Su peluche a partir del primer año

Que desee tener su peluche con él no denota carencias afectivas. Puede responder al afán del niño por imitar la actitud cariñosa de sus padres.

A partir de los 12 meses la vida del niño da un cambio radical: puede desplazarse solo y eso de tener el mundo a sus pies y de poder recorrerlo a su antojo le resulta fascinante, pero también le produce temor y desconcierto. Gracias a su mascota el pequeño aprende a ser más autónomo, pues al llevarla consigo se siente más seguro (su olor y su tacto le resultan muy familiares y le tranquilizan) y esta seguridad le da valor para alejarse unos metros de sus padres y empezar a escudriñar su entorno, dormir solo en su cuarto, quedarse en la guardería sin llorar...

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Estas experiencias, aunque le producen cierta angustia, también ayudan al pequeño a desarrollar su sentido del yo: solo en su camita o alejado de su familia en la guardería, se da cuenta de que él es una persona autónoma y aprende que continúa existiendo sin la presencia continua de sus padres.

A esta edad la función principal del objeto-mascota consiste en acompañar al pequeño en su aventura de descubrir el mundo, compartiendo sus juegos, afectos y confidencias. Que el niño se aferre a ella y se la lleve a todas partes no debe asociarse con posibles carencias afectivas. Se trata sólo de un refuerzo emocional extra, y el tenerla o no depende del carácter del niño, de su fantasía y de la actitud afectiva que ve en sus padres, pero no de que se sienta poco querido.

Consejo: Habitúate a coger su juguete-macota siempre que salgáis de casa y comprueba siempre que la lleva cuando regreséis. Y para prevenir posibles pérdidas, cósele un cartelito con vuestra dirección y número de teléfono, para que en caso de que la extravíe, puedan devolvérosla.

2-3 años: La mascota como cauce de expresión

En este periodo el niño reafirma su personalidad (es la fase del no, en la que opone a todo porque así fortalece su ego), al tiempo que empieza a prestar atención a los sentimientos de los demás y descubre que las apetencias y los deseos ajenos no siempre coinciden con los suyos.
Ahora la mascota ya es casi siempre un muñeco (no la mantita, el chupete o el biberón), que para el niño tiene vida y sentimientos, y que le sirve como cauce para expresar tanto su alegría y su entusiasmo como sus frustraciones, enfados y desencantos. Por eso habla con ella, la mima y la consuela en unas ocasiones (al adoptar un papel protector, aprende a relativizar sus propias penas y dolores) y la pega y la regaña en otras.
Esto lo hace para desahogarse y porque, al responsabilizar a la mascota de sus trastadas, se siente menos culpable. Otras veces arrastra a su muñeco sin miramientos porque en esos momentos es para él un objeto más.

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En esta etapa el niño es más maduro y ya no necesita el objeto afectivo o de consuelo constantemente, sólo en momentos puntuales, como la hora de ir a la cama.
Los psicólogos británicos D. Boniface y P. Graham descubrieron una relación positiva entre el hábito de recurrir a la mascota y la facilidad para dormir sin problemas, y ello confirma lo que ya comentamos: que la mascota hace más fácil la separación de los padres y ayuda a afrontar situaciones difíciles.

Consejo: Si se le rompe la mascota, no la tires (¡menudo drama!), repárala. Tu hijo la aceptará incluso con parches, porque para él tiene un valor emocional, no estético.

3-4 años: La mascota pasa a un segundo plano

Ahora el niño pasa gran parte del día fuera de casa. Sabe posponer sus deseos, tolera cierta frustración y tiene más seguridad en sí mismo, por lo que su mascota va siendo reemplazada por sus amigos “de verdad”. Aun así, seguirá queriendo dormir con ella y si es tímido, la estrechará entre sus brazos cuando haya gente que no conoce en casa.

Consejo: A esta edad, que el niño siga aferrándose al chupete indica que aún depende mucho de su madre. Si es el caso de tu hijo, ayúdale a ser más autónomo: empieza limitándole su uso y déjaselo sólo para casa. Después, resérvaselo para momentos muy concretos del día, como antes de dormir (quítaselo en cuanto se duerma). Si le notas nervioso, dale una pelotita de goma: entretenerse con ella le calmará y sus ganas de succionar acabarán desvaneciéndose.

4-5 años: El momento de la despedida

El pequeño deja de tener interés por su mascota cuando ya no la necesita emocionalmente: no la coge para dormir, no se la lleva a la calle... Y esto es algo que sucede de forma natural. Por eso no hay que forzar al niño a que abandone a su mascota, aunque a veces sí puede ser aconsejable facilitarle este paso.
Si tu hijo sigue empeñado en llevarse su osito a todas partes, puede tener problemas de relación con los otros niños. Por eso debes inspirarle confianza, animándole con tus palabras, haciendo hincapié en lo mayor que es ya y en lo orgullosa que estás de él. Así se irá convenciendo de que ya no necesita a su amigo de trapo para afrontar el mundo exterior.

Consejo: Durante unos días, dale mimos y atención extra. Compartir con él sus emociones más íntimas le ayudará a despedirse emocionalmente de su mascota y a transformarla en un bonito recuerdo de su más tierna infancia.

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