El origen del estrés en los bebés

Ansiedad de los padres, exceso de estímulos, carencia de rutinas... estas son algunas causas del estrés en los bebés. Conócelas a fondo.

Dejando a un lado el estrés que ocasionan las enfermedades, las causas más habituales de este mal en bebés son:

  • La ansiedad de los padres. Los pequeños son hipersensibles al estado emocional de sus progenitores, parecen tener un radar especial para captar cómo se sienten y contagiarse rápidamente de su condición anímica.
  • El exceso de estímulos. Luces intensas, ruidos, demasiados cambios de actividad, movimientos bruscos, juegos excesivamente largos... Pueden hacer que los pequeños se desconcierten y se pongan nerviosos.
  • Sentirse poco atendidos. Numerosos estudios realizados con niños criados en orfanatos y en países en guerra confirman que los pequeños a los que no se les da de comer cuando tienen hambre, no se les cambia el pañal mojado, se les deja llorar hasta que caen rendidos y no obtienen respuestas a sus balbuceos, son más propensos a sufrir problemas de estrés, inseguridades y miedos que los niños a los que sus padres les dedican todo tipo de cuidados con mimo y atención.
  • La carencia de rutinas. Los bebés necesitan seguir un horario regular de comidas, sueño, baño y paseo. Así pueden anticiparse a lo que va a ocurrir y esto les proporciona una agradable sensación de seguridad.
  • Falta de sueño. Si no descansan bastante no reponen fuerzas y el cansancio acaba haciendo mella en ellos, primero en forma de nerviosismo y luego, de estrés.
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    Medidas inmediatas para combatir el estrés del bebé

    Observa las reacciones de tu bebé y si a menudo le notas estresado, en vez de sentirte culpable y agobiarte (se contagiaría de tu malestar), intenta relajarte y céntrate en ayudarle a descargar la tensión que tiene acumulada.

    Asegúrate de que no está mojado, de que no tiene frío ni calor, ni hambre ni sueño, de que no hay pliegues en su ropa que le estén haciendo daño...

    Una vez hecho todo esto, regálale un prolongado y fuerte abrazo. Esta muestra de afecto es la que más reconforta al ser humano en cualquier época de su vida, no sólo durante la infancia. Acto seguido, embárcate con él en alguna actividad que le resulte agradable: cántale una canción mientras él te acaricia los labios, échale una carrera a gatas, hojead juntos un cuento...

    Si es un poco más mayorcito, puedes proponerle que participe en alguna tarea doméstica que le haga sentirse importante, como darte las pinzas de la ropa mientras tú tiendes o llevar las servilletas y el pan a la mesa. De lo que se trata es de desviar su atención hacia algo que le resulte interesante, porque esto le ayuda a calmarse.

    Para que se tranquilice, también debes evitar el exceso de ruidos en casa. Dirígete a tu hijo en un tono de voz suave, quita la tele si no la estás viendo, cierra la puerta de la cocina cuando la lavadora centrifugue... Y no seas brusca con él: no pases de jugar a darle la comida sin hacer una transición, no le cojas en brazos de forma repentina ni le pases de un cuarto en penumbra a otro muy luminoso rápidamente... Trátale con mucho cariño, haciéndole ver a cada momento cuánto le quieres. Las muestras de afecto de los padres actúan como un bálsamo sobre el sistema nervioso de sus pequeños.

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    Consulta tu reloj y si ha llegado el momento de dar de comer o de acostar a tu hijo, no te demores. Atender sus necesidades vitales más básicas, siguiendo un horario fijo, le hará sentirse seguro en un mundo que aún no conoce bien, y esta sensación le ayudará a superar antes y mejor las situaciones que le resultan estresantes.

    Si a pesar de tus esfuerzos no consigues evitar que tu hijo siga llorando a gritos o lanzando sus juguetes por el aire, no le reprimas. Quédate con él, para asegurarte de que no se hace daño y para que él sienta que te importa lo que le ocurre, pero deja que se desahogue. A veces, cuando el grado de nerviosismo es muy elevado, la solución para poder llegar a la calma es desfogarse.

    Algunas madres aseguran que cuando sus hijos están de los nervios, les da buen resultado sacarles del escenario donde están y practicar con ellos estas técnicas: darles un baño con agua tibia; tumbarlos en la cama grande y acariciarles la espalda o la cabecita presionándosela ligeramente con las yemas de los dedos; dejarlos sólo con el pañal, tumbarlos en el sofá del salón y practicarles un suave masaje por todo el cuerpo... Centrarse en estas actividades rebaja el nivel de tensión del bebé (y de la madre) de manera casi inmediata.

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