La conquista del habla: dudas con respuesta

Los bebés empiezan a comunicarse desde que nacen. Al principio llorando y riendo, más adelante hablando. Si te surgen dudas sobre la evolución de tu hijo en este fascinante proceso, sigue leyendo.

 

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Una evolución sorprendente

Aprender a hablar es uno de los caminos más fascinantes que recorrerá tu hijo en sus primeros años de vida. ¿Lo hará bien? ¡Seguro que sí!

Y para que puedas acompañarle y ayudarle en este proceso, te damos respuesta a algunas de las preguntas que probablemente te plantearás sobre su forma de comunicarse con el mundo que le rodea y sobre la evolución de su lenguaje.

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¿Cómo se comunica antes de hablar?

Que tu hijo no hable no quiere decir que no se comunique contigo. Lo hace a través de gestos y sonidos. El llanto es el primer mecanismo que utiliza para indicar que tiene hambre, sueño, dolor, miedo, frío...

Pero no solo te alerta de sus necesidades con el lloro. También lo hace con su risa, muecas, gestos, gorjeos o balbuceos. “Son un conjunto de signos no verbales que le ayudan a comunicarse con el mundo exterior”, explica Mª Dolores López, logopeda.

Los dos primeros meses realiza vocalizaciones reflejas que se caracterizan por sonidos muy agudos. Luego viene el gorjeo, hacia el segundo mes, y el juego vocal (la producción de sonidos producidos en distintos puntos de la boca de manera aislada), entre el tercero y el quinto. Y a partir del sexto mes, más o menos, llega el balbuceo.

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¿Por qué balbucea?

Es su particular manera de entrenar los músculos de la cara y los órganos fonatorios que permitirán, más adelante, el habla.

Y, por supuesto, es la mejor forma de comunicarse con el mundo que le rodea. “Los padres interpretan estos balbuceos, dándoles un sentido y haciendo partícipes a sus hijos”, dice la logopeda.

Existen dos tipos de balbuceos: el reduplicativo (repite dos sílabas iguales, como ma-ma, pa-pa, ta-ta...), entre los 6 y 9 meses de vida, y el no reduplicativo (diferentes sílabas unidas que constituyen una especie de jerga “sui generis”), que se alarga hasta la aparición de las primeras palabras, alrededor del primer año de edad. “Las sílabas repetidas son más divertidas para los bebés, que las asimilan antes”, añade Mª Dolores López.

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¿Cuáles son sus primeras palabras?

Las primeras que pronuncie el niño estarán muy unidas a la repetición e insistencia que hagáis los padres de esas mismas palabras. Los fonemas “ma” y “pa” son fáciles de pronunciar y además, tienen una carga semántica importante, ya que sois vosotros los destinatarios de esos sonidos.

“Para frustración de la madre, normalmente la primera palabra que un niño pronuncia es papá”, aclara la experta en lenguaje infantil.

Tiene una explicación sencilla: la P es un fonema bilabial que se realiza en la cavidad de la boca al cerrar los labios. Es más sencillo pronunciar la P que la M, que además de bilabial, es nasal, por lo que resulta algo más complicada su pronunciación.

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¿Cuántas dirá en cada etapa?

Depende de cada niño. Pero, en general, alrededor de los 12 meses de edad (aún está en la etapa prelingüística) el bebé ya es capaz de pronunciar dos o tres palabras, de manejar todos los músculos bucales, reclamar objetos con gestos o mostrarlos cuando se le piden.

A los 2 años su vocabulario puede superar las 300 palabras y a partir de este momento comienza el famoso “¿por qué?”. Se hace entender (incluso por extraños) y entiende a los demás.

A los 3 años el registro sube de 900 a 1.200 palabras, utiliza frases compuestas, habla sobre sus experiencias, inventa historias y responde a dos órdenes consecutivas. Ya no habla solo del mundo que le rodea, sino que empieza a expresar ideas en abstracto.

A los 4 años se dispara su conocimiento: realiza oraciones compuestas de hasta diez palabras.

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¿Es normal que con 2 años no hable?

No. Pero primero hay que distinguir si no habla nada, si lo que dice no se entiende o si ni siquiera se comunica con su entorno. “Por eso, lo primero es distinguir entre comunicación y  lenguaje oral”, cuenta la logopeda.

“Si un niño a los 2 años no habla nada, es evidente que existe un problema. Alrededor de los 2 años debería tener un vocabulario de entre 300 y 1.000 palabras y ya tendría que ser capaz de hacer combinaciones entre ellas. Así que si no habla, es necesario llevarlo a un especialista.

Aunque, eso sí, una cosa es que no hable y otra muy distinta es que no hable correctamente”, matiza la experta.

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Si tartamudea, ¿tiene solución?

En edades tempranas se habla de disfemia evolutiva, un proceso madurativo que tiende a desaparecer con el tiempo y al que no hay que dar demasiada importancia.

Puede aparecer entre los 3 y 5 años de edad en ciertos niños muy movidos que quieren comunicar tan rápido sus pensamientos que se produce un desajuste entre lo que piensan y lo que exteriorizan.

Pero si a partir de los 6 años se mantiene, habrá que vigilar la frecuencia y valorar si hay que intervenir. “La mejor solución es dejar al niño que acabe las frases y darle tiempo, sin presionarle ni meterle prisa nunca. Aunque sepamos la respuesta, hay que dejar que la diga él”, cuenta la logopeda. Y, sobre todo, hay que evitar darle importancia, para que no se preocupe.

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¿Y qué pasa si pronuncia mal?

La inmadurez del lenguaje provoca en ocasiones que algunos niños no pronuncien correctamente ciertas sílabas y que distorsionen los sonidos.

La dislalia (pronunciación defectuosa de ciertas palabras) se suele producir a partir de los 4 años. Normalmente se debe a fallos orgánicos (disglosias) y el más habitual es el “frenillo”, la membrana que une la lengua con la boca. “Cuando el frenillo es corto, impide la pronunciación de las letras R y L”, explica  la logopeda.

En otras ocasiones puede ser debido a alteraciones en la dentición, en las vías nasales o en el paladar. Y una excepción: “Pronuciar mal la doble R no se considera anómalo hasta los 6 años, dada su dificultad”, añade Mª Dolores López.

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¿Puede ser un problema de oído?

Puede ocurrir que su retraso en el aprendizaje del habla se deba a este motivo. “En ocasiones en el proceso de evolución lingüística hay situaciones, como una pérdida auditiva o simplemente un tapón en el oído, que hacen que el niño no escuche correctamente y por lo tanto, no aprenda como debe”, cuenta Mª Dolores López.

Sin una audición correcta, la capacidad de hablar se ve mermada. “Hay niños que sí oyen pero no discriminan los fonemas. Por ejemplo, la P y la B”, explica. De ahí la importancia de derivarlos siempre al otorrinolaringólogo para descartar posibles anomalías en el oído.

“Aprendemos el lenguaje al escucharlo. Cuanto antes se detecten fallos de tipo orgánico, antes podremos atajar el problema”, sentencia la experta. De hecho, los niños con hipoacusia no son mudos. Tienen la capacidad de hablar, pero al no oír bien, no disponen de un patrón a imitar y aprenden mal el lenguaje, su tono y su ritmo.

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Habla muy alto (o muy bajo)

Si su tono es alto o chilla mucho al hablar, analiza si en vuestro ambiente familiar se habla siempre en voz muy alta; el niño aprende por imitación.

Si habla bajo, puede ser simplemente cuestión de timidez. Lo conveniente, en todo caso, es “remitirlo al foniatra para que descarte cualquier patología.

Podrían ser nódulos, algo frecuente, sobre todo por el esfuerzo vocal que ejerce para expresarse”, explica la logopeda. Y en ocasiones puede ser bueno que le evalúe un psicólogo infantil.

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¿Y si con cuatro años nadie le entiende?

En este caso hay que hacer una evaluación del desarrollo del niño y ver exactamente en qué está fallando.

A esta edad ya se pueden utilizar baterías de evaluación específicas del lenguaje, como el  PLON (Prueba del Lenguaje Oral de Navarra), que analizan su lenguaje tanto en la forma y en el contenido como en el uso.

Es decir, puede tener dificultades en la forma de articular (dislalias, por ejemplo), pero estar en su edad cronológica en el contenido (vocabulario, acciones básicas, conocimiento de los conceptos esenciales...). Determinarlo ayudará a encontrar la solución.

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¿Y si es algo más grave?

Aunque afortunadamente no son habituales, existen dos anomalías relacionadas directamente con el lenguaje que hay que vigilar: el TEL (Trastorno Específico del Lenguaje) y el autismo.

En ambas hay un problema de comunicación comprensiva y expresiva, pero  el autismo, además, lo es de socialización”, cuenta Mª Dolores. Los niños que padecen TEL juegan con su entorno, pero no pueden comunicarse.

En cuanto a la detección del autismo, es complicada y en ocasiones tardía: hacia los 5 años de edad.

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Ojo a estos síntomas

En sus primeros 2 años estos signos pueden alertarte:

- En el primer mes: el bebé tiene un llanto extraño.
- De 2 a 4 meses: ausencia de sonrisa social.
- Hacia los 6 meses: no vocaliza ni balbucea.
- A los 9 o 10 meses: no dice ni “ma-ma” ni “pa-pa”.
- 12 meses: pierde habilidades ya adquiridas antes.
- Con 15 meses: no señala ni utiliza tres palabras.
- 18-24 meses: no sigue instrucciones simples, no pronuncia al menos 25 palabras ni reconoce su cuerpo.

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Estimula así su aprendizaje

Cuando empiece a decir sus primeras palabras, sigue estas pautas. Son eficaces.  

- Ponte a su altura: Es importante que te vea los labios y que observe tu cara y tus gestos al hablar.
- Ten paciencia. Dale un tiempo para que responda.
- Usa un lenguaje abierto: No uses preguntas cerradas, cuya respuesta es Sí o No. Haz que describa.
- Habla en positivo. No le corrijas con un “no se dice así”. Nómbrale correctamente todas las palabras.
- Felicítale: Si dice algo bien, dale un beso, un abrazo, un gran aplauso...

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