¿Son crueles los niños?

En esta etapa es común el cambio de afectos entre amigos, las alianzas, la rivalidad... Y pueden decirse barbaridades y recurrir a la burla cruel. ¿Dónde lo aprenden y cómo les ayudamos a corregirlo?

Pablo y Miguel juegan juntos en el parque: entran y salen del laberinto, se suben a las barras y corren uno tras otro...

Raúl, otro niño asiduo al parque, se acerca a ellos con intención de participar.

Pero se encuentra con una negativa: “No, tú no juegas”.

Raúl está aburrido y no entiende por qué no le dejan tomar parte en la diversión, e insiste.

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Pablo entonces se muestra rotundo: “¡Que no, que los gordos no pueden jugar a esto!”. Y añade dirigiéndose a Miguel: “¡Ja ja ja!, el gordito quiere jugar con nosotros”.

Ambos niños vuelven al juego riendo y Raúl se da la vuelta cabizbajo, dolido y humillado.

¿Por qué actúan así?

Curiosamente, Raúl es tan ágil de movimientos como Pablo y Miguel, y los kilos que tiene de más son escasos y muy poco llamativos. Pero los niños han usado esa característica para darle de lado.

Sin embargo, a pesar de lo que pueda parecer, su conducta no es malintencionada ni persigue hacer daño.

Entonces, ¿cuál es la razón de su comportamiento? Existen varios motivos que lo explican.

Para empezar, entre los 4 y los 5 años el niño está centrado en sus deseos y necesidades inmediatas y dice lo que piensa directamente, sin reflexionar y sin ser consciente de que puede molestar.

Además, aunque ya está capacitado para solidarizarse con los sentimientos básicos, como la alegría, la tristeza o la ira, aún le resulta complicado reconocer otros más complejos. En él y en los demás.

Para autoafirmarse

Y es que a esta edad ya percibe el efecto de sus actos, pero aún no sabe ponerse en el lugar del otro.

Así, Miguel y Pablo se divierten al contemplar el enfado que su “gracia” ha provocado, pero aún no son capaces de pensar en el daño que han hecho a Raúl.

Lo que de verdad busca su comportamiento “perverso” es autoafirmación: demostrarse a sí mismos que pueden controlar las situaciones y las relaciones con los demás.

A esto se une que todo niño guarda dentro de sí una cierta dosis de agresividad, producida por tener que guardar las normas lógicas de educación y por la frustración de no poder hacer lo que le viene en gana.

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Y esto explica que sienta placer al comprobar que él también tiene poder para frustrar.

Corregirlo es esencial

Hasta pasados los 6 años no se desarrolla como un hábito en el pequeño la capacidad de ponerse en el lugar del otro y comprender lo que siente.

Pero eso no quiere decir que ahora haya que hacer la vista gorda ante el comportamiento del niño.

Para corregirlo es efectivo que le muestres las consecuencias de sus actos y le enseñes formas menos hirientes de actuar.

Por ejemplo, Miguel y Pablo aprenderían una lección importante si sus padres les ayudaran a recordar ocasiones en las que cada uno de ellos se sintió excluido y humillado, como Raúl.

Ayúdale a expresar emociones

Habla con él de lo que vive a diario y enséñale cómo expresar lo que siente. Así aprenderá a reconocer las emociones también en las personas que le rodean.

- Si llega del colegio malhumorado, anímale a contar qué le ha pasado (“pareces enfadado…”). Así da salida a las emociones negativas y no las guarda en su interior.

- No condenes sus sentimientos negativos (rabia, ira…), pero sí su manera de expresarlos (insultando, agrediendo…). Solidarízate con lo que siente y buscad una solución.

- Aplaude sus cariños y atenciones con los otros, dile lo bien que les hace sentirse. Le animarás a ser más afectuoso.

¡Qué práctico!

Para que tu hijo aprenda comportamientos positivos:

- Demuéstrale que tú respetas a los demás y corrígele si él no lo hace.

- Elógiale cuando sea considerado y amable espontáneamente: “¡Me encantó que dejaras jugar al niño pequeño!".

- Enséñale a asumir un “no” innegociable: entenderá que existen límites.

- Acostúmbrate a pedir perdón cuando te equivoques y él también lo hará.

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