Así comienzan a respirar los bebés

Después de dejar el cuerpo de su madre, el bebé empieza a respirar por sí mismo, un logro que puede conseguir llorando... o no.

Durante el embarazo, el futuro bebé recibe el oxígeno que necesita a través del cordón umbilical, pero desde la semana 18 o 19 de gestación empieza a mover los pulmones. Estos movimientos, evidentemente, no le sirven para respirar, pero sí para ejercitar los pulmones y que una vez fuera del útero materno, puedan desempeñar su función sin problemas.

También sabemos que desde el quinto o sexto mes del embarazo, los pulmones del feto segregan una sustancia, llamada líquido pulmonar fetal (LPF), cuya función es mantener la permeabilidad de las vías aéreas, impidiendo su obstrucción. Este líquido se mueve por los conductos respiratorios como lo hará el aire una vez que el pequeño nazca.

Qué ocurre durante el parto

Poco antes del nacimiento, la producción de este líquido proteico disminuye y durante el descenso por el canal vaginal, el pequeño expulsa parte del mismo por la nariz y por la boca y el resto es reabsorbido por los pulmones.

En el momento de abandonar el organismo materno, el niño se ve sometido a una recepción masiva de estímulos (luces, ruidos, maniobras del ginecólogo, cambio de temperatura...), que provocan una serie de respuestas físicas, químicas y hormonales en su organismo. Éstas, a su vez, facilitan el inicio de sus movimientos respiratorios.

¿Y si no llora?

Aunque la mayoría de los neonatos lloran al nacer, no resulta imprescindible que lo hagan. Es más, cuando el parto se complica y el pequeño tiene la boca y la nariz llenas de secreciones, conviene que no lo haga, para evitar que estos desechos pasen a los pulmones.

En estos casos, después de aspirarle las vías respiratorias, se le da una palmadita en los pies o un masaje en la espalda para favorecer el comienzo de su respiración autónoma. La táctica de poner al neonato boca abajo y darle un azotito en el culo está casi en desuso, porque en esta postura aumenta la presión sanguínea de la cabeza.

También conviene ayudar a respirar a los bebés que han nacido por cesárea o en el agua (tocándoles los pies o acariciándoles la espalda). Y es que estos pequeños llegan al mundo de una manera más relajada que los que lo hacen descendiendo por el canal vaginal a base de contracciones y su sistema respiratorio está menos estimulado.

En cualquier caso, si das a luz y no oyes llorar a tu hijo, no te agobies, porque esto no denota que se esté asfixiando. Él sigue respirando a través del cordón umbilical, que le aporta oxígeno mientras continúa latiendo, antes de que sus pulmones comiencen a funcionar. Una prueba mucho más fiable de que está bien es su color de piel: si se va poniendo cada vez más sonrosadito, el oxígeno está llegando a sus tejidos.

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