Cuándo y por qué mienten los niños

Dependiendo de la edad de los niños, los motivos que les llevan a la mentira son muy diferentes y la forma en que nosotros, como padres, debemos actuar también.

Lo normal es que los niños mientan, aunque eso no significa que sean mentirosos. Hay momentos en los que su forma de conectar con nosotros, para decirnos algo o incluso para aprender, los lleva a contar historias extraordinarias.

Los psicólogos reconocen que la mentira es una pauta evolutiva, un paso más en su camino hacia el mundo adulto. Las mentiras son estrategias para saber cómo moverse en su entorno social e ir descubriendo el mundo. Estudios de neurocientíficos indican que cuando mentimos ponemos en marcha funciones del cerebro que nos permiten intuir lo que piensan o desean los demás, como forma de proporcionar una respuesta que sea aceptada por nuestro interlocutor. Paul Ekman, autor del libro 'Cómo detectar mentiras en los niños', aunque se muestra un firme defensor de la verdad dice que “la mentira reafirma el derecho del niño a desafiarnos. Su derecho a la intimidad. Su derecho a decidir qué cosas va a contar y qué cosas no”.

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Hasta los 4 años

Más que de mentiras, estamos ante la imaginación de un niño que nos cuenta sus fantasías. El pequeño habita en un mundo mágico en el que su mente puede hacer aparecer cualquier cosa, por lo que no sirve de nada intentar decirle que lo que cuenta es imposible, ya que todavía no ha asimilado las reglas del juego. Como padres, es mejor instarle a expresar lo que vive y siente a través del dibujo, de manera que nos pueda contar sus ilusiones al mismo tiempo que nosotros podemos aprovechar para enseñarle nuevas palabras y cómo manejar sus emociones. Hablar con él en su propio mundo nos ayudará a conectar y a mitigar posibles miedos.

De 4 a 7 años

En esta etapa los niños empiezan a ser conscientes de que están mintiendo. Las suelen usar para tapar algún desaguisado o para agradar a sus padres. En esta etapa pueden aparecer los amigos imaginarios y su mundo se debate entre la fantasía y la realidad. Es el momento para que los padres enseñemos a nuestros hijos el valor de la sinceridad, para ello debemos tratar con ellos diciéndoles la verdad con palabras sencillas, usando su propio lenguaje, no es conveniente ninguna excepción en este aspecto pues les puede crear confusión. Hay que ayudarle a poner nombre a lo que pasa y a que se acostumbre que con las personas de confianza puede decir siempre lo que piensa.

De 8 a 12 años

El niño empieza a ver los tonos grises en la vida, ya no es todo blanco o negro, aprenden a discriminar, a medir la repercusión que sus palabras puedan tener en los demás. Es el momento de dialogar con nuestro hijo, hacerle ver los límites y lo que no es bueno manipular o mentir, que puede llegar a causar daño, tanto a los demás como a sí mismo. Es necesario que asuma que mentir es la excepción y nunca la norma. Ver películas con ellos y analizar los personajes les ayudará a encontrar los matices, los villanos tramposos abundan en las películas y nos proporcionan una buena ocasión para hacerles ver las posibles consecuencias de una vida basada en la mentira. A esta edad pueden utilizar los engaños para ocultar sus propias debilidades o para evitar castigos, el deseo de gustar a los demás les impulsa a distorsionar la realidad.

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Debemos aprovechar las mentiras como una oportunidad para educarles, haciéndoles ver que lo positivo es ser sinceros y asumir la responsabilidad por las acciones que cometan. Es necesario que incrementemos su confianza en el círculo familiar y pongamos buenas bases en su camino hacia el ser adulto.

En la vida diaria podemos encontrarnos con ocasiones en las que mentimos para protegernos o para no hacer daño a otras personas, esto también lo aprenden los niños. Pero tenemos que educarlos buscando un ambiente en el que todos puedan decir la verdad. Ekman afirma que si lo conseguimos, “existirá una gran diferencia en la cantidad de mentiras que cuente su hijo”. Aclara que en estos temas educativos el humor, a veces, es tan crucial como la misma honestidad.

En ocasiones los adultos mentimos a nuestros hijos, pensando que es lo mejor para ellos, al pensar que no están preparados para afrontar la verdad. Desde el punto de vista educativo, esta actitud no ayuda a fomentar la honestidad y puede hacer que el niño pierda su confianza en nosotros. Es muy importante no mentirles en asuntos de importancia, como la muerte, las separaciones o situaciones catastróficas, que deben ser explicadas, adaptándonos a su edad, pero siempre con la verdad. Que el niño comprenda que no hay nada tan malo como para no merecer la verdad.

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