Mamá y bebé, más felices sin estrés

Crear un entorno tranquilo, proporcionarle rutinas, responder pronto a sus demandas y demostrarle cuánto le quieres evitará que tu bebé padezca estrés.

El estrés es la respuesta del organismo ante una situación que considera amenazante. Bajo este estado, el cerebro libera más cantidad de cortisol y catecolaminas, hormonas que actúan como una luz piloto que nos alerta ante un peligro y nos avisa también si estamos desbordados y debemos bajar el ritmo.

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Sin embargo, cuando se segregan en exceso de forma continuada, estas hormonas pueden llegar a producir desagradables alteraciones físicas (taquicardia, insomnio, inapetencia o necesidad de comer mucho...) y psíquicas (angustia, reacciones agresivas, dificultades de relación, baja autoestima...).

Síntomas evidentes del estrés del bebé

Con la vida que llevamos, prácticamente todos tenemos estrés. En lo que quizá no habíamos reparado es en que los bebés también pueden verse afectados por este mal. De hecho, según los últimos datos, entre un 9% y un 21% de los niños menores de 2 años lo padecen. Por eso adoptan comportamientos y reacciones que desconciertan a sus padres y dificultan el entendimiento con ellos:

  • Se muestran muy irritables y poco receptivos (carecen de empatía para entenderse con los demás).
  • Lloran mucho y descansan poco (no duermen bien).
  • Comen poco o con auténtica voracidad.
  • Se sobresaltan por cualquier cosa y son hipersensibles a los cambios.

    Según investigaciones realizadas por el doctor Francisco Manuel Tobal, una época prolongada de estrés puede acabar afectando a la memoria y al sistema inmunológico de los pequeños, lo que significa que tanto su capacidad de aprendizaje como su resistencia a las enfermedades se verían mermadas.

    Por su parte, la psiquiatra infantil María Jesús Mardomingo ha observado que los niños y las niñas manifiestan su estrés de diferentes maneras: mientras que ellas se muestran ansiosas o tristes, ellos adoptan comportamientos agresivos y hostiles con los demás. Curiosamente, estas formas de reaccionar tan dispares van a mantenerse a lo largo de toda la vida.

    No atender al bebé cuando llora, lo peor

    La amígdala es un conjunto de núcleos de neuronas que se encuentran en los lóbulos temporales del cerebro. Una de sus funciones básicas es regular la conducta del miedo. Cuando un bebé se siente solo, indefenso y asustado, la amígdala envía al cerebro el mensaje de que hay que protegerse, es decir, pelear o salir huyendo. Pero un bebé que está en su cuna, por ejemplo, no puede huir (y mucho menos pelear) y entonces llora para que sean sus padres quienes le consuelen y le protejan.

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    Si un niño no es atendido y pasa llorando una hora seguida o más, y este hecho se repite día tras día, la amígdala se cierra y el bebé interpreta que sus necesidades no son dignas de atención.

    Esta lección, además de sentar las bases de una baja autoestima, hace que el pequeño acumule tensión constantemente, algo que le producirá un nivel de estrés tan elevado que comprometerá su desarrollo.

    Para que esto no ocurra conviene atender a los bebés de inmediato cuando lloran.Y no hay que preocuparse: hasta el año no existe el riesgo de malcriarlos.

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