Estamos en tratamiento

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Cuando una pareja da el paso de acudir a un centro de ayuda a la reproducción, ya ha tomado conciencia de que existe un problema médico y va buscando un diagnóstico y un remedio.

“Allí te sientes un poco sola. Para ti es un mundo, pero los doctores van con prisa y no existe el calor humano que necesitas”, cuenta Rocío.“Nosotros íbamos solitos, de la mano y para adelante”, relata Luis con buen humor.

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Llegado este punto, suele plantearse si conviene o no contarlo a las familias y amigos. Y aquí no hay una opción mejor que otra: depende de la capacidad para saberlo llevar y de la cualidad del entorno familiar.

Si se cuenta, lo idóneo es pedir apoyo respetuoso y discreción, para que la pareja tenga siempre el control de la situación. La ventaja es que pueden evitarse comentarios del tipo: “a ver cuándo nos hacéis abuelos” o “se os va a pasar el arroz”, que resultan muy frustrantes y aumentan la presión.

Rocío y Luis decidieron no contárselo a nadie. “Luis era un poco más reacio que yo, y a mí me pareció bien mantenerlo en secreto.Vivirlo solos nos unía mucho; nos ayudaba a estar más fuertes y a relativizarlo todo”, dice Rocío.

“Recuerdo un día que había cena familiar en casa y yo estaba en el cuarto de baño inyectándome las hormonas, mientras Luis los entretenía; teníamos una gran complicidad”, relata.

Y añade: “Durante el tratamiento pasas por cosas poco naturales. Cuando le hacen la prueba a él te sientes un poco incómoda; tienes que irte con el botecito y no hay salas de espera individualizadas. Pasamos ratos de risa y otros de vergüenza, pero siempre juntos”.

A menudo, el tiempo de espera para el tratamiento (en la Seguridad Social puede llegar a dos o tres años), o la carga económica (en los centros privados cada ciclo cuesta unos 6.000 euros), además del tiempo que se dedica al diagnóstico y al proceso (hay que acudir frecuentemente al médico, faltar al trabajo...), son causa también de tensiones y conflictos.

“Pasábamos por caja en cada visita y eso, por mucho que intentáramos evitarlo, añadía presión a la situación –cuenta Rocío–. El machaque físico es tremendo. Y el tema económico puede ser sangrante. Por eso, cuando el intento es fallido, resulta más duro todavía”.

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