Los cambios que vivirá el interior del cuerpo de la mujer en el embarazo

Desde el inicio del embarazo, el interior de tu cuerpo se transforma para albergar a tu hijo. Así se forma su primera casa.

mujer embarazada
Getty Images

Durante los nueve meses que dura el embarazo, el interior de tu cuerpo sufre infinidad de cambios fisiológicos con el objetivo es convertirse en el entorno adecuado para que tu hijo crezca y se desarrolle bien.

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Una completa reforma

Las principales responsables de estas alteraciones son las hormonas, arquitectos, aparejadores y albañiles de tu organismo, que trabajan noche y día “construyendo” y “adaptando” todas las estructuras propias de la gestación (útero, placenta, cordón umbilical…). Gracias a su experta labor, tu útero se convierte en un hogar al que no le falta ni el más mínimo detalle. Te invitamos a conocer el refugio de tu futuro bebé, el mejor del mundo, el más sofisticado.

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La estructura de la casa: el útero

La “casa” donde vive el feto durante la gestación tiene una característica maravillosa: es elástica, lo que le permite adaptarse a su crecimiento. Cuando se produce la fecundación, el útero mide alrededor de 7 cm y pesa unos 60 g; al término del embarazo su tamaño es de 33 cm y su peso, de un kilo aproximadamente. Esto significa que, dependiendo del tamaño del feto, aumenta de 500 a 1.000 veces su capacidad. Pero este estiramiento no afina las paredes: la progesterona y el estrógeno se encargan de engrosarlas, fabricando un revestimiento de primera calidad.

Así cambian otros órganos

Para hacerle “hueco” algunos de tus órganos se desplazan (el corazón y el estómago se mueven hacia arriba) y la musculatura y algunos huesos (como los del pubis), se vuelven más flexibles por la acción de la relaxina. Y los cimientos de la casa (el cuello del útero), que antes del embarazo estaban un poco abiertos para permitir la menstruación y la fecundación, sufren una reforma: aparece el tapón mucoso y crea una barrera que impide la entrada de bacterias u otras sustancias del exterior.

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La habitación: la bolsa amniótica

Este versátil “loft”, en el que el pequeño puede comer, dormir y hacer sus necesidades, posee dos virtudes: igual que el útero, adapta su tamaño al del feto y, además, está lleno de un fluido salino muy especial: el líquido amniótico, que ofrece un sinfín de comodidades al feto.

Un entorno protector

Para empezar, permite su libre movimiento y, de esta forma, su desarrollo músculo-esquelético, también le protege de agresiones externas: amortigua los golpes y el ruido (reduce en 20 decibelios los sonidos del exterior). Además, lo mantiene a una temperatura constante, medio grado o un grado por encima de la de su madre. Por si esto fuera poco, los traguitos que de vez en cuando le da el feto ayudan a formar sus pulmones y le aportan hasta un 10% de sus necesidades proteicas diarias.

Este entorno cuenta con una luz tenue que se filtra a través de tu piel (compatible con siestas diurnas), una música muy relajante (tu voz sobre la base de los latidos de tu corazón), y servicio de limpieza diario: el líquido amniótico se renueva cada 24 horas, porque tiene integrada una salida de “aguas menores” que va directa a los riñones de mamá.

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La mejor cocina: la placenta

En el primer mes de embarazo, el feto se alimenta y recibe oxígeno a través de una membrana adosada al embrión llamada saco vitelino. Durante este tiempo, se va formando en el interior del útero una “cocina” mucho más completa, capaz de satisfacer mejor la necesidad de nutrientes de tu hijo: la placenta.

Actividad imparable

Además de condimentar y preparar para el feto los alimentos que ingieres, en ella también se preparan ensaladas de gonadotropina coriónica humana, lactógena y, por supuesto, el estrógeno, hormonas que favorecen el crecimiento fetal y permiten que el embrazo siga adelante.

Y, como todas las cocinas bien hechas, la placenta cuenta con una “salida de humos”, por donde el anhídrido carbónico que expulsa el bebé llega al torrente sanguíneo materno.

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El pasillo central: el cordón umbilical

Para hacer posible que los alimentos y el oxígeno lleguen al bebé que se está formando, la naturaleza ha diseñado un sofisticado tubo helicoidal de unos 50 cm, que va desde la placenta al abdomen del feto. Se trata del cordón umbilical, que está formado por una vena y dos arterias: la primera es la que se encarga de llevar al bebé los nutrientes y el oxígeno, mientras que las arterias transportan las sustancias de deshecho. Estas “tuberías” están envueltas en una fina capa gelatinosa denominada Gelatina de Wharton, que las protege y les da soporte.

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Otros cambios necesarios

Dentro de tu cuerpo hay otros órganos que se adaptan a la nueva situación, para lograr que el embarazo transcurra muy bien.

- Los pulmones. Tienen que conseguir más oxígeno (para ti y para el bebé) y aumentan su capacidad.
- Los intestinos. Trabajan con más lentitud por acción de las hormonas y porque al final del embarazo están comprimidos por el útero.
- El corazón. Se hace más grande y late más rápido, porque ahora tiene que bombear más sangre.
- Los senos. Además de aumentar de tamaño, empiezan a preparar el calostro, que alimentará al bebé nada más nacer.

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