¿Exigimos demasiado a nuestros hijos?

Empeñarnos en convertir a nuestro niño en un pequeño Einstein, forzando su ritmo para que aprenda antes, es negativo para él y para nosotros.

 

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Exceso de expectativas

Una de las mayores dificultades que existen hoy en la educación de los niños es el exceso de expectativas que tenemos sobre ellos; los padres no se dan cuenta de cómo proyectan sus necesidades en sus hijos y cómo los moldean para que les acabe gustando más su conducta”, explica la psicóloga infantil Pilar Rodríguez Rubio. 

De hecho, estudios recogidos en los archivos de la “American Psychological Association” demuestran que los padres tendemos a sobreestimar la capacidad de nuestros hijos pequeños a la hora de controlarse, concentrarse y comportarse ante otras personas.  

Cada vez más acusado

Y aunque esta forma de actuar no es nueva, sí parece que en los últimos años se ha vuelto más acusada. “Ahora los padres quieren que sus hijos hagan todo antes. Por ejemplo, se preocupan mucho si un niño de un año no produce palabras o si a los dos años habla poco y, además,  lo comparan constantemente con la evolución de otros niños”, añade la psicóloga.

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Por qué somos tan exigentes

¿Qué es lo que nos ha convertido en padres a la carrera, que buscan resultados inmediatos y no dejan que los niños aprendan a su ritmo?

Maternidad tardía

Tras las italianas, las españolas somos las mamás primerizas de mayor edad en Europa: no nos ponemos a ello hasta bien entrados los 30, tal y como ha publicado recientemente la Agencia Europea de Estadística Eurostat.

Esperamos hasta tener otras cosas solucionadas (trabajo, casa...) y cuando llegan los niños parece que una vocecita en el subconsciente nos dice que hay que darse prisa con su educación para recuperar el tiempo perdido.

Cambios en la unidad familiar

Más datos: el tamaño medio del hogar en España sigue descendiendo, lo que según el Instituto Nacional de Estadística sitúa a las familias con un solo hijo a la cabeza del ránking. 

Como consecuencia, mientras que hace años la atención de los padres se repartía entre dos, tres o más hijos, ahora se centra solo en uno, y es fácil caer en el error de exigirle demasiado. Además, las largas jornadas de trabajo hacen que estemos cansados y deseemos que “los hijos se acoplen a nuestros horarios y obedezcan a la primera”, dice la psicóloga.

El estallido de las redes sociales

Vivimos en una era en la que prácticamente todo es público; una gran plataforma para la comparación y el alarde. Tendemos a colgar la foto o el vídeo del hijo guapo, bien vestido, que dice monerías (aunque no le apetezca) y que parece muy listo para su edad “para que así nos digan lo bonito que está”, explica Rodríguez.

Comparaciones irreales

Todos las hacemos, en mayor o menor medida, y en algunos casos de manera casi compulsiva. Por ejemplo, comparamos a nuestro hijo con un amiguito, un vecino o incluso con un recuerdo distorsionado de nosotros mismos cuando teníamos su edad. Y esto no sólo no es real, tampoco es saludable.

Para saber si nuestro pequeño está evolucionando de un modo acorde a su edad, en lugar de compararlo con otros debemos fiarnos de lo que nos diga el pediatra. Y además, no olvidar nunca que cada niño evoluciona a su ritmo y que los baremos de normalidad son mucho más amplios de lo que a priori podamos imaginar.

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Los efectos colaterales

En los últimos años han surgido varios movimientos que abogan por una vida y una educación más relajadas y tranquilas, de modo que los críos puedan ir descubriendo el mundo que les rodea sin prisas.

Y es que el hecho de ir continuamente a la carrera y vivir con tanta exigencia tiene efectos negativos no solo para nuestros hijos, sino también para nosotros.

Una mayor dosis de estrés

Porque cuando nuestro hijo no cumple con las expectativas que hemos programado, nos sentimos frustrados y nuestros niveles de estrés aumentan, afectando a toda la familia y privándonos de poder disfrutar de nuestro pequeño como deberíamos.

El efecto “goma elástica”

Básicamente consiste en obtener el efecto contrario al que se deseaba. Cuando a un hijo se le imponen demasiadas metas, se atora y acaba por no intentar nada por miedo al fracaso. Es muy común observar en niños sobreestimulados actitudes de rechazo para emprender nuevas aventuras. En lugar de probar, piensan: “Total, si no lo voy a hacer bien, ¿para que lo voy a intentar?”.

Menos autoconfianza

“Al exigir demasiado al niño no le dejamos experimentar por sí mismo, lo que provoca que se vuelva dependiente, que no sea capaz de pensar por sí mismo y que espere siempre nuestra orden o nuestro mensaje para actuar. Y esto genera inseguridad en todos los niños”, asegura Pilar Rodríguez.

Merma de habilidades en el adulto

A un pequeño al que no se le permite descubrir por sí mismo el mundo que le rodea e ir a su ritmo, también se le limita la estimulación del córtex prefrontal, el encargado de desarrollar habilidades como la empatía, el autocontrol y la capacidad para entender el lenguaje no verbal, que son fundamentales en la vida adulta.

Por eso el juego libre, sin expectativas ni imposiciones educativas, es fundamental en los primeros años de infancia. De hecho, se estima que al menos el 15% del tiempo que el niño está despierto debe dedicarlo al juego no estructurado; es decir, a explorar y descubrir sin presiones.

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En busca de un equilibrio sano

En esto consiste procurar a nuestros hijos una infancia feliz y productiva, en encontrar ese punto intermedio de estimulación y diversión. ¿Cómo podemos lograrlo?

Quedándonos en el centro

Debemos fijarnos en el temperamento de nuestro hijo y adaptar nuestras pautas educativas en concordancia, recordando que muchos límites y expectativas le agobiarán, pero que ninguna en absoluto le hará sentirse inseguro. Hay que darle la libertad suficiente para que explore y descubra, al tiempo que establecemos ciertas acotaciones.

Evitando comparar

No caigamos en la tentación de las interminables comparaciones y no nos creamos todo lo que oímos en el parque o cuando vamos a recoger a nuestro hijo a la guardería o al colegio. A todos se nos escapa alguna vez una pequeña exageración sobre las virtudes de nuestros hijos.

De hecho, según un curioso dato facilitado por el portal BabyCenter, el 53% de las madres aseguran mentir regularmente para parecer una madre perfecta.

Escuchando a nuestro hijo

Sí, incluso aunque todavía no sepa hablar, podemos observarle y entender cuáles son sus capacidades reales para evitar exigirle más de lo que está preparado para hacer.

El desarrollo de nuestro hijo es una carrera de fondo, con resultados a largo plazo y de la que debemos disfrutar sin pensar solamente en las metas más inmediatas.

No volviéndole adulto antes

Porque en la vida adulta hay conductas inaceptables que, sin embargo, pueden ser beneficiosas durante la infancia. ¿Un ejemplo? Mentir. En un reciente estudio llevado a cabo en el Departamento de Psicología de Lancaster University (Canadá) han demostrado que el hecho de que los niños mientan de pequeños es parte de un proceso adecuado de maduración.

Dejándole ir poco a poco

Ayudándole durante el juego a descubrir nuevas habilidades y diciéndole lo bien que lo hace y lo divertido que es estar juntos. Si algo le cuesta mucho, es mejor no dedicar más tiempo a ello, todo llegará.

Siguiendo nuestro instinto

Somos nosotros quienes mejor conocemos a nuestro hijo y quienes mejor podemos educarle, teniendo como aliado el cariño y no sintiéndonos culpables si alguna vez hacemos algo mal.

Se trata, en definitiva, de acompañarle en el camino de la vida, sin empujarle para que vaya más rápido y sin ponerle obstáculos para que vaya más lento.

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Sí, somos imperfectos

Y es bueno que nuestros hijos sepan que lo somos: en todas las fases de la vida necesitamos aprender y mejorar nuestros roles, también el de padres.

- Celebrad los errores. De ellos se aprende y no hay que interpretarlos como fracasos, sino como pasos adelante. Hablad de ellos; así vuestros hijos no tendrán miedo a intentar cosas nuevas y fallar.
- Mirad lo positivo. Aunque al final las cosas no salgan como estaban previstas, siempre hay algo positivo. Buscadlo y compartidlo en la familia.
- Sed sinceros. Es importante que el niño vea que sus padres también fallan y aprenden; una familia es un proyecto en común en el que todos los miembros participan.

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¿Sabes qué es el Sistema Pikler?

Fue ideado por la pediatra húngara Emmi Pikler y defiende que dejar que el bebé desarrolle sus habilidades motoras sin la intervención de los padres es muy beneficioso.

- Esta técnica se basa en no colocar al bebé en posturas en las que él solo no pueda mantenerse (sentado con apoyo, cogido de las manos para dar las primeros pasos...).
- En los estudios llevados a cabo todos los bebés que han seguido esta técnica gatean antes de sentarse (lo que los vuelve más independientes) y cuando empiezan a andar lo hacen con más seguridad.
- Para aplicarla, hay que poner al bebé ropa que no limite sus movimientos, tumbarle en una alfombra amplia, colocar cerca algún juguete, poner música tranquila y dejar que explore a sus anchas, sin interferir.

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