Necesidades del recién nacido

Desde el momento en que nace, tu hijo depende de ti. Y tú, que le quieres más que nadie y sigues tu instinto de madre, eres quien mejor puede darle todo lo que necesita.

Calor. Como aún no mantiene su temperatura corporal, es esencial que esté en una habitación caldeada o pegadito a tu cuerpo. Es bueno ponerle un gorro en la cabeza, una zona por la que pierde calor fácilmente.

Contacto físico. En el útero, la piel del bebé era masajeada constantemente por las paredes de éste y por el líquido amniótico. Al perder este contacto se siente desprotegido, por ello necesita estar en tus brazos o en los de papá. Los estudios lo confirman: los bebés que pasan mucho tiempo cerca de sus madres lloran menos que los que están con mucha frecuencia solos en su cuna. También es buena idea que lleves al peque en un marsupio o pongas el moisés donde tú estés.

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Movimientos rítmicos. Le relajan porque le recuerdan a su vida anterior. Las madres, de forma intuitiva, suelen mecer a sus bebés entre 60 y 70 veces por minuto. Y no es el ritmo con el que caminamos (100 pasos por minuto), sino el ritmo con el que late el corazón. Esto indica que lo que le calma es la combinación de los movimientos con otra sensación que asocia a su vida intrauterina...

... el latido de tu corazón. Este sonido está fuertemente arraigado en su memoria. La mayoría de las mamás (incluso las que son zurdas) suelen, otra vez intuitivamente, coger al bebé en su brazo izquierdo, de modo que su carita queda cerca de su corazón. Así el niño se siente bien, porque oye los latidos como antes, en el útero. Hay otro motivo por el que tienen esta tendencia: los bebés suelen tener preferencia por girar su cabecita hacia el lado derecho más que hacia el izquierdo; con la cabeza hacia este lado el peque está más cómodo en el recodo del brazo izquierdo y de esta manera podéis miraros a la cara.

Tu voz y la de su papá. Tu hijo recién nacido ya conoce tu voz y la distingue de otras. También reconoce la de su papá. Cuando le hablas se siente reconfortado y el mundo vuelve a tener sentido para él. ¡He aquí, entre todos los ruidos nuevos, uno que le suena familiar!

Sintonía contigo. Tenéis comunicación. Percibes sus señales y se lo transmites. Por ejemplo, estás observándole dormido en su cuna y de pronto él abre los ojitos y te mira. Respondiendo a su mirada tú le hablas dulcemente y le coges en tus brazos. Y entonces él se acurruca en tu pecho, relajado y feliz. Esta sintonía entre vosotros le hace sentirse más seguro.

Una respuesta pronta a su llanto. Llorar es el principal recurso con el que cuenta el recién nacido para expresar sus necesidades, y cuando respondes sin demora siente el mundo como un lugar tranquilizador. Hasta los 9 meses el cerebro de tu bebé no es capaz de entender la relación entre su conducta (llorar) y tu respuesta (atenderle), así que ignorando su llanto tu hijo no aprenderá nada. Sin embargo, según los estudios de Bell y Ainsworth, una rápida respuesta hace que con el tiempo el llanto disminuya. Y si te agobia no saber por qué llora, no te preocupes: está comprobado que a las tres semanas las madres distinguen entre el llanto por hambre, por sueño o por incomodidad. Y a los dos meses ya discriminan el llanto por dolor, frustración, tristeza o aburrimiento.

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Alimentación cuando tiene hambre. El bebé recién nacido no tiene un ritmo fijo. En el útero estaba acostumbrado a ser alimentado continuamente, así que la sensación de hambre es nueva (y desagradable) para él. Hay muchas señales que te indicarán que tu bebé quiere comer: se muestra intranquilo, se mueve de un lado a otro con la boca abierta en busca del pezón o la tetina, hace movimientos con la boca, relamiéndose los labios, se chupa los puños... Dale la toma cuando observes estas señales, sin esperar a que llore, así comerá más relajado. Y quédate tranquila: con el paso de las semanas tu hijo establecerá por sí solo un ritmo más regular.

Protección ante la sobreestimulación. Para el bebé que acaba de llegar al mundo todas las sensaciones que vive son nuevas: las luces, los sonidos, las caricias, los cambios de temperatura y, muy pronto, el día a día con su baño, las visitas, las tomas… Esa avalancha de impresiones desconocidas hasta ahora puede abrumarle; mantén el ambiente sereno y tranquilo. El mejor entorno para él es el que se asemeje al que vivió dentro del útero: un suave balanceo, ruidos amortiguados, el tic-tac del corazón (o algún reloj), tu voz, tu cuerpo, tu olor... También le gustan los sonidos de casa que ya oía en el útero: el zumbido de la lavadora, el ladrido del perro, las voces de sus hermanos, etc. Las voces estridentes y las luces fuertes, incluso el flash de la cámara, le hacen llorar.

Son días para conoceros

Ahora todo es nuevo para él y también para ti. Son días para mirarle, tocarle, olerle, besarle, ir conociéndole y maravillarte cada día con este ser diminuto tan perfecto. Antes era una parte de ti, ahora es una personita con la que te sientes muy unida. Aún hay un cordón umbilical que os conecta a nivel emocional. De momento el mundo exterior te queda lejos, vives dentro de un capullo, toda tu atención se centra en él o en ella. Y es bueno que sea así.

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