Papá y mamá: buenos propósitos para 2016

Es costumbre al estrenar el año reflexionar sobre los retos y metas que se quieren conseguir. Aparte de los que tú te propongas, estos “propósitos para educar” te inspirarán.

 

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Si pudiera volver a educar a mi hijo...

Para iniciar el 2016 con buenos propósitos en la educación de los hijos, un ejercicio excelente es leer con detenimiento este poema de la coach norteamericana Diane Loomans, que circula por la Red traducido a múltiples idiomas y ha inspirado y conmovido a multitud de madres y padres. Nos habla del tiempo que no vuelve y de la importancia de vivir el momento presente:

“Si pudiera volver a educar a mi hijo

construiría su autoestima primero y la casa después. 

Pintaría más con el dedo y señalaría menos.

Haría menos correcciones  y más conexiones.

Apartaría los ojos del reloj y los usaría más para mirar.

Me interesaría menos por saber y más por aprender a interesarme.

Haría más excursiones y volaría más cometas.

Dejaría de mostrarme seria y jugaría más en serio.

Atravesaría más campos y contemplaría más estrellas.

Daría más abrazos y menos tirones de orejas.

Vería el fruto en el árbol más a menudo.

Sería menos firme y afirmaría mucho más.

Enseñaría menos sobre el amor al poder y más sobre el poder del amor.” 

Precioso, ¿no? Proponte conseguirlo.

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Ser más optimista y tener confianza

Harás bien en proponértelo, porque el optimismo, la decisión de ver el lado favorable de las cosas, es una actitud que puedes elegir ante cualquier circunstancia, incluso en las desfavorables, y es imprescindible para motivar y educar. Piensa que la vida es bella no porque sea fácil, sino porque las dificultades, con una buena actitud, se pueden afrontar y superar.

La confianza también es importante. Nadie te exige (tú tampoco lo hagas) que seas la madre o el padre perfecto. Basta con que seas suficientemente bueno. Y con que te perdones cuando te equivocas, igual que perdonas a tu hijo y pasas página. Proponte proteger tu autoestima y hazte fuerte ante los comentarios negativos que la minan; sólo si la tienes podrás transmitírsela a tu hijo y hacerle fuerte.

Y confía en él, no caigas en el fatalismo del “no hay nada que hacer”, pues a menudo los resultados de las cosas que hacemos o les decimos no son visibles a corto plazo. Pero acaban calando.

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Educar con muuucha paciencia

Que tu hijo tenga confianza en ti es otra premisa básica para educarle. Esa confianza es el fruto del sólido vínculo que os une, no permitas que se rompa y te tenga miedo o se distancie por ser impaciente, exigente o impositiva con él.

Además de procurar tener cada día más buenos momentos que malos, y además de decirle que le quieres y que estás contenta con él (“usar más el dedo para pintar y menos para señalar; crear más conexiones y menos correcciones...), a veces tendrás que corregirle. Necesitas muuucha paciencia. Cuando te saque de quicio, detente y reflexiona antes de saltar. Cuando tengas que repetirle las cosas, no desesperes, es lo normal. No grites ni te enfades. Y cuando no actúe como quieres, no pienses “¿por qué me hace esto?”, sino “¿qué necesidad no tiene cubierta y está reclamando a gritos?”.

Parece difícil, pero te resultará fácil si eres tolerante y empatizas con tu hijo: entiende sus dificultades y sus miedos, pon nombre a sus emociones (estás triste, enfadado, alegre...), para que sienta que le comprendes y para enseñarle a conocerlas y gestionarlas, y buscad juntos el mejor camino.     

Por supuesto que necesita normas y límites, pero adaptados a su edad y personalidad y razonados para que los entienda. Respetarle no es dejar que haga lo que le dé la gana, sino tenerle en cuenta. Tú eliges: puedes adoptar el papel de “el que manda” o puedes ser “el que está a su lado”, estimulándole y apoyándole.

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Practicar el mindfulness

Otra razón para educar con paciencia es que, en este mundo frenético e hiperactivo en el que vivimos, es la forma de rebajar la tensión y poner coto a la ansiedad y el estrés, emociones que bloquean el aprendizaje. Si tu hijo no se siente presionado se enorgullecerá de sus éxitos y  no quedará “enganchado” en sus fallos.

¿Y cómo hacerlo, teniendo en cuenta además que casi siempre nos falta tiempo? Con el mindfulness. Esta técnica milenaria japonesa consiste en practicar la “atención plena”, concentrarte en el momento presente y sólo en lo que estás haciendo, sin distracciones (móvil, tele...). Como escribe Diane Loomans, “apartaría los ojos del reloj y los usaría más para mirar”.

Ya sea jugando, conversando o dando un paseo con tu hijo, ensáyala y verás cómo dejas de sentirte culpable por no estar tanto tiempo con él como querrías (el que le dedicas será de calidad) y no necesitas compensar tus ausencias con regalos o caprichos, sólo con risas compartidas, besos y abrazos.

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Dar más abrazos, besos y elogios

El cariño nunca es excesivo. Y lo necesitan. A veces, cuando menos lo parece (por ejemplo, en las rabietas). Proponte hacer sonreír cada día a tu familia, reparte risas, besos y abrazos, son poderosas herramientas educativas que no podrán utilizar otros educadores, como los profesores, así que dáselos tú.

En cuanto a los elogios, también muy necesarios porque tú eres el espejo en el que tu hijo se mira, procura que vayan dirigidos al esfuerzo que ha hecho, no al resultado. Y en vez de decirle lo guapo o lo listo que es o lo bien que hace las cosas, es preferible que le digas lo mucho que le quieres. “Daría más abrazos y menos tirones de orejas. Vería el fruto en el árbol más a menudo. Sería menos firme y afirmaría mucho más”,  dice Loomans.

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Hacer más excursiones, volar cometas...

Hacer cosas juntos. Ten en cuenta que las experiencias vividas marcarán a tu hijo más que los genes. Programa actividades que podáis compartir, nada une más.

En casa, leer libros a los niños en voz alta (también cuando ya saben leer) es lo mejor para reforzar el vínculo, despertar su imaginación y hablar sobre las emociones. Y salir al campo con ellos, mirar las estrellas... Son grandes lecciones. No hay maestra mejor que la madre Naturaleza.

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Pensar también en ti

No es egoísmo, sino generosidad bien entendida. El problema de las personas que cuidan es que olvidan cuidarse a sí mismas. Y para educar bien hace falta mucha energía positiva. Recarga tus pilas.  

- Acuerda con tu pareja o con quien comparta el cuidado del niño unos horarios que te permitan, además de trabajar fuera de casa y en casa, tener un tiempo exclusivo para ti, solo para tu ocio.
- No te aísles, sal con amigos que tengan niños y apóyate en “la tribu”.
- De vez en cuando haz cosas sin niños, como salir a cenar o asistir a un espectáculo, para recuperar tu faceta adulta.
- Si tenes una necesidad, exponla. Decir lo que quieres en vez de esperar a que otros lo adivinen aumentará tu seguridad, tu ánimo y tu buen humor. Esenciales para educar.

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Los propósitos de los niños

Respetar los derechos de los niños conlleva hacerles saber que también tienen deberes u obligaciones. No sólo lo que les manden en el cole, también deben ayudar en casa.

Una buena idea para empezar bien el año es acordar con ellos una serie de tareas que puedan hacer bien y nombrarles “encargados de...”. Esta responsabilidad, lejos de agobiarles, les hace sentirse importantes y valiosos. Eso sí, escribid la lista y ponedla en un lugar visible para no olvidaros, que las buenas intenciones se las lleva el viento si no se convierten en rutinas y hábitos.

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