Evita expresiones confusas

Otra dificultad que suele surgir al comunicarnos con niños pequeños es que se toman al pie de la letra nuestras palabras. Por eso cuando utilizamos expresiones confusas (“como sigas así te voy a dejar en el cole para siempre”), frases con doble sentido (“vas a acabar conmigo”) o ironías (“ya veo lo bien que te estás portando”), no entienden nada y además pueden asustarse.

Una idea para evitar este problema es intentar pensar como el niño y utilizar las palabras que él emplearía para explicarnos lo que queremos decirle. También es muy importante adaptar nuestro mensaje a su capacidad de comprensión (“me enfada que grites cuando juegas”).

Razona cuando te atienda

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Es habitual también que intentemos razonar con nuestro hijo para que entienda por qué debe obedecernos (“si sales sin abrigo te pondrás malo y no podrás ir al cumpleaños de Pedro”) y olvidemos que este razonamiento no tendrá éxito si es complicado o si el pequeño está ofuscado o enfadado.

Un ejemplo: Pablo, de 3 años, tiene una rabieta en el supermercado; quiere llevarse tres paquetes de galletas. “Llevamos uno, así nos caben más cosas”, le dice su madre, agobiada. Pero el niño no deja de gritar: está tan inmerso en su rabia que es incapaz de escuchar, y menos de razonar. Entonces su madre cambia de táctica: le abraza, le dice “veo que estás enfadado” y espera paciente a que se calme. Luego hace una broma para cambiar de tema y, sin dar más importancia al asunto, coge un paquete de galletas y sigue adelante.

Es una buena idea: demostrarle que reconocemos y entendemos sus sentimientos es el mejor modo de calmar a un niño, como comprueba a diario la pediatra Mª del Carmen de Lafuente: “En la consulta veo montones de niños que no quieren que les mire la garganta. Para ganarme su confianza exteriorizo lo que creo que me dirían si pudieran: ‘no, déjame los oídos’, ‘no me mires más’..., cosas por el estilo. Así se relajan, porque ven que entiendo lo que sienten, y puedo examinarlos”.

Cambia teorías por juegos

A veces intentamos convencer a los niños con teorías que para nosotros son claras, pero que ellos no entienden. En estas ocasiones es mejor recurrir a héroes (de fantasía o reales) o a personajes imaginarios que tienen un enorme poder de convicción, incluso mayor que el nuestro.

Pongamos el caso de Carlos, un niño con poco apetito que se niega a comer verduras. “Debes comerlas porque tu cuerpo las necesita para estar fuerte y no ponerse enfermo”, le explica su madre. Pero el niño no entiende esta teoría, sólo sabe que las verduras no le gustan. Entonces sus padres piden ayuda al primo de Carlos, un chico de 15 años, alto y fuerte, al que el niño admira. Durante una comida, el chico habla con el pequeño: “Tengo estos brazos tan fuertes porque me encantan las espinacas. ¿A ti no? ¿Y tampoco te gusta la fruta? A mí sí, y gracias a eso puedo hacer mucho deporte sin cansarme”. Carlos es todo oídos... y al día siguiente pide espinacas y fruta. Desde entonces sigue comiendo poco (es un rasgo genético), pero toma alimentos más sanos.

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Enrique, el padre de María, recurre a otra idea para quitar el hábito del chupete a su hija: “Tú ya eres mayor y un pajarito azul me ha dicho que necesita tu chupete para dárselo a su hijito, que es un bebé. ¿Qué te parece si esta noche se lo dejamos en la ventana?”. Curiosamente, la niña acepta la propuesta de muy buen grado.

Héroes, juegos, fantasías... Son muchos los recursos que pueden ayudarnos a conectar con el mundo interior de los niños. Y es importante tenerlos en cuenta, porque gracias a ellos conseguiremos entender mejor a nuestros hijos y lograremos que ellos nos entiendan, lo que nos ahorrará situaciones difíciles a diario y hará que nuestra convivencia sea más tranquila y feliz.

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