Querer a nuestros hijos por igual

Cuando nuestros hijos nos preguntan: “¿a quién queréis más?”, les contestamos: “a todos igual”. Pero ¿de verdad es así? ¿Es la mejor respuesta o hay que matizar?

El psicólogo estadounidense Haim Ginott, autor de Entre padres e hijos (Ed. Médici), lo dice sin tapujos: “La relación con cada hijo es única y distinta. No queremos a todos de la misma manera. Y no hay necesidad de fingir que sea así”.

Querer dar a todos lo mismo, sin distinciones, además de injusto es imposible. Lógicamente, los padres procuran dar a sus hijos las mismas oportunidades en la vida (en cuanto a estudios, viajes...), pero en el día a día no pueden tratar a todos igual. Y tampoco resulta conveniente.

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La siguiente historia lo refleja muy bien: una profesora decidió no mostrar favoritismos en su clase de 20 alumnos. No haría nada por un niño si no podía hacerlo por el resto. Al final del año comprobó que no había establecido una relación íntima con ningún niño.

Por eso, el curso siguiente cambió de táctica: cuando un pequeño reclamaba su atención, se la daba, aunque ello implicara la exclusión de los demás. Al final del año cada niño había recibido lo que necesitaba de su maestra y los 20 alumnos se mostraban felices y contentos.

Necesidades distintas

Este ejemplo desmonta la creencia de que hay que dar lo mismo a todos los niños. Los padres actúan según las necesidades de cada uno en cada momento. Y esto es lo bueno.

Como decía el escritor Phyllis Theroux: “educar a tres hijos es como cultivar un cactus, una orquídea y una alegría. Cada planta necesita diferente cantidad de agua, sol y poda. Sería un desastre si diéramos a cada una lo mismo”.

Factores que influyen

Todos los padres con más de un hijo lo saben (aunque quizá no lo admitan): se quiere a cada uno de un modo distinto, no en mayor ni menor cantidad, sino de una manera diferente. En ello influyen diversos factores:

  • El orden de nacimiento. El primogénito te convierte en mamá (o papá), algo especial, y además es el hijo con el que pasas más tiempo a solas. El segundo te enseña que puedes querer a otro, y con menos ansiedad... Y si nace un tercero, será el benjamín, el más protegido...
    • Por otra parte, el orden de nacimiento también marca el carácter del hijo. Como marcó el tuyo. Y si tú eres la menor, por ejemplo, es probable que te entiendas mejor con tu benjamín.
      • El sexo de cada hijo. Un niño evoca en sus padres sentimientos y expectativas distintos a una niña. Y en ello también influye tu experiencia vital: quizá te sientas mejor con niños si has tenido sólo hermanos, o viceversa.
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        • Las circunstancias en torno al nacimiento. Si son agradables, la llegada del bebé estará asociada con alegría; si coincide con acontecimientos tristes, se relacionará con tensiones. Son procesos inconscientes que no se perciben, pero que influyen en la relación con los hijos.
          • Las fases que atraviesan tus hijos y tus preferencias. Si te encantan los bebés, es fácil que te vuelques en el tuyo, mientras que te resulta imposible tolerar las rabietas del mayor.

            También puede ocurrir que estés más cómoda con el mayor, que ya se expresa con palabras, que con el bebé, que sólo llora. O si uno pasa por una etapa difícil y el otro es un santo, también tus actitudes serán diferentes.

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