¿Bebé siempre con mocos? Las claves para aliviarlo

Son un importante mecanismo de defensa del organismo, pero resultan tan molestos para el bebé... Así puedes aliviarle.

Remedios para quitar los mocos al bebé
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Un trastorno incómodo para el bebé... y los padres

Pongamos un ejemplo por todos conocido: el bebé tiene mocos y es tan pequeño que no sabe sonarse ni cómo aliviar esta situación. Con la nariz tapada no puede succionar ni el pecho ni el biberón, y si ya come con cuchara, tampoco puede barrer con el labio de arriba y tragar.

Al no poder comer ni respirar bien, está incómodo, irritable, con hambre y además, no puede retener su chupete para calmar la ansiedad. Y a esto hay que añadir que tampoco puede dormir, ya que al estar acostado la congestión se agrava.

Conclusión: niño nervioso, caos en casa y padres sin descansar.

¿Qué hacer ante esta situación? Lo mejor: conocer a qué se debe, hablar con el pediatra y poner en práctica los consejos que te damos.

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El binomio catarro-mocos

Ahora veamos unas cifras. Aunque hay numerosas razones, la causa más habitual de que el niño tenga mocos es un catarro común (una infección vírica que se manifiesta con inflamación de las vías respiratorias, aumento de la mucosidad, tos y, en los más pequeños, fiebre).

Hay más de 200 tipos de virus causantes de resfriados y a pesar de que pueden aparecer en cualquier momento del año, primavera y verano incluidos, la época fuerte suele ser de octubre a abril. La media de catarros en esos meses es de 6, más o menos uno al mes (es normal que un niño coja entre 8 y 10 al año durante sus 2 o 3 primeros años, sobre todo si va a guardería o tiene hermanos que van al cole, ya que su sistema inmunológico es aún inmaduro).

El resfriado suele curarse por sí solo en una semana, pero la rinorrea leve, ya sin congestión, puede durar de dos a tres semanas. Si echas cuentas: un catarro al mes, más dos semanas de rinorrea, por siete meses de estación catarral... son muchos mocos.

Esto en situación de normalidad. Porque también puede complicarse el resfriado o favorecer la presencia de otras infecciones secundarias (como una neumonía, una otitis o una sinusitis) o puede aparecer una rinitis alérgica estacional (es poco habitual en menores de 3 años, pero a partir de esta edad la posibilidad aumenta) o una rinitis vasomotriz, no muy frecuente, pero que se manifiesta con una hiperreactividad de la mucosa nasal.

En definitiva, no es que tu hijo sea un caso especial, es que el binomio niño-mocos es normal en la primera infancia.

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La importante función de los mocos

Nuestra nariz está diseñada para aspirar el aire, filtrarlo, humedecerlo, calentarlo y dirigirlo hacia la faringe. De ahí irá a la laringe, tráquea y después a bronquios y bronquiolos. En todo este trayecto hay células secretoras de moco y células ciliadas que ayudan en el transporte del moco.

Si con el aire que inspiramos entra cualquier partícula extraña, ésta queda atrapada en el moco, y los cilios, prolongaciones móviles de las células, lo mueven hacia la faringe para que pueda ser tragado o expulsado mediante la tos o el estornudo.

Por tanto, una de las principales funciones de los mocos es servir de barrera de defensa, atrapando y destruyendo bacterias (gracias a una sustancia llamada lisocima) y neutralizando agentes externos como pólenes, polvo, escamas, etc.

Pero además, también tienen la misión de hidratar la mucosa nasal. Cuando inspiramos, se evapora agua que se repone en parte con la condensación que se produce al espirar y con el agua que contiene el moco. Si la mucosa está seca, el gusto de los alimentos se altera y, además, pueden producirse heridas en el interior de la nariz.

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Por qué aparece la congestión

El moco está formado en un 95% por agua, un 3% son proteínas y aminoácidos y un 2% minerales, entre ellos sodio, cloro, calcio e inmunoglobulinas (las IgG).

Ante la presencia de microorganismos, las mucosas se inflaman y siempre que hay un proceso inflamatorio se eleva la cantidad de proteínas; cuando ésta proporción varía, la viscosidad del moco aumenta y el transporte hacia la garganta se dificulta, ya que al faltar agua, los cilios de arrastre funcionan peor.

Aquí tienes la razón de la congestión nasal. Además, un dato curioso: como por la noche deglutimos menos, estamos diseñados para que la cantidad de proteínas del moco sea cuatro veces superior a la del día; si a esto añadimos la inflamación del momento, entenderás que estar tumbado sin poder respirar sea molestísimo para tu bebé. Por necesidad absoluta, querrá dormir erguido en tus brazos, única postura en la que nota algo de alivio.

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Cómo tratar el problema

Entendemos que la misión del moco en el organismo es importante, pero molestos... ¡son molestísimos! Así que el objetivo de los papás es aliviar esta penuria y los consejos médicos van encaminados a reducir los síntomas.

- No te vuelvas loca en la farmacia. No hay ningún medicamento específico contra catarros y congestiones.
- Las gotas nasales con efecto vasoconstrictor no son aptas para niños, por la posibilidad de efecto rebote que tienen.
- El paracetamol y el ibuprofeno son adecuados para bajar la fiebre y/o reducir la inflamación, pero no para luchar contra los virus catarrales. Los antibióticos tampoco, salvo que haya una infección añadida y el pediatra los recete.
- Por otro lado, cuanto más pequeño es el niño, más fácil resulta que un episodio de mocos termine en conjuntivitis, ya que se llevan las manos a la nariz y de ésta a los ojos. Lávaselos con suero fisiológico y si aparecen legañas o se le pegan los ojos al despertar, llévale al pediatra.

Por buscar algo positivo: afirman los expertos que los niños que han tenido muchos mocos en sus primeros años llegan a la escuela más sanos y faltan menos que otros amigos menos “mocosos”.

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