¿Por qué el niño dice todo quejándose y llorando?

Y sobre todo, ¿cómo actuar para cambiar esta costumbre?

No hay nada que desespere más a un padre que el lloriqueo constante de su hijo. Si sabéis de qué hablamos, debéis averiguar las causas que llevan al vuestro a actuar así y tratar de remediarlas.

Las posibles causas de sus lloros

Los niños pequeños suelen ponerse quejumbrosos cuando tienen hambre o sueño, porque son especialmente sensibles al cansancio y a la debilidad. Por tanto, una forma segura de evitar su tono lastimero es procurar que coman bien y que duerman lo que necesitan (a los tres años, unas 11 horas nocturnas y otra de siesta).

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Pero además de estos dos motivos, hay otros dos que pueden hacer que un niño, por norma, se dirija a sus padres llorando:

  • El primero, que haya comprobado que únicamente así le prestan atención (aunque esa atención consista en reprenderle, para él es mucho mejor que no tener ninguna).
  • Y el segundo, que haya convertido los lloros en un modo perfecto de salirse siempre con la suya, pues los padres se ablandan ante sus lágrimas y acaban anteponiendo los deseos y los caprichos del pequeño a sus propias convicciones.

    Pensad en cómo reaccionáis ante los lloriqueos de vuestro hijo y si creéis que puede recurrir a ellos por alguna de estas razones, poned en práctica el siguiente plan de ataque, para corregir cuanto antes esta manera inadecuada de dirigirse a vosotros.

    Pautas para cambiar esta costumbre

    Para empezar, escuchadle siempre que intente deciros algo. Y si os reclama en un momento inoportuno (estáis en el cuarto de baño, hablando por teléfono, charlando con una visita...), en lugar de ignorarle, hacedle saber que os habéis dado cuenta de que os necesita, pero que tendrá que esperarse un poco para que le atendáis bien. Podéis acordar antes con él un gesto “secreto” para esas ocasiones. Así sabrá que le habéis prestado atención, aunque no podáis atenderle de inmediato.

    Para que ese ratito de espera se le pase rápidamente, decidle que vaya preparando sus juguetes, si lo que quiere es que juguéis con él. O que se vaya poniendo el abrigo, si lo que espera es que le llevéis un rato al parque. O que vaya llevando el pan a la mesa, si lo que tiene es hambre. Y es que, si además de demostrarle que tenéis en cuenta sus necesidades, le sugerís una idea interesante para resolver su malestar, se sentirá mejor de inmediato y en vez de emplear sus fuerzas en protestar y agobiaros, las centrará en entretenerse mientras acabáis lo que tenéis entre manos, para poder dedicaros a él.

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    Si a pesar de actuar de esta manera con vuestro hijo, él persiste en su actitud quejumbrosa, animadle a que os pida y os cuente las cosas de otra manera, con sugerencias como “¿y si jugamos a hablar como lo hace tu profesor en clase?”.

    Quizá también sea bueno que juguéis con él a recrear situaciones en las que cada uno decís las cosas de maneras diferentes, y también obtenéis respuestas diferentes de los demás. No os olvidéis de celebrar con besos y abrazos sus progresos. Vuestras muestras de alegría y apoyo serán su mejor incentivo para abandonar la manía de lloriquear por todo.

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