10 errores (y 31 aciertos) al educar a tus hijos

Por mucho que intentemos evitarlo, es normal que a veces cometamos equivocaciones en la educación de los hijos. ¿Cómo transformar esos errores en aciertos?

 

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El error: No tener en cuenta su edad

Hacerlo lleva a exigirle cosas para las que no está preparado y a hacerle perder la seguridad en sí mismo.

En lugar de esto...

Obsérvale. Y reflexiona sobre lo que es capaz de dar y hacer según su edad y su carácter. Si tienes dudas, consulta con tu pareja, con otros padres o en libros.

Respeta sus retrocesos. Casi todos los niños sufren alguna regresión en cosas que ya tenían superadas debido a tensiones (como la llegada de un hermanito) o a la adquisición de un aprendizaje. Si tu hijo vuelve a hacerse pis cuando ya controlaba los esfínteres, acepta la situación y exígele menos temporalmente.

Ofrécele nuevos retos. Retrocesos aparte, su autonomía aumentará con el tiempo. Es bueno que tus expectativas sobre sus avances (usar el váter, comer con cuchara...) vayan siendo mayores cada vez.

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El error: cuestionar a tu pareja ante el niño

Es normal que no estéis de acuerdo en cosas o que discutáis, pero hacerlo ante el niño le confunde y le crea inseguridad.

En lugar de esto...

Hablad sobre las normas en privado. Cuando estéis solos, fijad directrices en cuanto a la hora de dormir, las comidas, su seguridad y los posibles castigos.

No desautorices al otro. Si no estás de acuerdo en algo, no le desacredites delante del niño: le causaría una mala sensación, ya que para él sois sus héroes.

Admite que tenga su forma de actuar. Cada uno tiene un modo distinto de relacionarse con el niño y es positivo, ya que le ayuda a vivir experiencias distintas. Además, es imposible e innecesario buscar una uniformidad en todo. Y no es un problema mientras coincidáis en los temas principales y seáis coherentes con las normas.

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El error: No ponerle límites

El niño los necesita para crecer con seguridad y confianza.

En lugar de esto...

No pretendas ser su amigo. Él te necesita como madre o como padre. Esto implica prohibiciones que le disgustarán, pero que en el fondo te agradecerá: los niños quieren que sus padres no esquiven los conflictos y se involucren.

No claudiques ante sus rabietas. Si algo no te gusta, házselo saber, y si se enfada y llora, permítele desahogarse, pero sin ceder. Si realmente se comporta mal, llévale aparte unos minutos o retírale algún privilegio.

No lo razones todo. Ni tampoco apeles demasiado a su razonamiento (¿no lo entiendes?). En general es bueno explicarle el porqué de las normas (le resultará más fácil hacerte caso), pero también habrá situaciones en las que deberá obedecer sin más.

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El error: darle mensajes confusos

Hacen que el niño no se siente seguro porque no entiende cómo quieres que actúe.

En lugar de esto...

Háblale con claridad. “Cariño, esto no me gusta nada. Ven, lo recogemos”. El niño entiende la situación: cuando vuelves del trabajo no te gusta ver el salón desorganizado.

Explícale las cosas. No le digas que no pasa nada cuando estás nerviosa por algo. Es más útil explicárselo:“Sí, estoy nerviosa pero no tiene nada que ver contigo, cielo”. Incluso en caso de enfermedad, divorcio... es mejor admitir el problema.

Analiza tus mensajes. A veces recurrimos a la ironía cuando una faceta del niño nos decepciona. Él se siente mal: nota que tú lo desapruebas, pero no entiende por qué. Deja que tu pareja se ocupe de las tareas en las que esté implicada esa faceta que no te gusta.

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El error: criticarle sin parar

Está demostrado que los niños responden mejor, cambiando su actitud, ante los elogios que ante las críticas.

En lugar de esto...

Evita enfadarte si actúa sin mala idea. Generalmente, los niños actúan movidos por su afán innato por explorar. Así, la trastada de un bebé cuando se quita el pañal y embadurna la pared refleja falta de madurez, más que un deseo de hacer algo malo.

Critica su conducta, no a él. Es mejor decir “pegar no está bien” en vez de “no haces más que pegar, qué malo eres”. Así siente que le quieres, que te gusta cómo es y que lo que no apruebas es lo que ha hecho.

Tampoco le elogies por todo. Hacerlo le lleva a depender de la aprobación externa. El niño está motivado para intentar cosas por sí solo. Si las logra, se siente orgulloso y compartir con él esta vivencia es el mejor elogio. Para encontrar el equilibrio, aplica esta regla: una crítica por tres elogios.

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El error: perder los estribos

En vez de mejorar la situación, la empeora. El niño necesita saber que tú controlas la situación para sentirse seguro.

En lugar de esto...

Analiza qué te hace estallar. Quizá vayas acumulando enfados hasta que explotas; si es así, corrige al niño a tiempo. O quizás se deba a que tienes demasiado trabajo, a que hay tensiones de pareja... Busca remedios que no afecten a tu hijo.

Reconoce las señales de tormenta. Hay signos que te avisan de que vas a perder los estribos: alterarte a la mínima, verlo todo negro... Si aparecen, actúa cuanto antes: pide ayuda, organiza una escapada con tu pareja...

Habla con tu hijo tras el altercado. "Lo siento” es una frase muy útil en el vocabulario de cualquier padre. Y cuando la utilizas con tu hijo, le enseñas que los adultos también se equivocan y que rectificar es de sabios.

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El error: Sobreprotegerle

Necesita saber que cuenta con tu apoyo, pero el exceso de protección es contraproducente.

En lugar de esto...

Espera antes de ayudarle. Piensa si de verdad necesita tu ayuda o puede hacerlo por sí solo, aunque le cueste. Si le dejas intentarlo y lo logra, aumentará su autoestima. Así, además, mejoran los problemas del sueño: si durante el día el niño supera momentos difíciles, también lo hará por la noche.

Acepta su independencia. A todos nos gusta sentirnos útiles, a los niños también. Puede que sigas viendo a tu hijo como tu pequeñín indefenso. Reflexiona un momento si te resistes a darle más autonomía: si es así y te das cuenta, podrás optar por otra actitud.

Habla con tu pareja. Normalmente hay un miembro de la pareja que da más autonomía al niño o tiene distinta percepción del peligro (suele ser papá). Hablad del tema: la visión de uno servirá como empujón al otro.

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El error: recurrir sistemáticamente al castigo

Si castigas por sistema al niño cada vez que hace algo que no te gusta o actúa de una forma inadecuada tu reacción deja de surtir efecto.

En lugar de esto...

Muestra que desapruebas su acción. Ante todo, tu hijo quiere tu amor. Tu cara de desaprobación y tu tono serio ya son razones para dejar la mala conducta.

Apela a su empatía. Si ha pegado a otro niño, dile algo como: ¿Cómo te sentirías tú si él te pegara a ti?”. Este modo de corregir es más educativo que un castigo.

Reconoce sus buenos actos. Prueba a decir: “¡Qué bien has ordenado el cuarto!”. A veces un simple “gracias”es muy efectivo.

En último caso, recurre a las "consecuencias". Enséñale que los actos implican consecuencias (proporcionadas) cuando ningún aviso surta efecto. Aplica la pausa obligada (unos minutos al pasillo), la silla de pensar o la retirada de un privilegio inmediatamente después de la trastada.

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El error: no atender a sus sentimientos

Para el niño es muy frustrante sentir que sus padres no le comprenden ni se ponen en su lugar.

En lugar de esto...

Haz que se sienta comprendido. "Mi hermanito es un llorón”, dice María, de 3 años. Su mamá la abraza y responde: “Sé que preferirías que estuviera contigo. Lo entiendo, los bebés requieren mucho tiempo”. Eso es lo que María necesita ahora que tiene celos.

Une comprensión y firmeza. Si tu hijo no quiere irse a la cama, puedes decirle: “Entiendo que te estás divirtiendo, pero es tu hora de acostarte”. Así demuestras que le comprendes pero que eres firme con las normas.

Resuelve el problema de base. Piensa en las razones del mal comportamiento de tu hijo y dedícale un rato en exclusiva, repitiéndole cuánto le quieres... Su actitud irá cambiando.

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El error: chantajearle para que obedezca

Es una actitud que solo lleva a crear problemas y evita que adquiera sentido de la responsabilidad.

En lugar de esto...

Sé explícita. Di lo que quieres sin rodeos: “Cariño, ven enseguida, tengo prisa”. Si le cuesta pasar de una actividad a otra, avísale con antelación (“en 15 minutos nos vamos”) y recuérdaselo a los 5 minutos. No se sentirá presionado y le costará menos obedecer.

Ten presente que quiere agradarte. Confía en esta motivación interna de tu hijo y verás cómo los sobornos no son necesarios. Es cuestión de no acostumbrarle a ello.

No te agobies. Es lógico que alguna vez recurras a un pequeño "chantaje", y más en una situación embarazosa. No se convertirá en una costumbre si le explicas que fue una ocasión especial. Los niños aceptan bien las explicaciones e incluso cierto grado de incoherencia.

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