Mi hijo ensucia todo

Se pringa con todo. Y nada le da asco. Ten paciencia y enséñale hábitos de higiene, pero déjale experimentar y explorar el mundo.

Te echas a temblar cuando ves a tu pequeño jugar a rebozarse de pintura, pringarse con el puré y ponerse perdido con la tierra de los tiestos. Tranquila, es inevitable: explorar el mundo deja manchas y a la mayoría de los niños no les importa ir sucios, hacer porquerías o llevarse a la boca lo que encuentran en el suelo. Al contrario, se ensucian adrede y disfrutan haciéndolo. ¿Hay que dejar que actúen así?

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Curiosidad exploratoria

Su afán por ensuciarse se explica por dos motivos. El primero es que su curiosidad es ilimitada y se guía por el impulso de tocar lo que ve, sin importar de lo que se trate. El niño busca el placer del tacto y la exploración, y por eso cuando mete la mano en su orinal, su objetivo no es hacer porquerías, sino descubrir cómo funciona su cuerpo y cómo son sus caquitas por dentro.

El segundo motivo es que el niño aún no ha aprendido a sentir asco. Es una emoción que se aprende alrededor de los 30 meses, cuando valora la reacción de sus padres ante ciertos comportamientos, como llevarse un zapato a la boca o chupar arena.

Hasta entonces, ármate de paciencia y no te enfades cuando veas a tu pequeño embarrado hasta las cejas. Puedes enseñarle cuál es el comportamiento más higiénico con tu ejemplo y un poco de paciencia. Ten en cuenta que no entenderá, por ejemplo, que celebres que utilice el orinal y que le regañes después cuando coja su contenido con la mano y te lo ofrezca como regalo. En lugar de enfadarte, acompáñalo a arrojar sus caquitas por la taza para que aprenda lo que debe hacer.

También deberás tomar medidas para prevenir infecciones, como evitar que juegue con arena en zonas donde haya perros, que coja las colillas que encuentra por la calle o que se lleve las manos a la boca si las tiene muy sucias.

Buscar un punto medio

Tomadas estas precauciones, déjale libertad para que experimente a sus anchas. Ensuciarse es beneficioso para su desarrollo: así conoce el entorno, descubre diferencias de temperaturas y de texturas y crea sus propias defensas contra los gérmenes. Lo que sí puedes hacer es buscar un punto medio entre sus exploraciones y tus deseos de limpieza. Para ello, sigue estas pautas:

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  • Acondiciona un pequeño espacio en casa para que pueda pintar, amasar arcilla o pasta e investigar a sus anchas.
  • Ponle un babi amplio que le proteja la ropa cuando haga sus experimentos.
  • Vístele con ropa cómoda cuando vayáis al parque, déjale explayarse y lleva una muda de repuesto y unas toallitas húmedas para asearle.
  • Proponle actividades “sucias” pero más higiénicas que las que a él se le ocurren: enséñale a dibujar con pintura de dedos, déjale jugar con la arena en la zona del parque acondicionada para niños, permite que coma con los dedos algunos alimentos… Tu pequeño se lo pasará en grande y tú sufrirás un poco menos.

    El aprendizaje y la higiene

    Tu hijo necesita tiempo para asimilar que no tiene que ensuciarse tanto. El aprendizaje ha de ser paulatino y vuestro ejemplo es fundamental. Anota algunas ideas:

    • Lavaos juntos las manos antes de comer, cuando volváis del parque, antes de acostarse o cuando las tenga muy sucias. Después dile que se las huela para comprobar el agradable resultado de la limpieza.
    • Lávate los dientes con él para que te imite.
    • Pídele que te ayude mientras le bañas y deja que se lave solo, aunque el resultado deje mucho que desear.
    • Enséñale a usar el babero o la servilleta antes de beber o cuando se manche mucho la boca.
    • Emplea gestos de aprobación ante las actitudes que quieras inculcarle: cada vez que use el orinal o la servilleta. Es un refuerzo positivo que le animará a repetir esos hábitos higiénicos.
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