Mamá, ¿qué hay de merienda?

Fruta, lácteos y cereales. Son los tres ingredientes básicos que debe contener esta comida. Con un poco de imaginación podrás crear infinitas combinaciones, todas ricas y, lo más importante, saludables.

Ahora que hace buen tiempo y pasamos muchas tardes fuera de casa en familia (en la piscina, la playa o el parque), podemos caer en la tentación de dar de merendar a nuestro hijo lo primero que tengamos a mano.

Sin embargo, hacerlo sería un gran error, porque la merienda tiene una importante misión: reforzar la dieta del niño en un momento clave del día, para que los niveles de glucosa se mantengan estables en sangre.

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Hay que tener en cuenta que entre la comida y la cena pasan muchas horas de ayuno y el pequeño necesita reponer fuerzas.

¿Cuáles son las claves para conseguir que cumpla esta función y sea saludable?

La primera es la cantidad: la merienda no debe ser muy abundante, para que el pequeño llegue con hambre a la cena, pero tampoco conviene que sea escasa.

Qué debe incluir

El término medio incluye lácteos (leche, yogur, queso fresco...), cereales (pan integral, galletas, cereales del desayuno) y fruta. “Es fundamental dar al niño piezas completas de frutas”, dice Sergio Raboso Millán, enfermero pediátrico del Servicio de Promoción de la Salud de Sanitas.

Una buena táctica para conseguir una merienda sana es combinar la fruta (rica en hidratos de carbono simples y con poca carga calórica) con algún lácteo (que contiene proteínas, grasas e hidratos de carbono), preferiblemente yogur.

¿A qué hora se la vas a dar?

Por otro lado, recuerda que los productos industriales (como la bollería, los batidos, las patatas fritas) se pueden ofrecer como máximo una vez a la semana.

Y que si por cualquier razón das de merendar al niño más cerca de la hora de la cena que de la comida, debes evitar los alimentos que incluyan sustancias excitantes, para impedir que le desvelen.

¿Pan blanco o integral?

El pan blanco procedente de harinas excesivamente refinadas no es el más recomendable para los niños por la cantidad de hidratos de carbono de fácil absorción (rápidos) que contiene.

Sin embargo, el integral, poco refinado, posee una proporción muy alta de hidratos de carbono lentos, lo que hace que sea más recomendable.

Pero hay que hacer una matización en este sentido: “Si el pan integral tiene un porcentaje alto de fibra (no absorbible), ésta atrapa complejos de grasa que al unirse no permiten al intestino absorberla, y a su vez la grasa arrastra vitaminas liposolubles (A, D, E, K) que tampoco se van a absorber; además, la fibra hace trabajar al intestino aumentando el peristaltismo (gases) y modificando el patrón de deposiciones”, advierte el especialista.

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Por tanto, el pan que deben consumir los niños tiene que estar a medio camino (no ser blanco ultra refinado, ni tampoco totalmente integral).

Es importante observar la tabla nutricional del producto: los hidratos de carbono lentos deben representar el 90% y los rápidos, que no superen el 10%.

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