No sólo les entra por los ojos

Pero ¿cuál es, exactamente, el mecanismo por el que el cuerpo humano reacciona a los colores? Gracias al trabajo del biofísico alemán Fritz Albert Popp, hoy sabemos que cada célula viva emite una ligerísima radiación que produce diferentes luces llamadas biofotones.

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Puf verde, 133 €, de Vincon.

Según Popp, cuando las células interactúan, se produce un intercambio de luces y colores, y este mecanismo ayuda a mantener el equilibrio biológico en los seres vivos. De hecho, segundos después de nacer, el bebé capta las diferentes tonalidades que le rodean mediante las células receptoras que tiene en la piel. Sí, has leído bien, el bebé no ve los colores, los absorbe. Estas células transmiten rápidamente la información al cerebro, que a su vez manda neurotransmisores en el torrente sanguíneo a los demás órganos.
Dicho así puede sonar algo complicado, y desde luego casi ninguna madre se para a pensar en el posible efecto que tendrá el color de la toquilla con la que arropa a su hijo en la maternidad. Sin embargo, “en mi experiencia, el verde y el azul en tonos pastel son sin duda alguna los mejores colores para utilizar con los bebés durante los primeros meses de vida”, asegura el doctor Fausto Pagnamenta.
Es sabido que el 80% de la información que nos llega mediante los sentidos lo hace a través de la vista, por lo que resulta chocante pensar que los colores tienen otra forma de penetrar en el cuerpo humano, además de por los ojos. Sin embargo, es así, y especialmente en los recién nacidos, ya que en los primeros meses de vida su capacidad para enfocar y distinguir todos los colores es muy limitada. “Una cosa es la habilidad intelectual que el niño va desarrollando con el tiempo para percibir y diferenciar los colores, y otra son las ondas electromagnéticas de la luz que le rodea y que su organismo capta desde el instante en que llega al mundo”, explica el Dr. Pagnamenta.
Dicho de otra manera, un bebé no necesita ver los colores con claridad para que éstos le afecten. Así lo comprobaron los científicos Harry Wohlfarth y Catherine Sam, de la Universidad de Alberta (EE UU), con un experimento. Reclutaron a un grupo de niños –algunos de ellos invidentes– con problemas de hiperactividad y redecoraron el aula donde trabajaban (cambiaron la combinación de azul y amarillo por colores como el blanco, el beige y el marrón, y quitaron los tubos fluorescentes). En poco tiempo todos los niños, incluidos los que no podían ver, mejoraron en sus problemas de conducta.

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