Rabietas en niños, todo lo que debes saber sobre ellas

¿Por qué aparecen? ¿Cuándo son más frecuentes? ¿Cuál es el mejor modo de afrontarlas? Esta guía te vendrá bien.

 

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Una etapa que tu hijo tiene que pasar

Te has encontrado alguna vez en el portal de la casa cargada hasta arriba de bolsas y tratando de buscar las llaves mientras tu niño llora, patalea y grita en el suelo porque no has querido comprarle una chuchería? Entonces ya sabes lo que es una rabieta... ¡y lo difícil que es mantener la calma y contar hasta diez cuando aparece!

Casi todos (por no decir todos) los niños pasan en algún momento por una época de rabietas (suele tener lugar entre los 2 años y los 4), más o menos larga y más o menos “vehemente”. Pero tranquila, tarde o temprano esta etapa termina y el niño vuelve a ser aquel angelito pacífico (o aquel diablillo travieso) que era.

Mientras tanto, recuerda que las rabietas desempeñan una función importante para su desarrollo y aprende a identificar qué las provoca en tu hijo, qué expresa con ellas y cuál es el modo de calmarle.

Para echarte una mano, te contamos en 15 preguntas clave lo que debes saber sobre las rabietas y te damos una guía breve y eficaz sobre la forma de responder ante ellas.

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¿Qué son las rabietas?

En realidad, no son más que una liberación de rabia y frustración que se expresa mediante llanto, patadas y gritos.

Con este lenguaje corporal, el niño, que todavía no tiene la capacidad de controlar sus emociones ni de nombrarlas con las palabras adecuadas, expresa su enfado y su malestar.

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¿A qué edad suelen darse?

Son normales entre el primer y el quinto año de edad, con mayor incidencia entre los 2 años y los 4, aproximadamente.

Empiezan cuando el niño se encuentra con las primeras prohibiciones de sus padres (“no cojas eso del suelo”, “no entres ahí”), en torno a los 12 meses.

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¿Cuál es la frecuencia habitual?

El 20% de los niños de 2 a 3 años tienen una rabieta a diario y el 80% las tienen una vez por semana.

En la mayoría de los casos duran de 5 a 15 minutos, aunque hay niños en los que llegan a durar una hora.

A partir de los 5 años van desapareciendo.

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¿Influye en ello el carácter del niño?

Sí, un niño que se enfade fácilmente tendrá más que otro con un carácter plácido. Y el niño enérgico con mucho carácter también suele tener bastantes rabietas.

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¿Qué reflejan en realidad las rabietas?

Además de ese sentimiento de descontento del que hemos hablado, las rabietas marcan el inicio del descubrimiento del “yo” y son un reflejo de la creciente autonomía del niño.

Al oponerse a la voluntad de sus padres el pequeño afianza su personalidad (“esto no lo quiero”) y experimenta la sensación del “yo” como algo independiente de “los otros”.

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¿De qué modo las vive el niño?

Con muchísima intensidad. Al fin y al cabo, se está oponiendo a sus padres, a los que tanto quiere... ¡y tanto necesita!

La descarga de emociones es para él una reacción instintiva que le desconcierta, una lucha entre seguir lo que le dice su impulso (“¡No, no quiero ir a dormir”) y obedecer al deseo de sus papás. Siempre es una confrontación.

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¿Hay factores externos implicados?

Factores como el cansancio, la sobreestimulación, el hambre o cualquier suceso difícil en la vida del niño (inicio de guardería, dejar el chupete....) propician que se desencadenen.

Conviene evitar los que sean evitables, procurando que duerma más, adelantando la hora de la cena, reduciendo las actividades del niño en el caso de que esté sobreestimulado...

Apuntar cuándo y por qué suelen originarse ayuda a entenderlas y a afrontarlas mejor.

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¿Son más habituales en casa?

Sí, las rabietas aparecen menos en sitios como la guardería o el colegio que en casa.

La razón es que el niño sólo se atreve a expresar lo que realmente siente cuando está dentro de un vínculo afectivo seguro.

Por lo tanto, que el pequeño tenga rabietas indica que existe un apego positivo entre él y sus padres.

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¿Cómo hay que reaccionar ante ellas?

En general, la actitud más sabia es permitir al niño que se desahogue pataleando y gritando, sin intervenir ni razonar con él; la rabieta tiene su curso.

Cuando esté calmado, es bueno poner nombre a sus emociones: “Estabas muy enfadado, ¿verdad? Ya ha pasado todo, cariño”.

Cuando sus padres actúan como espejo de sus emociones, ayudan al niño a conocerse y a saber cómo se llaman estos estados de ánimo (a la larga, él dirá cómo se siente sin necesidad de enrabietarse).

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¿En qué casos hay que intervenir?

Existen situaciones en las que el niño puede hacerse daño o hacer daño a otros; en estos casos, sí hay que hacer algo.

Por ejemplo, si se da cabezazos contra el suelo o la pared (algo muy frecuente entre 1 y 2 años), lo mejor es colocar un cojín en medio que suavice sus golpes o, mejor aún, enseñarle a expresar su rabia golpeando el cojín.

Si el pequeño contiene la respiración y se pone morado (puede incluso que llegue a perder el sentido), lo que experimenta es un “espasmo del llanto”. Es una situación angustiosa para  los padres, pero lo cierto es que en pocos segundos todo vuelve a su estado normal.

Lo conveniente cuando ocurre un episodio de este tipo es mantener la calma, soplar al niño en la cara para que vuelva en sí y continuar adelante con la decisión que se había tomado o la negativa que se le había dado.

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¿Y si le da por romper cosas?

Es otra manifestación habitual de la rabieta. En estos casos en los que la liberación de emociones va acompañada por un acto destructivo, lo mejor suele ser sujetar al niño por las muñecas o abrazarle y decirle que está bien sentir rabia, pero no ser destructivo.

Muchas veces el abrazo sirve para que rompa en un llanto liberador. Eso sí, mientras que a algunos niños esto les calma, muchos esquivan el contacto y necesitan moverse con libertad. Hay que probar qué es lo que funciona.

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¿Qué hago si la tiene en el súper?

Es muy habitual que el niño tenga rabietas cuando está en el supermercado o en una tienda y resulta más difícil atenderle y calmarle.

Lo primero que hay que hacer es intentar distraerle. Si no funciona, lo mejor es llevarle en volandas a otro lugar o al coche.

No hay que ceder a su capricho para que se calme, ya que esto aumentaría sus rabietas porque aprendería que comportarse así en público tiene buenos resultados.

De todos modos, lo mejor es prevenir y no llevarle de compras cuando está muy cansado y la probabilidad de que se enrabiete es mayor.

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¿De qué modo le enseñan?

Cuando sus padres no ceden ante sus rabietas ni cumplen lo que el niño quiere, le transmiten que estar enfadado es normal, pero que esto no cambia sus pautas educativas.

Es una de las claves para que vaya aprendiendo a obedecer y a ceder.

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¿Pueden indicar un problema serio?

En general, las rabietas son algo normal, tanto si duran 5 como 30 minutos (o más).

Pero si van acompañadas de otros problemas como retraso en el lenguaje, agresividad, falta de sociabilidad, nerviosismo, etc., puede haber detrás un trastorno de conducta.

En estos casos hay que acudir a un psicólogo infantil.

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¿Y si ya no sé cómo evitarlas?

Acordad entre los dos una estrategia con la cual abordéis sus arrebatos de enfado.

Sigue a rajatabla vuestras propias pautas, las que habçéis marcado vosotros, no el niño a su capricho.

Esto genera tranquilidad en el niño, ya que en el fondo necesita límites. Si no funciona, busca ayuda.

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Evita estas actitudes ante su rabieta

Hay una serie de respuestas ante la rabieta que no son positivas, porque refuerzan el comportamiento del niño.

- Ceder ante sus deseos.
- Intentar que razone. En ese momento el niño no está en conexión con la parte lógica de su cerebro, sino con la parte primitiva.
- Desvalorizarle por su comportamiento. Dile que su actitud no es buena, pero sin criticarle a él como niño.
- Negociar con él.
- Seguir hablando sobre sus conductas después de lo ocurrido o referirse a ellas en otros momentos.
- Utilizar más críticas que elogios en su educación.
- Perder los estribos por su actitud delante de él.

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La mejor respuesta a sus rabietas

Si reaccionas siguiendo estas pautas, tu hijo aprenderá que las rabietas no le ayudan a conseguir lo que quiere y poco a poco irá dejando de tenerlas.

- Permitirle que desahogue su ira y acompañarle en la descarga de emociones, manteniéndote a su lado.
- Consolarle y abrazarle una vez que esté calmado.
- Poner palabras a sus emociones, para que aprenda a explicárselas a sí mismo.
- Actuar con normalidad y seguridad, sin dar más importancia a la situación.
- Elogiarle cuando consigue esperar o intenta algo que le cuesta en lugar de enfadarse.
- Mantener la calma y contener el enfado ante él.

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