Buenas notas

Además de encantar a los niños desde pequeños, la música les hace mucho bien: los relaja, les ayuda a expresarse, estimula su capacidad de atención...

Cuando una melodía suena, los niños miran expresivamente, ríen y bailan o mueven sus manos y pies con alborozo.

Este interés innato por la música se debe a que el oído empieza a funcionar activamente a partir del cuarto mes de embarazo y en el contexto intrauterino hay muchos acontecimientos que producen “música”: los latidos del corazón de la madre, su respiración, los movimientos de su digestión... Todos ellos orquestan una sintonía que acompaña al feto, favoreciendo su desarrollo y estableciendo una íntima conexión entre madre e hijo.

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Los especialistas afirman que entre la semana 13 y la 16 comienza a aparecer la masa encefálica. Es un buen momento para que la madre empiece a hablar con su hijo, porque aunque el pequeño aún no entienda sus palabras, sí será capaz de percibir sus sentimientos. También es aconsejable que escuche música, a un volumen moderado, para transmitir al bebé el bienestar que ella experimenta al oírla.

Desde antes de nacer

Existen pruebas evidentes de que en el quinto mes de gestación, el feto ya oye los sonidos externos, hasta el punto de que puede ser estimulado o irritado por ellos: acerca la cabeza al lugar de donde proceden cuando le resultan agradables y la aleja si le molestan. También es capaz de identificar y memorizar sonidos.

Esta gran sensibilidad a los sonidos es el motivo por el que se aconseja al padre que “hable” a la tripa de la embarazada. De este modo, la criatura también se va familiarizando con su voz.

Thomas Verny, un famoso psicoterapeuta norteamericano, demostró que a partir del quinto mes de embarazo el feto reacciona de manera diferente según el tipo de música que percibe. Comprobó cierto grado de agitación motora ante sintonías de Beethoven, Stravinsky o Wagner, y de relajación ante temas de Mozart o Scarlatti.

También resulta ilustrativo el testimonio del director de orquesta Boris Brott: “De joven quedé confundido con la excepcional capacidad que tenía para interpretar ciertas piezas sin haberlas leído antes. Al dirigir una partitura por primera vez, la parte del violonchelo la asumía incluso antes de volver la página de la partitura. Siempre era la parte del violonchelo la que aparecía claramente en mi mente. Comenté este fenómeno con mi madre y el misterio se resolvió enseguida: todas las partituras que yo conocía sin haberlas leído eran las que ella había tocado mientras esperaba mi nacimiento”.

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