Acierta con los lácteos de tu hijo

Tu hijo necesita leche todos los días para crecer y mantenerse sano. Dásela sola, camuflada con otros alimentos o combinándola con derivados lácteos.

La leche y sus derivados son alimentos básicos en la dieta de tu hijo desde que nace.

Gracias a ellos su organismo consigue el calcio necesario para crecer a buen ritmo y para mantener los huesos y los dientes fuertes.

Hasta tal punto es importante que los especialistas insisten en que un correcto aporte de este mineral durante la infancia y la adolescencia previene, entre otras cosas, la osteoporosis en la edad adulta. Ten en cuenta, además, que el calcio de la leche y sus derivados se asimila mucho mejor que el de otros alimentos como el pescado, las legumbres o el huevo.

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Al principio, sólo leche

La cantidad de calcio que necesita un niño está en función de su edad: aumenta a medida que el pequeño crece. Y la introducción de la leche y de cada derivado lácteo en su dieta también varía según la edad.

Así, el lactante cubre sus necesidades con la leche materna o con la de fórmula, y no se aconseja incluir en su alimentación ningún otro lácteo sin consultar previamente con el pediatra.

La leche de la madre se considera el mejor y más completo alimento que puede recibir el niño.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda ofrecer sólo leche materna hasta los 6 meses. Una de sus características más importantes es que es un alimento vivo que evoluciona desde el parto, ajustándose a las necesidades nutricionales del bebé.

Los primeros días tras dar a luz los pechos de la madre segregan calostro, una sustancia amarillenta baja en grasas y rica en nutrientes y anticuerpos, que protegen al recién nacido de posibles infecciones. Resulta muy fácil de digerir y le ayuda a eliminar el meconio, su primera deposición, que es espesa y de color verde oscuro.

Aunque no vayas a alimentar al bebé con leche materna, sí es recomendable que lo pongas al pecho nada más nacer para que pueda beneficiarse del calostro que segregarás durante aproximadamente cuatro días. A partir de este momento empezarás a producir leche (al principio más líquida, la llamada leche de transición), que poco a poco irá aumentando su contenido en lactosa y grasa.

La composición varía incluso a lo largo de cada toma: más ligera y energética al principio y más grasa y saciante al final.

Por eso es importante que el bebé apure el contenido de cada pecho.

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Si por cualquier circunstancia no vas a darle el pecho a tu hijo o si debes complementar sus tomas, no te preocupes, la leche de fórmula le proporcionará los nutrientes que necesita. Al principio debe tomar la de inicio o Tipo 1.

Se trata de un tipo de leche adaptada a las necesidades del bebé y elaborada de manera que se asemeja lo máximo posible a la leche humana.

Hacia el sexto mes de vida del bebé o cuando tu pediatra lo aconseje, deberás cambiar a la leche de continuación o Tipo 2.

Actualmente la mayoría de los especialistas aconsejan mantenerla en la dieta del niño hasta los 2 años, momento en que se puede introducir la leche de vaca.

Así evitarás que tu bebé sufra problemas digestivos o de intolerancia.

Cuando empiece a tomar la leche de vaca, has de comenzar dándole leche semidesnatada el primer mes y después pasar a la entera. Hasta hace unos años se recomendaba rebajarla con agua, pero hoy ya no se aconseja esta práctica porque pierde muchos nutrientes.

Ten en cuenta que la vitamina D, presente en la grasa de la leche, es imprescindible para asimilar el calcio, y si la leche se rebaja o es desnatada, deja de contenerla en la cantidad necesaria.

Aunque a partir del año el niño ya puede tomar otros lácteos, es importante que beba a diario medio litro de leche (dos vasos grandes).

En caso de que le guste mucho este alimento, procura que no tome más de un litro al día (cuatro vasos grandes), porque el exceso puede dar problemas. Además, la leche es muy saciante y si bebe mucha cantidad, luego no querrá tomar otros alimentos que también son necesarios en su dieta.

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