Cómo evitar que un niño sea un tirano

Enseñarle que tiene deberes además de derechos, y fomentar su responsabilidad y su autonomía desde pequeño, son algunas de las claves para conseguirlo.

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D.R.
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Un caso cada vez más común

Hijos que exigen continuamente, que no toleran ni una frustración, que se encaran con sus progenitores...

Hoy a nadie le extraña la expresión “niño tirano” y cada vez se oye a edades más tempranas, incluso a los 3 o 4 años.

Y la cuestión es que, si la situación no se soluciona pronto, estos niños imposibles, habituados desde pequeños a salirse con la suya, acaban convirtiéndose en adolescentes muy problemáticos.

La clave para evitarlo está en sentar buenas bases desde la cuna. Sin embargo, a menudo nos preocupamos mucho por la enseñanza de los conocimientos y obviamos la educación personal, tan fundamental para afrontar la vida adulta y tan difícil de forjar una vez pasados los primeros años.

¿Cuándo comienza esta "tiranía"?

El caldo de cultivo es un entorno lleno de derechos y carente de deberes, que comienza a gestarse cuando el peque tiene 1 o 2 años.

Y es que, a pesar de que es la genética la que determina el temperamento de cada cual, la forma en que lo expresamos, la personalidad, es fruto principalmente del ambiente en el que nos criamos, es decir, de la educación y la socialización. Por eso no debemos olvidar que los niños pueden ser egocéntricos o tener un temperamento más fácil o difícil, pero somos los padres los responsables de enseñarles cómo tienen que actuar y dónde están sus límites.

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El origen del problema

Salvo en casos excepcionales, cuando un niño toma el control de sus progenitores suele deberse a una educación en la que se producen de forma habitual errores como éstos:

Tratarle de igual a igual

Las cosas no tienen que ser ni “porque yo lo digo” ni “si es tu deseo”. Conviene que demos a nuestro hijo explicaciones adecuadas a su edad sobre las normas, pero una vez dadas, el niño tiene que obedecer. Es decir, podemos ayudarle a comprender el porqué de lo que queremos que haga, pero no buscar su aprobación. Si lo hiciéramos estaríamos pidiéndole experiencia, lógica y madurez, y eso es algo que no le corresponde

Ponernos a su servicio

El niño debe aprender que la familia es una comunidad en la que cada uno aporta algo, dentro de sus posibilidades. Implicarle en tareas sencillas desde pequeño (recoger sus juguetes, ayudar a quitar la mesa...) le ayuda a hacerse responsable y a valorar el trabajo propio y ajeno. Además es importante que evitemos actitudes como hacer la comida a su gusto todos los días, dejarle elegir siempre el programa de la tele…

Concederle todos los caprichos

A veces se intenta compensar así la falta de tiempo con el niño. Pero si se habitúa a no recibir nunca un “no” como respuesta a sus peticiones, de mayor será incapaz de tolerar cualquier frustración. Lo mejor, si no podemos pasar con nuestro hijo todo el tiempo que desearíamos, es que nos centremos en lograr que ese tiempo sea de calidad. Jugar con él, escucharle, mimarle y ponerle límites es la mejor forma de demostrarle que nos importa.

Ceder para evitar conflictos

A priori puede parecer una solución, pero como padres no podemos limitarnos a pensar sólo en el corto plazo, sino que debemos preguntarnos cómo influyen nuestras decisiones en la formación de nuestro hijo. Si hacemos esta reflexión, veremos que ceder a sus demandas sólo hará que éstas aumenten día tras día.

Darle siempre la razón

Por mucho que se quiera a un hijo, la lógica dice que no puede ser siempre él quien esté en posesión de la verdad y los demás equivocados. Si le defendemos a toda costa, en oposición continua a sus profesores, a los otros niños, etc., terminará creyéndose el rey del mundo. Darle nuestro apoyo incondicional no significa ponernos siempre de su lado, sino enseñarle que todos cometemos errores y ayudarle a rectificar.

Valorar demasiado lo material

La idea de que es más feliz el que más tiene no se transmite sólo comprándole todo, sino también a través del ejemplo diario. Es función nuestra enseñarle a disfrutar de las pequeñas cosas y a no dar a lo material más importancia de la debida

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Más vale prevenir

Lo mejor para evitar que el niño se convierta en un tirano es prevenirlo con un estilo educativo “democrático”, que huya tanto del autoritarismo como de la permisividad.

Para ello es esencial que la comunicación sea muy fluida, que charlemos con el niño a diario y razonemos nuestros motivos para exigirle algo. Si son temas complicados para él, podemos llegar a acuerdos o elaborar planes que le motiven, pero teniendo siempre claro quién manda y estableciendo límites. Si al pequeño le cuesta asimilar estos conceptos le ayudará verlos por escrito (o dibujados, si aún no sabe leer) en una cartulina.

Por último, es esencial valorar su esfuerzo y fomentar la responsabilidad y la cooperación. Para ello podemos elaborar un cuadro con las obligaciones diarias del niño y darle una pegatina por cada tarea realizada.

Se trata, en definitiva, de favorecer la autonomía y madurez de los hijos para que se sientan valorados y puedan ser ellos mismos sin olvidarse de los demás.

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Prioritario: actuar a tiempo

Cuando el problema es grave lo mejor es acudir a un profesional, pero cuando es leve basta con conocer cómo funcionan los mecanismos que rigen la conducta para utilizarlos a nuestro favor.

Lo más básico es comprender que los niños tienden a repetir aquello que les da buen resultado y a abandonar lo que no sirve a sus fines. Por tanto, si queremos que una determinada conducta se repita es importante reforzarla dándole una respuesta positiva (una sonrisa, un halago…).

Y si queremos que desaparezca, hay que dar una respuesta negativa. Lo primero es no hacerle caso mientras realiza esa conducta (regañarle también es una forma de darle atención). Si su comportamiento persiste o es destructivo, debemos aplicar un castigo (retirada de algún privilegio, un tiempo sentado pensando, etc.).

Por último, además de demostrarle que su actitud no nos gusta, debemos explicarle cuál es la actitud correcta.

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Dos conceptos esenciales

Para tener éxito a la hora de prevenir o de corregir las conductas de nuestros hijos conviene tener presentes estos conceptos.

Coherencia

Es fundamental que nos pongamos de acuerdo con nuestra pareja en cómo vamos a actuar con el niño. La falta de coherencia siempre juega en contra: al principio el pequeño no sabe a qué atenerse y después termina usando en su favor las diferencias de criterio de sus padres.

Constancia

El niño no aprende en un día cuál es la conducta adecuada. Y lo mismo ocurre cuando se trata de cambiar un comportamiento negativo. Si en una ocasión nos enfadamos ante su actitud y en otra la dejamos pasar, no lograremos nada.

Debemos actuar del mismo modo siempre que aparezca la conducta que queremos cambiar. Al principio el niño no querrá abandonar lo que hasta ahora le funcionaba y reaccionará con más virulencia, pero cambiará cuando perciba que ya no le sirve.

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Manejar bien ciertas situaciones

Las siguientes situaciones no tienen por qué suponer ningún obstáculo desde el punto de vista de la educación del niño, siempre que se manejen bien y los padres eviten actitudes contraproducentes.

Padres separados

Si esta situación da lugar a un sentimiento de culpa o a una preocupación por la falta de tiempo con el niño, se corre el riesgo de intentar suplir las carencias concediéndole todos los caprichos.

Hijos de familias monoparentales

Conviene evitar ver al niño como una víctima (“pobre, no tiene padre”), volcar un exceso emocional sobre él (“eres todo lo que tengo”) o ponerle en posición de adulto (“eres el hombre de la casa”).

Hijos únicos

En las familias con varios hijos, unos suelen poner freno a los deseos de los otros, ya que hay que repartir el tiempo, el dinero, los gustos... Cuando se trata de un hijo único, hay que esforzarse más en poner este freno, para no convertir al niño en el centro del universo.

Niños que pasan mucho tiempo con los abuelos

El problema aparece si son más flexibles que los padres. La última palabra es de éstos, pero si los abuelos no están de acuerdo en las normas, en lugar de obligarlos a ir en contra de sus ideas, habrá que buscar otra alternativa para cuidar a los niños.

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