Educar a los hijos de mutuo acuerdo

Para educar bien a los hijos es muy importante que los padres coincidan en sus líneas directrices. Pero ¿cómo actuar cuando la pareja tiene ideas opuestas sobre un tema... o sobre varios?.

Hace poco, Marta, una lectora, me contaba en una carta que ella y su pareja discuten a menudo por la forma de educar a su hija.

“Cuando yo le digo a Manuela que se vaya a la cama y la niña protesta, Jorge le permite quedarse un ratito más.

Y cuando me empeño en que coma algo que no quiere, él me dice que no sea tan dura...

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Siempre creí que Jorge y yo teníamos las mismas ideas sobre educación, pero estoy descubriendo que no es así”.

Muchas parejas pasan por una situación similar cuando llega el momento de educar a un hijo.

En parte, es normal. Al fin y al cabo, es lógico que no se piense igual en todo, ya que cada miembro de la pareja llega a la relación con un bagaje único y personal, formado por sus experiencias, su nivel social y cultural, su temperamento...

Como consecuencia, ambos parten de supuestos diferentes sobre los niños y la familia, y muchas veces no son conscientes de ellos hasta que chocan contra un conjunto distinto de creencias.

¿Cuándo surgen las discrepancias?

En general, en la época en la que la pareja espera al bebé, sus teorías sobre la educación coinciden.

Pero en cuanto el anhelado pequeñín forma parte ya de la vida familiar, los papás pueden empezar a tropezar con desacuerdos, sobre todo en los temas referidos a la seguridad del niño, el horario de acostarle, la comida, la disciplina y las expectativas.
“Yo no le dejo llorar y le mezco hasta que se tranquiliza”, nos escribe Concha, “pero mi marido me dice que le estoy malcriando”.

Otra mamá, Elena, cuenta: “A mí me encanta llevarme a mi bebé a todos los sitios, pero mi pareja quiere que esté más en casa con él”. Y es que el punto de salida suele ser distinto para la madre y el padre: la primera se siente aún físicamente vinculada con el bebé y vive sus necesidades con más empatía; en cambio, para el papá no existe este lazo y vive las demandas de forma más racional.

Esta diferente vivencia contribuye a causar las primeras fricciones.

Con todo, si la pareja tiene ideas distintas sobre la educación, es a partir del primer año cuando las discrepancias empiezan a ser más evidentes, ya que en este momento comienza el proceso de inculcar normas al niño (“esto no se toca” “no subas al sofá...”), y es frecuente que uno de los padres sea más permisivo que el otro.

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Pero para que el niño interiorice los “noes”, es esencial que sus progenitores coincidan en lo que quieren enseñarle, ya que las incongruencias dificultan su aprendizaje.

Además, todo niño es oportunista y aprende rápido a sacar partido de la falta de coherencia. “Mamá me ha dicho que no, pero seguro que papá me dice que sí’.

Puede suceder también que uno de los dos padres se canse de ser siempre el “malo” y, al no sentirse apoyado por su pareja, tire la toalla: “Bueno, si tu madre te deja...”.

Con esto el resultado es que no sólo es incongruente la pareja, sino también el mismo progenitor, lo que no favorece el desarrollo de la conciencia del pequeño.

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