Cómo consolar a tu hijo

Ahora tu hijo tiene más autonomía, pero aún es algo torpe y está expuesto a sufrir golpes y caídas. Menos mal que tú dominas el arte de consolarle.

Cuando un niño de 2 o 3 años se cae o se golpea, no sólo llora porque le duele, también lo hace por el susto e incluso por la frustración. Le desconcierta el hecho de que algo malo le pueda pasar y que la vida no esté exenta de peligros. Por eso tu consuelo es importante, además de para aliviar su dolor, para que sienta que todo vuelve a estar en paz.

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Pautas para calmarle

Procura mantener una actitud serena, no pongas el grito en el cielo ante cualquier percance; si tú te asustas, él se asustará más. La mayoría de sus caídas y golpes serán leves. Revisa el raspón, el chichón o la herida y, tras la primera cura médica (que puede ser simplemente lavar con agua la zona lesionada), sigue estas pautas psicológicas de consuelo:

  • Préstale atención y pregúntale dónde le duele. Si es en la rodilla, dale un beso sobre la zona y cántale algún “mantra” como “sana, sana… culito de rana”. O bien ponle una tirita, aunque no sea necesario. Sea cual sea el ritual que apliques, le tranquilizará.
  • Dale el tiempo que necesite para recuperarse. Por ejemplo, si quiere estar en brazos, seguramente se quedará un rato contigo. Cuando se le pase el susto, él mismo volverá a jugar.
  • Reconoce su emoción (fíjate en su mirada y en su lenguaje corporal para saber de cuál se trata) y dale un nombre: “Sí, cariño, estás asustado porque te has caído y ahora te duele el pie”. A esta edad el niño aún no dispone de palabras para expresar sus emociones, como susto, dolor... Por último, considera que el malestar y la necesidad de consuelo serán distintos según la gravedad del golpe, pero también en función del carácter de tu hijo. Hay niños muy sensibles que viven con mayor intensidad el dolor. O que son más asustadizos. Y los que lloran por la rabia de su caída, más que por el dolor, también necesitan que los consolemos.

    ¡Qué curioso!

    Si tu hijo es de los que dicen que se han hecho mucha “pupa” y tú sabes que no es así, que finge que le duele, es porque te pide atención. Dásela en ese momento y también cuando no le pase nada.

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    Sin exagerar y sin banalizar

    Ante estos incidentes no es positivo reaccionar con alarmismo, pero tampoco lo es quitarles importancia. Si tu hijo viene corriendo hacia ti, llorando porque se ha caído, aunque sepas que no se ha hecho daño, no digas: “¡Eso no es nada!”. De este modo no tomas en serio lo que siente ni dejas que lo comparta contigo.

    ¿Qué pasa si recibe esta respuesta a menudo?
    Si a menudo reaccionaras así le enseñarías que sus emociones no importan, lo cual mermaría su autoconfianza. Y aprendería a reprimir estas emociones, que en un futuro podrían manifestarse mediante dolores psicosomáticos: dolores de cabeza, de tripa...

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