Amor maternal, más que un instinto

¿Existe realmente el instinto maternal? ¿Cuándo surge? ¿Y cómo se va transformando para acabar convertido en ese sentimiento que une a madre e hijo con un vínculo que nada puede romper?

 

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¿Qué es el instinto maternal?

El instinto maternal, definido como una serie de conductas espontáneas de protección que sirven para asegurar la supervivencia de la especie, se insinúa ya en la gestación.

La embarazada siente que debe cuidar al hijo que espera más que a ella misma y se abraza la tripa y muestra miedo en situaciones de peligro potencial (en un coche que va muy rápido, por ejemplo).  También se manifiesta en el "síndrome del nido”. Poco antes de dar a luz, muchas mujeres despliegan una actividad frenética: la despensa debe estar repleta y la casa impecable para recibir al bebé. Es una señal inequívoca de que el parto se aproxima. 

El flechazo inicial

Una vez que el bebé ya ha nacido, parece ser que lo primero que desata la irresistible atracción de la madre hacia él es una subida de la concentración de hormonas en la sangre y de neurotransmisores en el cerebro.

Investigaciones realizadas en Reino Unido apuntan que en las mujeres que rechazan a sus hijos podría existir una carencia de noradrenalina, una hormona que modifica los estados de ánimo y la capacidad de acción.

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Crear el vínculo

Pero además de la descarga hormonal que vive la mujer en el parto, el vínculo particular que empieza a establecer con su bebé en ese momento es esencial para potenciar este instinto.

Los médicos te darán la oportunidad de tocar, oler y besar a tu bebé nada más nacer. Hazlo, no te reprimas. En ese momento estáis muy unidos biológica y psicológicamente y al ponerlo sobre tu pecho segregas hormonas como la prolactina, responsable de la producción de leche, y la oxitocina, la hormona del amor, que hace aflorar sentimientos de ternura.

Ya te necesita 

Por su parte, el bebé dispone de mecanismos innatos que facilitan el vínculo contigo y muestra una clara necesidad de relacionarse: se calma si le abrazas, gira la cabeza al oír tu voz y recibe y emite señales.

Su comportamiento y su aspecto desvalido provocan la respuesta que instintivamente está buscando: inspirar una gran ternura para que le protejas y le cuides.

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¿Y si no es instantáneo?

Pasar junto a tu bebé sus primeros instantes de vida  (los psicólogos lo denominan "periodo sensible” ) facilita mucho vuestro apego.
Pero puede que por cualquier razón (anestesia general, prematuridad...) no tengas la oportunidad de abrazarlo nada más nacer. O puede que al conocerle no te sientas tan ilusionada como imaginabas o incluso que notes algo de rechazo; es más habitual de lo que se piensa y suele estar causado por el agotamiento del parto o el miedo a no saber cómo cuidar al bebé.

Una tarea del día a día

Si te ocurre, no te preocupes: a diferencia de algunos animales que sólo se vinculan con sus crías si comparten con ellas los instantes posteriores a su nacimiento, los humanos podemos desarrollar el apego con los hijos más tarde. De hecho, el flechazo inicial en forma de instinto está destinado más a evitar el abandono de las crías que a establecer una relación duradera. En realidad, el amor de madre se va desarrollando día a día, con el cuidado y la convivencia a lo largo del tiempo.

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Conocerle es quererle

Así a que a partir de ahora, dedica los meses que tienes por delante a disfrutar de tu hijo en cada momento. Desecha la idea de que una madre tiene que ser perfecta; querer a tu bebé no supone no sentirte nunca perdida y sin saber qué hacer, o no desesperarte ante su llanto.

Confía en ti y ten por seguro que no hay nadie mejor que tú para cuidarle. Las madres desarrollan una empatía inmensa hacia sus hijos; tienen la capacidad de comprender lo que sienten y necesitan.

No te cortes, demuéstrale que le quieres

Obsérvale, cuídale, juega con él, anímale a intentar nuevos hitos y aprovecha cualquier situación para demostrale cuánto le quieres. Será la mejor manera de que los dos os vayáis conociendo y adaptando el uno al otro, algo que haréis durante toda la vida, pero especialmente en su primer año.

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Sabe bien cómo enamorarte

Además, para fortalecer aún más ese apego cuentas de nuevo con tu hijo, deseoso de “seducirte” y dotado de herramientas para hacerlo: su olor, sus intentos de imitar tus gestos, su mirada... 

Un amor cada vez más grande

Y a medida que crece, su afán por comunicarse con gorjeos, sus carcajadas, sus caricias, sus deseos de jugar contigo... ¿Cómo no derretirte? Poco a poco descubrirás que aquel instinto inicial se ha convertido en el amor más profundo que puedes sentir.

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Fortalece vuestra unión

Día a día puedes hacer mucho para reforzar el vínculo que os une. Hazlo de esta manera.

Háblale

Tu voz le encanta y le resulta familiar porque la ha escuchado desde el embarazo.

Acaríciale

Y cógele en brazos, y juega con él todo lo que puedas... El contacto físico contigo le da seguridad y confianza.

No te quedes con dudas

Observa sus reacciones y su comportamiento habitual y si tienes cualquier duda, consúltala con el pediatra. Así estarás más tranquila y podrás dedicarte a lo que de verdad importa: cuidar a tu hijo y disfrutar de él en cada momento de sus primeros meses.

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Papá también lo siente

Que el amor auténtico es algo que va naciendo con el contacto diario es especialmente evidente en los padres.

Ellos no sufren la reacción fisiológica desencadenada por el parto y responsable del instinto y, sin embargo, a medida que conviven con su hijo desarrollan pasión por él.

Tú contribuyes al apego paternal

Pero el padre parece necesitar que sea el bebé quien se introduzca en su vida; precisa ver cómo su hijo interactúa con él.

Y aquí tu papel es fundamental: favorece que el bebé y su padre compartan mucho a diario, será tiempo ganado en la creación de una buena relación futura.

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