mochila de vivencias anteriores que condicionan nuestra manera de actuar. Por ejemplo, a Marta de pequeña la obligaban a no dejar nada en el plato y ahora, en la mesa, se muestra muy permisiva con su hija, contrariando la norma del padre de que aprenda a comer de todo. Lo ideal sería que Marta se diera cuenta de lo que hay detrás de su actuación y lo compartiera con su pareja. Así contaría con su comprensión y ambos podrían decidir un modo de actuar común.
- Al hablar, cada uno debe hacerlo desde él mismo, desde lo que siente y lo que necesita. Hay que cambiar frases condenatorias (“tú siempre le dejas comer a deshoras”), por otras conciliadoras: “Me preocupa que pique entre horas porque luego no quiere comer; necesito que respetemos su horario de comidas”.
- Conviene debatir sólo los temas esenciales (la seguridad del niño, sus horas de sueño...) y, si uno no acaba de estar a gusto con lo acordado, hablar de nuevo hasta que ambos se sientan bien; de lo contrario no funcionará.
- Por último, en caso de no lograr un acuerdo, la mejor forma de acertar al establecer una norma será hacer primar el bienestar del niño.

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Dos aspectos importantes

No podemos terminar este tema sin recordar dos aspectos esenciales: los comportamientos que no son convenientes y las tensiones que no podemos dejar sin resolver.

Evitad estas actitudes

Al educar al niño hay que prescindir de dos formas concretas de actuar:

- Que uno sea siempre el que imponga las normas y el otro recurra al: “pregúntale a mamá/papá a ver qué dice”. Crea resentimiento en la pareja y es negativo para el niño, que necesita el ejemplo de ambas figuras.
- Desacreditar al otro cuando está interactuando con el hijo en algún tema (“¿no crees que eres algo severo con él?”). Al hacerlo se pone de parte del niño con lo que, a sus ojos, desautoriza al otro. Siempre es mejor hablar sin el niño delante.

Solucionad estas tensiones

Hay tres tipos de desacuerdos que toda pareja debe solucionar.

- Los repetitivos. Centrarse siempre en las propias ideas y cerrarse a las del otro por sistema… puede ocultar conflictos personales o resentimientos de pareja.
- Los que esconden necesidades personales. Un “tú no te implicas lo suficiente con el niño” puede esconder la necesidad de más de tiempo para uno mismo.
- Los que no se expresan. Generan tensiones que enturbian la relación y que el niño capta.

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