Dudas sobre los juegos de tu hijo

Los niños crecen. Con ello, se les plantean nuevas inquietudes, descubren su entorno y desarrollan ciertas habilidades. Muchas de ellas se adquieren a través de los juegos. Muchas veces caemos en el error y no reparamos en la importancia de garantizar que el juego de los niños se produza en libertad.

Ser padres no es fácil. En ocasiones la situación puede desbordarte. Uno de esos momentos puede ocurrir cuando el niño empieza a descubrir su entorno y tiene la necesidad de explorarlo. La etapa de los juegos en paralelo puede suponer todo un quebradero de cabeza para los padres, quienes, sin darse cuenta, muchas veces cohíben el desarrollo natural de los niños que adquieren jugando.

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Para que todo te sea más fácil, te recolvemos algunas de las preguntas que se te pueden plantear a la hora de poner límites al juego en libertad del niño.

¿Es bueno que se ensucien cuando juegan?

Los niños necesitan descubrir el mundo que les rodea, y lo hacen de forma activa, ensuciándose. Pisar en los charcos, hacer comiditas con el barro o, cuando son más pequeños, aplastar la comida con la mano son para ellos formas divertidas de percibir las texturas, temperaturas y otras características de los elementos.

Aunque ensuciarse puede ser un aliciente en esa época en la que desafían a los padres, hacia los 18 meses, el principal motivo por el que se ensucian es porque juegan con libertad. Si exigimos a un niño que esté impecable siempre, incluso al jugar, estaremos limitando sus posibilidades de aprender y también el desarrollo de la creatividad, la concentración... Si se mancha cuando está jugando, quítale importancia y no le interrumpas, adecéntale cuando termine. Además, una preocupación excesiva por la limpieza puede llevar al pequeño a sentirse agobiado cuando sale de casa y frenar su impulso de jugar con otros niños por el temor a ensuciarse.

Para que tú lo lleves mejor....

  • Déjale jugar en el parque a diario, siempre con ropa de trote, cómoda y fácil de lavar.
  • Llévate toallitas en el bolso, pero no le interrumpas constantemente para limpiarle.
  • Elige un rincón de la casa para que pueda hacer sus trabajos artísticos y protégelo extendiendo un hule o papeles de periódico en el suelo y sobre la mesa de trabajo.
  • Para actividades como pintar o modelar, resérvale un baby o un viejo chándal.
  • Ve enseñándole que hay momentos para cada cosa. Puedes ser más tajante con la limpieza antes de ir al cole o de visita, y dejarle mayor libertad cuando vaya a jugar.
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    ¿Por qué tienen que alborotar tanto?

    En una casa con niños tiene que haber un poco de jaleo: carreras, gritos y risas son expresiones normales de vitalidad cuando los niños juegan. También hay que tener en cuenta que hacia los 2-3 años, durante un tiempo, parece que se les ha subido el volumen de voz, no sólo cuando se enrabietan, también cuando expresan su alegría. Es normal y se les pasa.

    Naturalmente, hay niños más inquietos, que necesitan desfogarse más con juegos activos, y otros más contemplativos a los que tampoco les viene mal un poco de ejercicio. Lo importante es aceptar que cada niño tiene su personalidad y, a partir de ahí, enseñarle a canalizar su energía en la dirección que más le conviene. Un consejo: si tienes un hijo único que no da guerra, recuerda lo bueno que es invitar a jugar a sus amigos, aunque haya un poco más de alboroto en casa.

    Para que tú lo lleves mejor...

    • Establece tiempos y espacios para actividades “regladas”, pero también otros para que los niños jueguen entre ellos sin la dirección (sí con la supervisión) de los adultos.
    • Sácale todos los días al parque para que pueda desfogarse sin molestar a nadie.
    • Si quieres que no moleste en un sitio público, explícale bien las razones y elógiale por el esfuerzo que haga. Y no prolongues estas situaciones.
    • Procura salir a la naturaleza y practicar ejercicio con tus hijos. Es una de las cosas que más unen a la familia y una excelente terapia para los problemas generacionales.
    • Para pedirle que no grite en casa, llama su atención y háblale más bajo, no más alto.

      ¿Es necesario que desordenen todo?

      Para ti es el caos. Para él, la forma de jugar con libertad. Tener todos sus juguetes esparcidos por el suelo es la manera de mantenerlos a la vista y, de paso, no tener que interrumpir su juego para ordenarlos al pasar de una actividad a otra. Recoger sus cosas es una responsabilidad que puedes enseñarle desde los dos años, pero hasta los cuatro o cinco años no te será fácil convencerle y, además, tendrás que participar con él en la limpieza.

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      Aun así, teniendo en cuenta que el juego espontáneo en esta etapa estimula su desarrollo y le ayuda a ir interiorizando su propio concepto del orden, ¿acaso no es mejor esto que tener la casa perfectamente recogida todo el tiempo? Te resultará más fácil enseñarle a ser ordenado si empiezas pronto, pero vas poco a poco, con pequeñas exigencias que irás ampliando conforme a su edad.

      Para que tú lo lleves mejor...

      • Pon a su altura perchas, estantes, cestos y baúles para su ropa y sus juguetes y hazle ver que cada cosa tiene su propio lugar.
      • Jugad a recoger. Por ejemplo, a ver quién mete más juguetes (cada uno en un baúl) en menos tiempo. O acostad juntos a las muñecas en el sofá para dormir.
      • Enséñale a recoger antes de la cena o del baño, así creas una rutina. Cuando ya esté asentada esta costumbre puedes enseñarle que para sacar un juego hay que guardar el que se estaba usando.
      • Revisa sus cosas, quita los juguetes rotos, dona los que ya no use y guarda los que utilice.

        ¿Es normal que nos reclamen?

        La infancia es una etapa llena de contradicciones. Una típica es la insistencia de los niños por reclamar la atención de sus padres, al tiempo que esgrimen el lema de “yo solito”. Bien mirado, tiene su lógica, el pequeño que da sus primeros pasos hacia la independencia necesita sentirse seguro; los papás son como la red del circo, una garantía de tranquilidad.

        La mejor manera de favorecer su autonomía es apoyándole. No se trata de hacer las cosas por él, sino de estar con él cuando las hace, motivándole, felicitándole y reduciendo sus temores. Por supuesto, hay que enseñarle a tener paciencia y hacerle comprender que papá y mamá tienen sus propias obligaciones y no pueden dedicarles todo el tiempo, pero hay que hacerlo con paciencia, teniendo en cuenta su edad. Y sin olvidar que esta fase en la que nos reclaman tanto también pasa, y no conviene desperdiciarla porque después se echa de menos.

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        Dedicarles tiempo de calidad cuando estamos con ellos es la manera de no sentirnos culpables por el poco tiempo que podemos pasar juntos.

        Para que tú lo lleves mejor...

        • Dedica todos los días un ratito a jugar con él, y procura que el juego sea lo más libre posible (inventado por el niño). Eso fortalece el lazo afectivo entre vosotros.
        • Dale juguetes que pueda manejar por sí mismo y enséñale a jugar con ellos. Recuerda que lo importante no es que el juguete haga cosas, sino que el niño sepa hacer muchas cosas con el juguete.
        • No esperes a que te llame para darle atención; si está jugando solito, acércate, felicítale por ello y dedícale unos minutos. Si sólo vas cuando te llama, reforzarás esa conducta y cada vez te reclamará más.
        • Evita actitudes sobreprotectoras, como hacer las cosas por él, pero dale la ayuda y la aprobación que necesita para hacerlas.
        • Dile cuánto le quieres y por qué. Esto le da una buena autoimagen, necesaria para que se atreva a actuar por sí mismo.

          ¿Es beneficioso dejar que se arriesguen?

          No te subas, que te vas a caer”, “deja eso, que te vas a hacer daño”... A veces los padres tenemos la sensación de pasarnos la vida diciendo cosas así. ¿Es que los niños no perciben el riesgo? La verdad es que no. La falta de experiencia práctica
          y la propia configuración del cerebro infantil hace que los pequeños no sean capaces de prever lo que puede suceder.

          Esa falta de previsión de los riesgos, mezclada con su afán de descubrimiento, es lo que les hace ser tan intrépidos. Pero esto tiene también su cara positiva. Por un lado, el niño que tiene libertad de movimientos ejercita su psicomotricidad gruesa, es decir, mejora su capacidad para gatear, andar, saltar, etc. Por otro lado, ese “descubrir el terreno” le sirve para aprender a valerse por sí mismo.

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          Y sus caídas le ayudan a ir adquiriendo esa capacidad de prever las consecuencias de sus acciones. La actitud de los padres es determinante para que adquiera confianza en sus habilidades y aprenda a superar las frustraciones. Una actitud muy temerosa puede provocar que el niño coja miedo a actuar y se vuelva más dependiente en lugar de ganar autonomía. Por eso lo mejor es dejarle actuar si se atreve (jamás obligarle), pero estando muy cerca para ayudarle a tener éxito y prevenir accidentes.

          Para que tú lo lleves mejor...

          • Acondiciona la casa para evitar accidentes y para no tener que estar todo el tiempo vigilándole: topes en los enchufes, barreras en las escaleras, cerrojos en los accesos a lugares peligrosos (balcones, trasteros, cocina, armarios con productos tóxicos, etc.)
          • Presta especial atención a sus acciones cuando estéis en la calle o en otra casa que no esté acondicionada para niños.
          • No le prohíbas todo por norma. Si puede hacerlo, deja que lo intente, ayudándole para que tenga éxito. Ganará seguridad y también le costará menos obedecerte cuando tengas que prohibirle algo realmente peligroso.

            ¿Es lógico que se peleen?

            Es frecuente que los niños discutan y se peleen. Su falta de habilidades sociales, el deseo de imponer su voluntad y su impaciencia hacen que les resulte difícil ponerse de acuerdo para compartir un juguete, decidir quién elige el juego o esperar su turno en el tobogán. Pero los adultos solemos exagerar la importancia de esos conflictos. En un estudio en el que un grupo de niños y de madres observaron 14 vídeos de niños jugando a pelearse, los niños juzgaron que sólo dos de las peleas eran reales, y las mujeres erraron al afirmar que ocho de ellas eran en serio. Jugar a pelearse es algo común en todas las culturas. Pero también los conflictos reales son beneficiosos: ayudan al pequeño a comprender que existen otros puntos de vista y le obligan a practicar habilidades sociales como negociar, persuadir, ceder... Así, además, aprenden a colaborar y también a competir.

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            Para que tú lo lleves mejor...

            • Intervén sólo si llegan a las manos o si ves que uno está en claro desvalimiento; por ejemplo, si llora desconsolado mientras el otro le grita y le insulta. Para diferenciar una pelea real de un juego, basta fijarse en su cara: en una pelea las caras están tensas, con gesto de rabia, mientras que en el juego los rostros aparecen alegres.
            • Dejale claro que pegar no es el medio para solucionar las diferencias (especialmente si se trata de un niño pegón). En este sentido el ejemplo es fundamental, en casa no se debe utilizar nunca el cachete como forma de educar.
            • Enséñale a comprender los motivos y sentimientos de los otros (empatía). Puedes hacerlo con frases como “¿Tú cómo te sentirías si a ti te...?”.
            • No te enfades ni te burles de él si se enrabieta por haber perdido. Tiene que aprender a aceptar la frustración y es mejor que lo haga jugando.
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