Así enseñamos al niño lo que no debe hacer

Debéis manteneros siempre pendientes de sus ocurrencias e insistirle en lo que está prohibido, para evitar que se haga daño.

Hay varias razones que explican por qué el niño de esta edad no tiene ningún miedo a hacerse daño:

  • La primera radica en que todavía no sabe lo que puede resultar peligroso para él (no lo sabrá hasta que tenga 5 o 6 años).
    • La segunda, que se siente protegido por sus padres en cualquier momento, pues los considera omnipresentes y todopoderosos.
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      • Y la tercera, que aún no ha adquirido la capacidad de anticiparse a las consecuencias de sus actos. Por eso inspecciona alegremente enchufes, ventanas, medicinas...

        Se siente capaz de todo

        En los últimos meses vuestro pequeño ha realizado muchos avances en la conquista de su independencia: anda perfectamente, come solo, se expresa con mayor soltura...

        Estos logros le dan más seguridad en sí mismo, lo que está genial para fortalecer su ego, pero al mismo tiempo le llevan a aventurarse más allá de sus posibilidades y en ocasiones, a ponerse en peligro.

        Es verdad que hay niños que se muestran cautelosos, pero abundan más los temerarios.

        Protegerle y enseñarle

        Si a vuestro hijo no se le pone nada por delante, debéis convertir vuestra casa en un lugar seguro para él, establecer turnos para estar siempre pendientes de lo que hace y tomar unas medidas de protección “extra”:

        • Marcadle unos límites muy claros sobre lo que no debe hacer. Los niños temerarios logran enseguida un buen desarrollo psicomotor porque no paran, pero carecen de capacidad de reflexión. Así le ayudáis a ejercitarla.
          • Anticipaos a lo que se le pueda ocurrir (tirar del cable de la plancha, asomarse al balcón...).
            • Prestadle atención siempre que sufra algún percance, por mínimo que sea. El objetivo es que recapacite sobre lo que le ha ocurrido.
              • Por último, es importantísimo que dediquéis unos momentos del día a realizar actividades relajantes con él, como ver cuentos o hacer construcciones. De este modo le acostumbráis a mantener la atención, algo imprescindible para poder prever situaciones peligrosas.

                La otra cara del asunto: los niños temerosos

                Todos los extremos son malos. Los niños temerarios causan un estrés constante a sus padres, que no pueden bajar la guardia un instante porque se ponen en peligro a menudo, y los niños temerosos se pierden vivencias muy interesantes y positivas para su desarrollo.

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                A éstos hay que animarlos, sin imposición, a enfrentarse a nuevos retos y distintas situaciones. ¿Cómo?

                • Corrigiendo las actitudes alarmistas y demasiado protectoras. No hay que dramatizar sus caídas y sí ofrecerles la mano para que lo intenten de nuevo.
                  • Invitándoles a hacer deporte. Los niños temerosos son menos ágiles que los temerarios porque se mueven menos y esto, a su vez, les resta confianza en sí mismos.
                    • Valorando cualquier iniciativa que salga de ellos, por sencilla que os parezca.
                      • Evitando imponerles muchos límites.

                        ¡Qué práctico!

                        Adaptar vuestra casa a las necesidades “exploradoras” de vuestro hijo es fundamental para evitar accidentes: cubrid los enchufes y los picos de los muebles, colocad cierres de seguridad en escaleras, puertas y ventanas, quitad las alfombras, poned pegatinas en las puertas acristaladas...

                        Y manteneos aún más alerta al final del día: al estar cansado, pierde reflejos y es más propenso a golpes y caídas.

                        Para informarte detalladamente sobre esta etapa en la que se encuentra tu hijo y poder así entender mejor sus reacciones y comportamientos habituales, te vendrá muy bien leer el libro “Comprendiendo a tu hijo de 2 años”, de Lisa Miller, Ediciones Paidós Ibérica (9,90 €).

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