8 capacidades que ganas con la maternidad

Cuando te conviertes en madre, son muchas las cosas que cambian en tu forma de ser y de enfrentarte a la vida. ¿Quieres saber cuáles son las más evidentes?

 

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Sabes valorar cada momento

Cada día (y cada hora, y cada minuto) con el bebé supone nuevas aventuras y aprendizajes. Para él, y también para ti. Gracias a tu hijo descubres la importancia de valorar los pequeños momentos, de saborear cada instante y de aprovechar cada segundo a su lado, consciente de que será único e irrepetible.

Y si antes de que naciese estabas acostumbrada a la rutina y a las prisas (trabajo, obligaciones externas, tu casa…) ahora basta una caricia o una mirada de tu bebé para que se detenga el tiempo y te olvides del resto del mundo. Estos simples detalles te hacen sonreír, ser feliz, dejar el estrés a un lado y disfrutar de las pequeñas cosas.

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Eres más valiente

Eres capaz de ponerte al mundo por montera cuando aparece algo que pueda afectar a tu bebé. No lo decimos nosotros, lo dice la ciencia: hace tiempo, un estudio de la Universidad de Bonn (Alemania) demostró que el aumento de la producción de prolactina en la madre reciente (en las que dan el pecho crece hasta ocho veces) provoca que sean más valientes.

Sucede algo similar en muchos mamíferos: las madres son capaces de enfrentarse a animales más fuertes que ellas para proteger a sus cachorros o conseguir algo de comida para ellos.

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Cada vez eres más eficaz

Desde el momento en el que tu pequeño llegó al mundo todo empezó a girar en torno a él: su desarrollo, educación y supervivencia dependen de ti.

Antes, durante el embarazo, te preguntabas si serías capaz de organizarte cuando naciera tu hijo, de atender bien todas sus necesidades sin olvidar las tuyas... Y durante las primeras semanas después de su nacimiento, lo llegaste a dudar muy seriamente: ¡no tenías tiempo para nada más que atenderle!

Pero los días han ido pasando y tú has ido conociendo mejor a tu hijo y descubriendo nuevas formas de hacer las cosas. ¿El resultado? Ahora eres capaz de mucho más lo que nunca hubieras imaginado.

Como si la maternidad te hubiera conferido “superpoderes”, estás aprendiendo a organizar mejor tu tiempo y tu ritmo de vida, a cambiar de planes más fácilmente y también a realizar más de una tarea al mismo tiempo: eres capaz de cocinar o de arreglarte sin dejar de prestarle atención, de encontrar un ratito para descansar mientras él duerme, de realizar la compra aprovechando el paseo diario, de organizar tu trabajo para tener tiempo de bañarle con calma...

Y en esto también influye tu cambio de prioridades, que te lleva a dejar de lado cosas que antes te parecían esenciales para dedicarte a las que más te preocupan ahora: tu hijo, tus necesidades, tu pareja...

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Haces más caso a tu intuición

Con la llegada del recién nacido a casa te invadieron las dudas y el miedo. Lógico. Pero con el paso de las semanas has comprobado que tienes un "sexto sentido" que te permite saber mejor que nadie qué le pasa a tu bebé, si llora porque tiene hambre o porque tiene sueño o si se encuentra mal.

La clave está en que la maternidad intensifica las habilidades para todo lo relacionado con el lenguaje no verbal, lo que te permite entender mejor a tu hijo.

Y no solo eso: además has descubierto que hacer caso a tus impresiones suele funcionar a la hora de cuidar a tu hijo. Es decir, estás aprendiendo a fiarte más de tu intuición. Y probablemente extiendas esa experiencia a otros aspectos de tu vida, lo que te facilitará las cosas en el trabajo, en tu vida social...

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Tienes más empatía

Con la llegada de tu bebé has descubierto que eres capaz de quererle sin condiciones y también de ponerte en su lugar para saber qué le ocurre.

Esto te facilita las cosas a la hora de empatizar con otras personas, de ponerte en su lugar antes de juzgar sus acciones y de ver que las cosas no son siempre blancas o negras.

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Has liberado a la niña que llevas dentro

Cada momento que compartes con el pequeño, cada vez que le haces reír poniéndole caras raras, haciéndole cosquillas y jugando al escondite, o cada vez que le cantas aquella nana que te cantaban de pequeña, libera a la niña que llevas dentro.

Tu hijo hace que salga a relucir tu lado más divertido y creativo. Y además, saca lo mejor de ti misma y te anima a hacer por él cosas que nunca antes habrías imaginado.

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Ves las cosas de otro modo

El día a día con un niño está lleno de contratiempos o de cambios: se pone malo justo cuando vais a salir de vacaciones, no te deja dormir la noche anterior a una reunión importante en el trabajo…

Quizá tu primera reacción sea enfadarte o sentirte frustada. Pero en cuanto miras al pequeño y le acaricias estas malas sensaciones se esfuman: de pronto sabes que habrá más días para viajar en familia y que puedes rendir perfectamente en el trabajo aunque hayas pasado una mala noche.

Así, poco a poco, vas descubriendo tu faceta más tolerante, paciente y calmada ante los cambios de planes inesperados o la imposibilidad de tener todo bajo control.

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Has aprendido a delegar

Cuando eres madre tu máxima prioridad es el bienestar y el cuidado del pequeño. Y has descubierto que si no te cuidas y tienes en cuenta también tus necesidades, las cosas no irán bien.

Por eso, aunque antes te gustara tener todo bajo control, ahora aprendes a delegar y a pedir ayuda cuando necesitas que te echen una mano en casa o en el trabajo.

Por ejemplo, aprovechas las visitas al bebé para pedir que te traigan algo de la compra, te organizas mejor con tus compañeros para dividir tareas que antes asumías tú en solitario...

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