¿Le has pillado jugando a los médicos?

La mayoría de los padres no saben cómo reaccionar cuando sorprenden a su hijo explorando el cuerpo de un amiguito. Veamos cuál es la manera más acertada de hacerlo.

Hay varios motivos que justifican la manía de “jugar a los médicos” que tienen muchos niños entre los 3 y los 6 años.

El principal es la curiosidad. Los peques de 3 años ya saben que son niños o niñas, pero esta certeza no les resta un ápice de curiosidad para comprobar “in situ” que su cuerpo es distinto o igual que el de su amigo.

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Por placer, imitación...

En otras ocasiones el afán por practicar este juego radica en la búsqueda de placer. Sí, no nos escandalicemos: los niños son seres sexuales y disfrutan acariciándose.

Ahora bien, tocar el cuerpo de su amigo o dejarse tocar por él no tiene las mismas connotaciones que para nosotros.

Es un entretenimiento que les produce curiosidad y placer y por eso quieren repetirlo, pero es inocente, no tiene una intención obscena ni de abuso (salvo que su amigo sea mucho mayor).

Por último, “jugar a los médicos” puede ser simplemente un juego de imitación, no de exploración sexual. Los niños tienen necesidad de poner en práctica lo que viven y en este caso, ejerciendo de médicos o de pacientes controlan una situación que en la vida real les da miedo.

Y así poco a poco van cogiendo confianza, hasta que llega el día en que la visita al pediatra no les afecta en absoluto.

Ante todo, naturalidad

La mejor manera de reaccionar si sorprendes a tu hijo y a su amigo explorándose es con naturalidad.

Aprovecha la ocasión para explicarles que hay partes íntimas que debemos respetar en los demás y ellos en nosotros, pero no te enfades ni les regañes, porque podrían interpretar que su cuerpo es algo malo o sucio de lo que tendrían que avergonzarse.

Es mejor que dirijas su atención hacia otra actividad y te olvides del tema.

Ahora bien, no te sorprendas si a esta edad tu hijo empieza a hacerte más preguntas sobre el cuerpo (“¿tú no tienes pito?”). Respóndele a todas, pero teniendo en cuenta su capacidad de comprensión y evitando adelantarte a lo que te preguntará en el futuro.

Si le das más información de la que puede asimilar, en lugar de aclararle las cosas le confundirás.

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