¿Por qué te gusta tanto?

Sus manitas diminutas, su nariz respingona, su piel aterciopelada... Podrías pasarte horas y horas mirando a tu bebé: su delicado aspecto lo hace tan irresistible que consigue sacar lo mejor de ti.

Los recién nacidos están dotados de unas características físicas muy especiales que despiertan en los adultos el instinto de protección.

Sus ojos grandes y brillantes, su frente prominente, su carita redonda, su cabeza enorme en proporción con el resto del cuerpo, así como la suavidad de su piel, su dulce olor y su débil voz, estimulan en el adulto el centro de gratificación del cerebro, haciendo que libere dopamina, una sustancia que despierta sensaciones de felicidad y serenidad.

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Es algo instintivo

Los sentimientos agradables que el bebé provoca hacen especial mella en su madre. Ella y el pequeño están genéticamente programados para sentirse bien el uno con el otro.

Este “circuito de gratificación” se encuentra muy unido a la lactancia: la naturaleza otorga a la madre una actitud protectora hacia el bebé, que la impulsa a cuidarlo y a alimentarlo.

Esta programación genética, denominada “apego”, aparece en todas las especies en las que las crías nacen indefensas. Si estos sentimientos instintivos no existieran, muchos cachorros serían abandonados antes de que pudieran salir adelante y numerosas especies acabarían resintiéndose.

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