Cómo escuchar (bien) a tu hijo para que se sienta comprendido

Hay una táctica para aprender a hacerlo. Ponla en práctica y se sentirá comprendido, lo que aumentará su autoestima y mejorará vuestra relación.

 

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Así no... y así sí

Escuchar con atención y con empatía a tu hijo significa observar sus conductas, palabras y gestos para percibir lo que está sintiendo, intentar ponerte en su lugar, sin juzgarle, y responder adecuadamente a sus necesidades.

Acostúmbrate a emplear este tipo de escucha atenta y empática con él, incluso cuando se porte mal: aprenderá a identificar sus emociones, le será mas fácil gestionarlas y en un futuro se entenderá mejor a sí mismo y a los demás.
Pero, ¿cómo conseguirlo? Vayamos por partes.

Un actitud ineficaz

Empecemos con un ejemplo. Ana, 3 años, sale del colegio llorando: “Mami, Olga no quería jugar conmigo. He estado sola todo el día y además me ha dicho que ya no soy su amiga”.  Ante su tristeza, su madre le contesta: “Venga, no será para tanto, mañana jugaréis otra vez. Además, hay muchas más niñas en tu clase.”

Sin embargo Ana sigue llorando y la madre, molesta, le dice: “Hija, lloras por todo”. Lo que hace de este modo es no prestar atención a las emociones de Ana sino todo lo contrario, minimizarlas (no es para tanto, hay más niñas...).
Esto crea confusión e inseguridad en la pequeña: por lo visto sus emociones no son válidas. Seguramente un comentario como “has estado sola hoy, lo siento”, habría reconfortado más a Ana, porque habría sentido que la comprendían.

La mayoría de las veces, esta forma de comunicación y de cercanía provoca un cambio en el niño. Se calma (quizá después de desahogar su pena) o se explaya más en lo que siente (“sí, mami, quería jugar con ella, es mi mejor amiga...”). Así la emoción, después de haberla vivido y compartido, desaparece por sí sola y deja espacio para que puedan surgir otras.

La táctica de la escucha positiva

Otro ejemplo: Jorge (2 años) está tirado en el suelo de la cocina, dando patadas y gritando porque no le dejan abrir un cajón. “Llora lo que quieras, no conseguirás nada”, dice su madre. Jorge llora aún más fuerte, mientras se empeña en cumplir su deseo.

De repente, su madre se agacha y le dice en tono tranquilo: “Estás enfadado porque quieres abrir ese cajón. Pero ahí están los productos peligrosos. Mira, puedes abrir éste”.
Jorge alza su mirada y se dirige al cajón que le han señalado; al momento está jugando felizmente, sacando y metiendo objetos. Nadie diría que acaba de sufrir una rabieta.

La táctica que su madre ha usado, “la escucha positiva”, consiste en:

- Detenerse un momento, observar y averiguar qué se esconde detrás de la conducta del niño.
- Transmitirle con palabras sus emociones (“veo que te sientes muy enfadado, triste, asustado...”).
- Esperar un rato para ver lo que el pequeño contesta o qué hace.

Un cambio de actitud

Pero si queremos poner en práctica esta táctica, debemos analizar antes nuestra actitud. No estamos acostumbrados a escuchar a los hijos con empatía, ya que hemos crecido con los sentimientos denegados y subestimados.

Por eso emitimos un juicio antes que escuchar atentos. Nuestro lenguaje está plagado de expresiones para denegar los sentimientos: “sólo es un niño, ¡qué sabrá él!”, “sentirte así es una tontería”, “alegra esa cara”.

Algunas frases expresan claramente un juicio: “¿por qué nunca puedes...?”, “siempre serás un...”. Otras veces olvidamos dar una explicación al pequeño: “no hagas esto”, en vez de decir “no lo hagas, porque...”.

Y otras le pedimos una razón (“¿me puedes decir por qué lloras?”) sin pararnos a pensar que el niño, hasta más o menos los 6 años, no sabe por qué le sobreviene un determinado sentimiento ni de dónde proviene su enfado, tristeza, etcétera.

Buenas pautas

Tu hijo necesita que le entiendas y prestes atención a los sentimientos escondidos detrás de sus palabras, conductas o gestos. Sigue estas pautas para escucharle bien:

- Adivina qué ocurre realmente. Cuando su madre coge a su hermano pequeño, María (3 años) exclama enfadada: “¡Otra vez con él!”. La madre capta el mensaje emocional y le dice con calma: “El bebé pide mucha atención, ¿verdad? Y tú quieres estar más tiempo conmigo. Lo entiendo”. La niña se siente comprendida. Y a partir de ese momento su mamá, consciente de sus celos, planea a diario un tiempo en exclusiva para ella, aprovechando la siesta del bebé, lo que contribuye a resolver la situación. En el caso de María, la niña sabe exresar su disgusto verbalmente, pero un niño más pequeño recurrirá a conductas conflictivas para mostrar su malestar y conseguir atención.
- Permítele desahogarse. A veces, aun aceptando sus sentimientos, el niño continúa protestando. Por ejemplo, Miguel, de 3 años y medio, se frustra si algo no le sale bien. Se tira al suelo, patalea, pega... Ante su actitud, su madre ha tenido una idea: cuando se pone así le da un folio y un lápiz y le pide que dibuje sus sentimientos. Él lo hace con ahínco, pintando rayas y círculos atropellados, y termina calmado. A otros niños les va bien dar puñetazos a un cojín cuando se sienten frustrados o enfadados.
- Imaginad su deseo cumplido. Muchas veces no es posible satisfacer un deseo de un niño. Por ejemplo, estás con tu hijo en la cola del supermercado, es la hora punta y hay mucha gente. Él tiene hambre y quiere llegar a casa ¡ya! Es imposible cumplir su deseo al instante, pero puedes hacerlo en la fantasía. “A ver, cariño, ¿qué quieres que te prepare primero? Abro la nevera y te saco...”. Vivir estas fantasías juntos os hará reír y sentiros cómplices.

Tendrá más autoestima

Si somos capaces de escuchar bien al peque, captar sus emociones e interpretar sus conductas desde su estado madurativo, le estaremos dando las herramientas para que se entienda a sí mismo.
Cuando el bebé nace no tiene conciencia de sí, pero a través del contacto con nosotros empieza a saber cómo es y quién es él. Se ve reflejado en nuestros ojos. Por nuestras reacciones y palabras, entiende qué es la alegría, el miedo, el coraje, etc.
Cuanto más le entendamos, mejor se sentirá consigo mismo y más autoestima y seguridad tendrá, lo que facilitará su empatía. La infancia que viva el niño será decisiva en ello.

Háblale para que te comprenda

Además de saber escucharle, es importante saber hablarle bien.

- Sé breve en tus órdenes: Por ejemplo: “cariño, cierra la puerta (o “apaga la luz”, o “recoge tu cuarto”, etc.)”. No olvides darle las gracias cuando cumpla tu orden.
- Pon límites de modo positivo: Puedes hacerlo ofreciendo dos opciones. Por ejemplo, si tu hija se empeña en escoger su ropa, dale dos conjuntos para elegir. O si tu hijo está jugando a la pelota en el salón, dile que puede decidir entre dejar de jugar o hacerlo en el patio, pero no en casa. Si no te obedece, guarda la pelota por un tiempo.
- Dibújale sus tareas: Para recordarle las cosas que tiene que hacer o sus rutinas (vestirse, coger la mochila, ponerse el abrigo...), puedes dibujarlas en un folio y pedirle que lo mire a horas concretas.
- Explícale tus “noes”: Así los entenderá. Susana (4 años) quiere comprar una muñeca que acaba de ver. Su madre dice: “Comprendo que te guste, pero es muy cara. Lo que voy a hacer es apuntarlo en mi agenda para regalártela en tu cumpleaños”. La niña, que estaba a punto de coger una llorera, se tranquiliza; su mamá la toma en serio.
- Hazle responsable: Si tira su vaso de leche, en lugar de decir “Tú siempre...”, dale una bayeta. De este modo lo que le estás diciendo es: “Te veo capaz de hacer cosas solo, confío en ti”.

Los errores más comunes

Al comunicarnos con nuestro hijo debemos evitar una serie de actitudes equivocadas.

- Adelantarte a su edad. Y exigirle conductas que todavía no es capaz de mostrar. Por ejemplo, compartir (antes de los 3 años), no ensuciarse o razonar el porqué de su comportamiento (antes de los 5 años). Al mismo tiempo, no debemos hacer por él cosas que ya sabe hacer solo.
- Sentirte atacada. E interpretar sus actos como un modo de fastidiarte. Tu hijo se ensucia por torpeza, se comporta mal al salir de la guardería porque reserva sus emociones más íntimas para ti o se hace pis por nervios, no para enfadarte.
- No escuchar sus emociones. O negar las que te incomodan, como tristeza, soledad, etc. La infancia es un periodo con pequeños y grandes dramas. No podemos proteger al niño de las emociones negativas, pero sí estar a su lado para apoyarle. Además, es un error pensar que si prestamos mucha atención a las emociones negativas, éstas irán en aumento. Al contrario, si las expresa remitirán y darán lugar a otra emoción distinta.

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