... y el bebé no llega

La dificultad para conseguir el embarazo suele generar conflictos en la pareja. ¿Cuál es el mejor modo de afrontarlos?

Rocío y Luis empezaron a salir juntos con 22 años y con 28 decidieron casarse. A los dos les apetecía tener hijos, pero “no inmediatamente”.

Ambos tenían un trabajo estable y un buen sueldo, querían realizarse profesionalmente y deseaban disfrutar de sus aficiones y terminar de asentarse como personas y como pareja.

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No imaginaban que el siguiente capítulo de su vida, ser padres, pudiese resultar tan difícil.

Según la Sociedad Española de Fertilidad (SEF), en España hay 800.000 parejas estériles, entre el 10% y el 17% de las que están en edad reproductiva, y se produce un incremento anual de 16.000 casos. Aun así, lo habitual es dar por hecho que no habrá problemas para concebir.

Con 32 años, Rocío y Luis dejaron de usar medios anticonceptivos, ilusionados y convencidos de que era un buen momento para tener un hijo. Pero pasaban los meses y el embarazo no llegaba.

Cuando esto ocurre, la pareja experimenta sentimientos de extrañeza y temores que apenas se comentan. “No das crédito –dice Luis–. Rocío y yo estábamos acostumbrados a marcarnos objetivos, ponernos a ello y conseguirlos. Nos costó mucho aceptar que algo escapaba a nuestro control.Y hasta que no vencimos esa resistencia, no nos pusimos en marcha para buscar el motivo.”

¿De quién es la culpa?

Cuando consultaron con un ginecólogo había pasado un año. Rocío estaba diagnosticada de “ovarios poliquísticos”, lo que le causaba retrasos habituales en la menstruación, pero nunca le habían dicho que fuera un problema. No obstante, ella y Luis dedujeron que ésta sería la causa, lo que les evitó fantasear con otros motivos.

Si el embarazo tarda en llegar, surgen en la pareja una serie de emociones relacionadas con la valoración que cada uno hace respecto a su capacidad para procrear.Es habitual que enfrenten por separado la situación y se tiende a buscar un “culpable”. Y aparece el autorreproche, que puede llevar a emociones depresivas, o resentimiento hacia el otro, cuando la “culpa” se deposita en él.

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“Me planteaba si la culpa sería mía –cuentan en la consulta tanto hombres como mujeres– y le daba vueltas al tema sin hablarlo con mi pareja ni con nadie.” O bien:“Temía que me valorara menos.Y cuando al fin se lo dije, me confesó que a ella le había ocurrido lo mismo”.

Y es que aún existe la creencia errónea de que la capacidad fecundante del hombre equivale a su potencia sexual, y que la mujer infértil no es una “mujer completa”.

Rocío confiesa que se sentía responsable y algo enfadada: “Si hubiera consultado antes”; “si los médicos me hubieran dicho algo…”. El ginecólogo le puso un tratamiento de hormona progesterona durante seis meses para favorecer el embarazo.“Al cabo de ese tiempo vuelves, pero seguro que vendrás antes embarazada”, le diagnosticó.

Cuenta Rocío que durante esa espera no hablaban del tema entre ellos “para quitarle importancia. A fin de cuentas, aún no era un problema, sólo estábamos dando los pasos previos...Pero Luis lo vivía con más tranquilidad que yo”.

A los seis meses, al volver a la consulta del ginecólogo, estaban más preocupados. “Teníamos ya 33 años largos y el tiempo empezaba a apremiar; eso aumentaba nuestro nivel de estrés”, comenta Rocío.

El médico le explicó que sus óvulos se quedaban enquistados en los ovarios y no se liberaban.“ Cuando nos dijo que teníamos que ir a un centro de fertilidad, a los dos se nos vino el mundo encima.”

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