¡Qué manía tiene!

¿Hábito nervioso, mala costumbre o tic?

Se calcula que un 10% de los niños recurren en su infancia a algún hábito que les ayuda a descargar tensión y a reducir la ansiedad. Se chupan el dedo, se enredan el pelo, mordisquean la manga del jersey o presentan alguna otra “manía” en momentos de cansancio o tensión.

Normalmente estos hábitos desaparecen a medida que el niño maneja mejor la ansiedad, gracias a su mayor madurez y a que aprende otras formas de afrontar el estrés.

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Pero a veces el hábito se arraiga tan profundamente que sigue manifestándose aunque el niño ya no esté cansado ni tenso y, poco a poco, va adquiriendo vida propia. En este caso conviene enseñarle a dejarlo, aunque nunca debe hacerse a la fuerza.

Es cuestión de tener paciencia, por un lado, y por otro de actuar sólo en caso necesario.

UNA ESTRATEGIA QUE FUNCIONA

En general los hábitos nerviosos no son preocupantes, ya que son inherentes al proceso de crecer. Se dan entre dos y cuatro veces más en niños que en niñas, hay un componente hereditario y también influye el carácter. A la hora de abordar un hábito de este tipo pueden ser efectivas estas claves:

  • Ayudar al niño a ser consciente de su manía. Los pequeños se enredan el pelo, se tocan los genitales o rechinan los dientes sin darse cuenta, por eso les cuesta no hacerlo. Desde los 3 años, acuerda con él una señal que le harás cuando le pilles, como levantar la mano. Es una forma respetuosa de recordárselo sin que otras personas se enteren.
  • Ofrecerle una alternativa. No resulta eficaz prohibirle su hábito sin más. Mejor ofrécele una actividad o un objeto que lo sustituya. Un muñeco, una pelotita o alguna actividad que le mantenga ocupado son buenas opciones. Ahora su tensión se dirigirá hacia ellas.
  • Aplicar un sistema de premios. Acuerda con tu hijo que debe ir reduciendo las veces que recurre a su manía. Pon al principio un mínimo alcanzable a diario y ve aumentándolo poco a poco. Si lo logra, le das una recompensa. Puedes hacerlo a partir de los 3 años.
  • Enseñarle a relajarse. Hacerlo ayuda a disminuir cualquier manía nerviosa. Antes de los 3 años puedes lograrlo con un masaje, un baño o música relajante. Desde los 3 años puedes hacer este ejercicio: túmbate junto a él en la cama, dile que ponga una mano sobre su pecho y la otra sobre su vientre, para que perciba su respiración, y enséñale a hinchar y deshinchar el vientre como si fuera un globo. Su respiración se hará más profunda y relajada. Y practica con él la relajación de las manos: hacer un puño, tensar la mano y soltarla. Enséñale las palabras para ello: relajado-tenso.
  • Felicitar al pequeño. Elogiarle durante los periodos en los que no recurre a su hábito resulta más efectivo que reñirle cuando lo hace. Y es que las críticas dañan su autoestima y no surten efecto, ya que el niño no practica su manía de forma premeditada ni consciente.
  • Cambiar la situación. A veces es suficiente para que el hábito desaparezca. El niño se balancea en su cuna para dormirse, pero deja de hacerlo cuando duerme en una cama. O la niña siempre pide el chupete al salir de la guardería, hasta que su madre se lo “regala” a su prima recién nacida.
  • Saber si está preparado. Si el hábito se intensifica durante el proceso de quitárselo, es señal de que el niño no está listo para dejarlo. Si no interfiere en su vida diaria, conviene esperar. Y en caso contrario, ir a un psicólogo infantil.
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    LOS TICS NERVIOSOS SON DIFERENTES

    Los tics, como guiñar el ojo, hacer muecas, carraspear o encogerse de hombros, también constituyen un hábito nervioso, pero son diferentes: el tic escapa totalmente al control del niño, que no es capaz de dejar de hacerlo si se le avisa para que pare (es más, así se intensifica).

    Eso sí, también representan una descarga de tensión y aumentan con el cansancio y las emociones. No hay que corregir al niño ni reñirle por su tic, sino buscar las causas subyacentes, como problemas en el colegio, tensiones en casa, agotamiento físico, etc.

    Estas manifestaciones de ansiedad no suelen aparecer antes de los 6 ó 7 años. Y la mayoría desaparecen en unas semanas o en unos meses, antes de que pase un año.

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