¿Cuándo hay que ir a urgencias?

Cuando la fiebre empieza a subir y la situación se complica, es necesario llevar al niño a urgencias.

Hay que ir si el niño es menor de tres meses; si su temperatura supera los 39,5 ºC de forma persistente; si lleva más de tres días con fiebre y su pediatra no encuentra la causa que la origina; si el niño padece una enfermedad crónica importante o si presenta además alguno de estos síntomas de urgencia:

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  • Presenta una postración y decaimiento importantes. Pero, ojo, no pierdas la calma, muchos niños con 39 ºC pueden estar somnolientos y abatidos. El estado de postración es valorable si se mantiene a pesar de haberle dado un antitérmico y de que la temperatura haya bajado a menos de 38 ºC.
  • Aparecen petequias en la cara y en el tórax. Las petequias son puntitos de color rojo que no desaparecen al presionarlos o al estirar la piel que los rodea. Estas manchitas pueden acompañar a enfermedades muy graves (especialmente si aparecen con un estado de gran abatimiento), por eso deben ser valoradas en un centro hospitalario. Pero ten en cuenta que también surgen tras accesos continuos de tos o después de vómitos importantes (éstas, sólo en la cara y en el cuello).
  • Hay rigidez en la nuca. En los menores de dos años es difícil que tú puedas comprobar si existe. No obstante, tumbado boca arriba, súbele la cabeza desde la base del cuello, para que con el mentón toque el pecho. Si al hacerlo levanta una o ambas rodillas, debe verlo un médico. Si el niño es mayor de dos años, pídele que se siente en la cama y que sujete una servilleta entre el mentón (con la boca cerrada) y el pecho. Si no lo consigue, no te alarmes, la propia fiebre puede impedirlo y si está atravesando un proceso gripal con dolor en las articulaciones, también. Dale el antitérmico, espera media hora a que se absorba e inténtalo de nuevo. Si no puede, ve a urgencias.
  • Tiene convulsiones con fiebre. La convulsión es un proceso muy impactante para los padres. Requieren examen médico, pero hay que esperar a que pasen antes de trasladar al niño. La gran mayoría de las convulsiones por fiebre son banales y se van espaciando en el tiempo hasta desaparecer.
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    ¿Qué es y cómo se actúa ante una convulsión febril?

    Las convulsiones por fiebre son una serie de sacudidas y/o rigidez muscular provocadas por un aumento de la excitabilidad de las neuronas. Pueden afectar a las extremidades o a parte de ellas y suelen acompañarse de pérdida del conocimiento. Son más comunes entre los seis meses y los seis años, siendo las más frecuentes antes de los dos años. Fuera de esas edades merecen un estudio especial. Aunque puede haber convulsiones en enfermedades como la epilepsia o en trastornos metabólicos, lo habitual es que aparezcan por una subida rápida de temperatura (no tienen por qué coincidir con fiebre alta), o también por una bajada brusca.

    Aunque no sea fácil, durante las crisis hay que mantener la calma. No hay que sujetar al niño, salvo que se vaya a golpear con algo, ni meterle nada entre los dientes. Es importante observarle y mirar el reloj para saber la duración. Este dato es vital para el médico y no basta con decir “mucho tiempo”. Cuando hayan pasado, hay que llevar el niño a urgencias y tras su estudio os dirán cómo actuar en futuros casos de fiebre.

    Cuando tiene fiebre no come nada. ¿Qué hacemos?

    Es lógico, pero no le obliguéis a comer o vomitará. Lo más importante es que beba agua, zumos, leche..., para reponer los líquidos perdidos. Cuando baje la fiebre, ofrécele una dieta suave de algo que le apetezca para que no tenga el estómago vacío, ya que el ayuno prolongado puede subirle la acetona.

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