Por fin puedo tocarla

POR FIN PUEDO TOCARLA

Yo no lo dudé ni un minuto. Mi hija iba a pasar una temporada ingresada en la UCI, metida en una incubadora y yo no podía ni siquiera tocarla.

Lo único que yo podía hacer por ella era sacarme la leche, aunque fuera mediante una máquina, y de esta forma ayudarla en cierta medida a su recuperación.

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Así que solicité la ayuda para que me subiera la leche lo antes posible.

El ritual del sacaleches era un tanto incómodo, ya que cada 3 horas debía estimularme, tanto de día como de noche.

Pero lo hacía de buen gusto, ya que esa iba a ser mi manera de ayudarla. Cuando por fin empecé a sacar los primeros calostros lloré de alegría.

Aquella máquina y aquellos botes de almacenar leche eran mi vínculo con mi hija, algo que solo yo podía hacer por ella.

Al segundo día de estar las dos ingresadas, cuando llegó mi marido, me llevaron a ver a mi bebé.

Al entrar en la UCI una enfermera me dijo: “¿Quieres tocarla? Deberás ponerte guantes y desinfectante, pero si quieres puedo dejar que la toques un poco”. ¿Cómo me iba a negar? Era lo que más ansiaba en este mundo.

Me puse los guantes, froté después las manos con líquido desinfectante y la enfermera me abrió una pequeña ventanita redonda por la cual introduje el brazo.

Pese a llevar guantes, noté el roce con su piel, era tan suave… Todavía hoy lo recuerdo y me pongo a llorar. Fue una sensación maravillosa.

Poco después, toda la familia y mis amigos fueron llegando a vernos. Ellos solo podían ver a mi hija a través de la ventana de la UCI cuando levantaban la persiana.

Por la noche mi marido se quedaba conmigo hasta última hora. Pero a las 9 o 10 de la noche debía marcharse. No había cama para él en la habitación y yo no quería que pasara toda la noche en una incómoda butaca.

Las noches fueron lo más duro de mi estancia en el hospital. Cuando me quedaba sola, mi cabeza no paraba de dar vueltas.

Por ese motivo, aunque en teoría yo debía permanecer 4 días ingresada, al tercero pedí el alta voluntaria.

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En casa estaría siempre al lado de mi marido para apoyarnos mutuamente.

Llegar a casa con los brazos vacíos fue una experiencia que no deseo a ninguna madre. Al entrar, como por instinto, fui directa a la habitación de mi hija.

Vi la cuna vacía y sentí como si me hubieran arrancado algo en mi interior. En cierta manera, así había sido.

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