En la misma onda

Los cuentos, juegos y abrazos son recursos útiles para conectar con el mundo interior de los niños.

Aún recuerdo lo torpe que me sentí el día en el que intenté explicar a mi hijo de 5 años que debía tratar mejor a su hermano, en lugar de ser tan brusco con él. Cuando intentaba razonar me respondía cosas que no tenían nada que ver, así que después de un rato comprendí que no había escogido la manera adecuada de abordar el problema y puse fin a la “conversación”.

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Al día siguiente cambié de estrategia: hice un cuento con dibujos de dos monitos hermanos en el que el pequeño se hartaba de recibir órdenes del mayor y se marchaba de casa. “¡Qué bruto!”, exclamó mi hijo cuando se lo leí. Me mordí la lengua para no comentar nada; las historias deben hacer su trabajo por sí solas.

Esperé impaciente la evolución de su conducta y en la siguiente ocasión en la que se comportó mal le dije: “No serás tú como el mono del cuento, ¿verdad?”. Me miró sorprendido y se fue corriendo. Pero algo cambió. A partir de entonces suavizó su tono al hablar con su hermano. Y, lo más curioso, cada noche me pedía que le leyera el cuento, como si escucharlo le ayudara a aclarar la diferencia entre el bien y el mal.

Los cuentos tienen el poder de conectar al niño con sus sentimientos (vive las emociones del protagonista como suyas) y le ayudan a ejercitar los dos hemisferios de su cerebro: con el izquierdo aprende palabras y emociones nuevas y con el derecho asimila formas correctas de comportamiento. Y todo en un momento de intimidad con su papá o su mamá. También los juegos, las canciones y los abrazos son recursos para conectar con el mundo interior de los niños y evitar los errores que nos impiden comunicarnos bien con ellos.

no uses conceptos abstractos

Uno de los fallos más habituales al hablar con los hijos es olvidar que hasta los 6 o 7 años los niños no entienden conceptos abstractos que a los adultos nos parecen obvios, como el bien, el mal, la generosidad, etc. Incluso les cuesta asimilar ideas más fáciles, como explica Marta, madre de una niña de 3 años.

“Julia es muy remolona por las mañanas. Siempre le decía que debíamos llegar puntuales al cole y no teníamos tiempo que perder... hasta que me preguntó por qué no compraba más tiempo. Me di cuenta de que no entendía el concepto y decidí intentarlo con un juego: marqué en el reloj de la cocina una línea roja en torno al número 8 para que pudiera ver cómo se iban acercando las agujas al momento de salir de casa. Desde que he dejado de atosigarla no se eterniza y ambas empezamos el día de mejor humor”.

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Muchas situaciones se prestan a utilizar juegos con los que el niño pueda comprender lo que queremos de él. De este modo es más sencillo convertir un momento de tensión en una ocasión para aprender de forma relajada.

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